domingo, 30 de diciembre de 2012

Codex Seraphinianus: el último libro maldito



Póngase una libidinosa ilustración de inicio. En la portada de un libro, la representación del inicio de la vida. Un hombre y una mujer, desnudos, se dejan llevar por la lujuria, se enlazan sobre un colchón, gozan de los privilegios del amor... En otras palabras, practican sexo, o como les venga en gana llamarlo. En la siguiente ilustración de la secuencia, el mismo amancebamiento sobre el mismo colchón, pocos cambios; sin embargo, el tono de la piel de los protagonistas se oscurece en ciertas zonas. Nunca se sabe, cada cuerpo reacciona al placer de distinta forma. Y por muy lectores que seamos, no somos nadie para juzgar cómo hacen el amor dos dibujos del libro que leemos. Pero al llegar a la tercera ilustración la cosa comienza a mosquear. La
pareja empieza a perder la forma. El frenesí, lo sabemos, desfigura, pero tanto...Ysegún seguírnosla secuencia de diez ilustraciones, los cambios del dibujo original resultan asombrosos. Porque, conforme avanza la misma, la pareja deja de ser un hombre y una mujer para, ya en la séptima ilustración convertirse en un caimán, un caimán que abandona poco después el colchón donde yacía la pareja de cuya fusión nació para, en la última de las ilustraciones, ya no estar, ser esta solo una cama vacía. Una imaginación desbordante, alejada de los convencionalismos narrativos. Relacionar el sexo con un caimán o bien nace de la enajenación de quien lo hace o forma parte de la siempre caótica y rebosante imaginación del arte surrealista. Quizá las dos cosas al tiempo. Lo que es irrebatible es que no se traía de una vinculación habitual. No conozco a nadie que tras una velada de frenesí exclame: "Uff, fue una noche caimán".


¿Extravagancia o malditismo?
Esta secuencia, esta pareja que se convierte en caimán, protagoniza la portada en una de las ediciones modernas de uno de los libros más extraños creados en el siglo XX, para algunos una simple broma, para otros un homenaje surrealista a los grandes artistas del movimiento, quizá una realidad con contenido oculto, para otros el último libro maldito que ha engendrado la historia. Se publicó por primera vez con el nombre de Cocfex Seraphinianus en el año 1981. La mente extravagante e imaginativa que lo fecundó, la del arquitecto italiano Luigi Serafini. Veamos primero quién es tan excepcional hacedor.
Serafini nació en Roma en 1949 y, lo que conocemos de su biografía no parece que lo emparenté con aquellos autores secretos de tantos y tan legendarios libros malditos. No parece que las pezuñas del diablo se hayan posado en su creación, no se tienen datos -al menos no los conocemos-acerca de su participación en reuniones brujeriles al abrigo de la Loba Capitolina ni se han referido episodios en los que un lenguaje ininteligible se apoderara de su garganta mientras violentos espasmos y convulsiones inverosímiles le hacían bailar sobre el suelo un perfecto break dance. Entonces, ¿por qué hay quien opina que su texto más conocido es el último de los libros malditos existentes? Tengan paciencia, y se lo contamos en las siguientes páginas. Pero si quieren, se lo resumirnos brevemente: no hay quien lo entienda... y, sin embargo, resulta difícil apartar la vista de él.
La formación de Serafini es ía de arquitecto, si bien su fértil imaginación le ha llevado a dedicarse a todo tipo de creaciones, desde la escritura a la ilustración, desde el cine al diseño industrial. Sería en el año 1976 cuando el joven Luigi, llevado de no sabemos qué intuición, qué espíritu creativo, agarró sus lápices y comenzó a dibujar las imágenes que surgían de su mente. En el estudio de su apartamento romano germinaba un trabajo extraño, un duelo contra la normalidad, contra las reglas tradicionales de la narración. Porque Serafini no solo decidió dejarse llevar por la producción de imágenes singulares, excepcionales, inverosímiles. También se iba a acompañar por una serie de textos que dejaban en nada la perplejidad que trasladaban las ilustraciones. Esos textos parecían no decir nada, esos textos multiplicaban la ininteligibilidad, eran apenas letras juntas sin sentido. Sin embargo, desde la mente del creador no se trataba de una vulgar suma de rasgos. Aquello formaba parte de un lenguaje. Un lenguaje nuevo, supuestamente inventado por Serafini y que el lector es incapaz de comprender.


Una difícil publicación
Fueron casi 400 las páginas escritas por Serafini en el trascurso de treinta largos meses. ¿Pero qué es lo que compuso? El lector no observa figuras identifica bles y el lenguaje utilizado, el que supuestamente las acompaña, que quizá las describáis no sabemos si totalmente inventado, si carece de significado, si procede de culturas desconocidas para nuestra sociedad,si es una broma... Nada sabemos. Lo cierto es que el artista quiso dar a conocer su obra, es decir, en ningún caso se trató de la obra de un loco con talento, aquello fue una obra con vocación de divulgación... Y Serafini se recorrió, cuando ya tenía parte de la obra bien desarrollada, editoriales de toda Italia. Y la respuesta siempre era semejante, un arqueo de las cejas, un gesto de incomprensión, ía negativa a editar algo que la gente no entendería, que la gente no adquiriría... Y bien que parece que se confundieron. Hoy se pagan miles de euros por una primera edición del texto. ¿Y quién fue la editorial atrevida que dio el sí a Serafini y su mundo onírico? Pues como no podía ser de otro modo, una dirigida por una personalidad vanguardista, amante del arte y rebosante de audacia, la de Franco María Ricci, conocido en el mundo artístico europeo por ser el fundador de una de las revistas especializadas en arte de mayor calidad de las últimas décadas, FMR, que, además de en Italia, ha sido editada en Gran Bretaña, Alemania, Francia y España, una referencia, en definitiva, para los amantes del arte... No era nuevo en estas lides de libros raros. Antes había publicado una edición facsímil de la Encyclopedie de Diderot y D 'Alambert o de manuales tipográficos del Siglo de las Luces. Un bibliófilo enamorado de las rarezas. Y qué mejor rareza que un libro imposible del mismo siglo XX. Será en el año 1981 cuando salga a la luz esa primera edición del Codex Seraphinianus que hoy en día se ha llegado a comprar por más de 3.000 euros. 30.000 ejemplares que, ante el asombra de propios y extraños, terminó agotándose... ¿Y qué se encontró el deslumhrado lector al abrir dicho texto? Particularidad, rareza... magia.
Porque es eso lo que traslucen las imposibles ilustraciones, magia, una singularidad ajena a lo verosímil. En concreto, el Codex es, o creemos que pretende ser, una enciclopedia, un compendio de los saberes de un mundo, emparentado de aígún modo al nuestro, pero completamente diferente. Así, las numerosas ilustraciones que componen el catálogo parecen remitirnos al surrealismo de Dalí, o a la imaginación de las estructuras imposibles de Escher, quizá también al mundo oculto y dernonológico que a veces, muchos siglos antes, dibujó El Bosco. Entre sus páginas pasea un automóvil que circula con una capota compuesta exclusivamente por moscas; extrañas flores con forma de lámpara; una naranja apuñalada por un clip; una planta que crece a la manera de una silla; o un individuo que yace muerto sobre una extraña mesa o suelo de trabajo, en patines, y con un bolígrafo gigantesco atravesándole el pecho... Excentricidades que conducen al mundo de la imaginación y que en ningún caso pueden ser comprendidas con la ayuda del lenguaje, ya que la escritura, presente habitualmente en casi todas las páginas, se dispone en forma de una extraordinaria letra cursiva que parece no tener significado, si bien, es el clavo ardiendo al que algunos estudiosos se agarran para tratar de demostrar que no nos encontramos tan solo ante un juego, una disposición su-rreal, sino que en estas páginas existen mensajes crípticos que ellos mismos tratan de desvelar.


El mundo en once capítulos
Pese a carecer de una narratividad tradicional, como ya hemos señalado, lo cierto es que la extravagante enciclopedia sí posee una estructura que podríamos considerar clásica. El Codex se divide en once capítulos que pretenden recopilar, por una parte, los conocimientos sobre el mundo natural, y por otra, sobre el orbe de las humanidades y la antropología. Se trata, eso sí, de la recopilación de los saberes de un mundo solo existente en la imaginación de Luigi Serafini... ¿O no?
El libro comienza mostrando la excepcional flora de este mundo, entre las que hallamos flores flotantes y especies con forma de lámpara o silla. El segundo capítulo se adentra en las especies de su fauna, aves, rinocerontes o elefantes se mezclan entre sí, adquieren características no propias de la especie, se convierten en fantasía; una sociedad de individuos bípedos sin conexión con los humanos campa por el tercer capítulo para, en el siguiente, estar dominado por formas y colores no figurativos que parecen estar describiendo la física de tan extraño mundo; el siguiente refleja la tecnología y en el sexto el autor se centra en representar elementos antropológicos -si se puede hablar de antropología- y biológicos; durante el análisis del séptimo apartado, el lector se halla con figuras cercanas, no del todo coincideníes, con humanos, acompañadas por. aparentemente, las fechas en que nacen y mueren, como si se tratara de un recorrido por los personajes históricos de este mundo. Tras él, Serafini parece querer descubrirnos su secreto con un capítulo dedicado al sistema de escritura que, por supuesto, no aclara nada. Ropa y alimentos protagonizan el noveno, mientras los juegos y deportes lo hacen con el décimo. El Codex acaba en el capítulo once, una maravilla de la imaginación y el absurdo, en el que las ilustraciones muestran las excelencias arquitectónicas de una incomprensible mundología. Al menos desde ojos terrestres.


Ilustraciones todas escoltadas por una lengua que, según el mismo autor confesó en alguna de las entrevistas que se le han hecho a lo largo de estos más de treinta años, habían salido de la nada, una lengua no prevista, no pensada, que salía escupida del lápiz creador sin orden ni concierto, sin cavilación, sin más discernimiento que el del instinto maquinal del artista. Un viaje por el mismo inconsciente riquísimo de Serafini en el que, quizás, se puedan hallar restos del alfabeto árabe, vestigios de ciertas lenguas muertas, huellas de la escritura cuneiforme. Sin embargo, es tal el deslumbramiento que genera, que muchos de sus lectores, algunos de los que se han detenido a buscarle sentido, creen que un motivo oculto boxea en el texto y las ilustraciones con la intención de salir del ring de lo incomprensible.


No es extraño, pues, que se haya dado pábulo a todo tipo de especulaciones al respecto. La realidad es que un análisis básico descubre que la escritura responde a un sistema de escritura semejante al occidental, es decir, de izquierda a derecha, con letras mayúsculas y minúsculas, aunque llama la atención la forma curvilínea de las mismas. Incluso la numeración de las páginas ha despertado el interés de los investigadores, llegando los lingüistas Alan C. Wechster e Ivan Derzhanski a afirmar que la foliación del Códice se basa en una numeración en base 21... Aunque el propio autor confiesa no ser consciente, o haber olvidado, dicha norma de paginación.
Es más, hace apenas tres años, en una charla en la Sociedad de Bibliófilos de la Universidad de Boston, protagonizada por el propio Luigi Serafini, confesó que escribió su obra de forma muy similar a como los escritores surrealistas lo hacían con la escritura automática, sin existir significado oculto alguno tras ella. Realmente, según sus palabras, buscaba que el lector sintiese en su obra algo semejante a lo que sienten los niños cuando observan un libro ilustrado sin conocer el significado de lo que allí se cuenta, de lo que está dibujado. Simplemente gozan, sin comprender lo pue ven, o quizá con un nivel de comprensión mucho más profundo del que son capaces los adultos.
Pero no todos quedan conformes con estas palabras, hay quien reacciona ante esta "normalidad" del subconsciente. Resulta extraño, por ejemplo, que dos de sus páginas recojan palabras, incoherentes en principio, en francés e ingles. Aquellos que quisieron ver una referencia literaria en el Codex Seraphi-nianus, observan en este un homenaje a uno de los más extensos y sorprendentes relatos del argentino Jorge Luis Borges, Tlón, Uqbar,  Orbis Tertius, una extraña representación del cosmos en el cual se confunden las realidades vividas en dos planetas regidos por leyes y características diferentes. No es extraña esta conexión, y tampoco lo es que el Codex despertase la fascinación de uno de los escritores más imaginativos del siglo XX, ítalo Calvino, autor de obras tan bellas como inclasificables, como El barón rampante o El vizconde demediado. El mismo Calvino escribió un prefacio a la primera edición y ofreció su particular interpretación del artefacto de Serafini: "Las cosas que este universo evoca, como las que vemos ilustradas en las páginas de su enciclopedia, son casi siempre reconocibles; sin embargo, es la conexión entre ellas la que nos parece desestructurada, con relaciones inesperadas"... Por supuesto hay quien va más allá de las conexiones literarias, quien cree que el texto se relaciona con realidades rnás misteriosas, con creaciones que el paso de los siglos no ha logrado descifrar, especialmente con el más famoso de los llamados libros malditos, el Manuscrito Voynich, con en el qu,e además de estar escrito también en un lenguaje incomprensible, suma un enigma aún mayor, se desconoce quién es el autor del mismo. Pero ya se sabe, que esto de las interpretaciones da para mucho.
¿Por qué no iba a esconder ese lenguaje mensajes secretos, conceptos en clave, visiones de una realidad que está más allá de lo comprensible, a la que solo unos iniciados son capaces de acceder?
Podría ser en ese caso un libro secreto editado para que lo leyese el mundo entero, con conocimientos increíbles, pero rigurosamente inaccesible para ellos, pese a poder posar sobre él sus ojos todo aquel que quiera. Enlazando con ellos algunos ufólogos apuestan por su análisis poniéndolo en conexión con un lenguaje lejano. ¿No podría ser un lenguaje extraterrestre, un intento de darnos a conocer un mundo real muy lejano a nosotros, con otras referencias, con otros matices vitales, con una sustantividad tan divergente que nunca, pormucho que lo intentemos, lograremos descifrar? Esperemos que no. En caso de que estos extraterrestres se dignaran a visitarnos, no me gustaría cruzarme con un tipo ataviado con una señal de tráfico en la Plaza de España o que se sentase delante de mí en el cine un humanoide cuya cabeza es un yunque.
Es evidente que ante aquello que no responde a nuestra narrativa, a nuestras expectativas, aquello que nos supera, buscamos una respuesta, por quimérica que sea, que tranquilice nuestro deseo de entender, de ser partícipes de la realidad. Por ello, a veces las interpretaciones conducen al disparate. Probablemente, para asimilar cada matiz del Codex Seraphinianus, lo mejor sea hacer caso a su autor y dejarnos llevar, tratar de sentarnos ante él como si fuésemos niños, despojados de todo prejuicio, de todo conocimiento y toda ignorancia, de toda contaminación, y disfrutar, simplemente disfrutar, de los colores vividos, de las ilustraciones mágicas, de los trazos curvos de sus letras, disfrutar, en definitiva, de una enciclopedia que compila un mundo que no existe, o que, quizás, está aún por existir.


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Enigmas & Casos Paranormales. 

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