sábado, 30 de marzo de 2013

El Diablo


FUENTE: Enciclopedía  ENIGMAS de la Editorial Española ESPACIO Y TIEMPO.
 Agosto de 1993.

INTRODUCCIÓN
La historia de las religiones designa como diablos, o demonios, a potencias sobrenaturales, inferiores a la divinidad, pero de poder muy superior al de los mortales. Los demonios amenazan o causan daños a los hombres, por lo que éstos procuran defenderse de ellos por medio de determinados ritos y prácticas (magia y religión). En el común de las religiones el diablo se halla ligado al mal, más precisamente: a la percepción del mal por parte del ser humano. Y el mal se traduce casi siempre en la sensación de temor y terror ante el dolor y la angustia, de uno mismo o de las personas a quienes se ama.
Pocas dudas caben al historiador de las religiones de que la figura del Diablo y su cortejo de demonios y espíritus malignos ha nacido entre la especie humana a partir de y como explicación causal de las angustias de nuestros antepasados ante fenómenos muy corrientes en el devenir de la vida como son las desgracias y desventuras, la enfermedad, la muerte y las catástrofes naturales. La creencia en espíritus dañinos es universal y se encuentra en todas las religiones. Se halla tan extendida en toda la especie humana como la experiencia de la desgracia, de la enfermedad y de la muerte. Esta afirmación podría también aplicarse a los orígenes remotos de la figura cristiana del Diablo. Pero no vamos a tratar aquí este interesante aspecto de la fenomenología, es decir de los rasgos externos, de las religiones. Queremos concentrarnos en lo que nos importa e interesa más como hombres occidentales: cuáles son las concepciones, imaginaciones conceptos y raíces próximas de las nociones en torno al Diablo, o Satanás, y sus cortejos que se tuvieron en los pueblos de la Antigüedad en torno al Mediterráneo y que luego desembocaron en el cristianismo.
De un modo general podemos afirmar que las nociones cristianas sobre el Demonio, vigentes hasta hoy, están absolutamente calcadas sobre la judías que imperaban en el s. I de nuestra era y que han cambiado muy poco en casi dos mil años. Por poner un ejemplo: las ideas sobre el Diablo que albergaba el autor judío que compuso la llamada Vida de Adán y Eva (s. I d.C.) difieren poco de las que hoy puede tener un cristiano corriente... Para el desconocido autor de esta Vida el Diablo es un ángel malo, enemigo del hombre, contra quien entabla una incesante lucha para tomar venganza, ya que su situación de diablo tiene su principio en un acto de desobediencia a Dios por no querer adorar a Adán. Seducir y dañar al hombre es su único propósito. Diecinueve siglos después estas líneas maestras han cambiado poco.


Ahora bien, las concepciones judías sobre el Diablo y los demonios fueron en otros tiempos bastante complejas, y en algunos casos confusas, y no formaron una creencia homogénea de siempre, sino que se fueron formando poco a poco durante siglos, tanto por influencias de religiones exteriores como por propia evolución interna. Para que nos hagamos una idea: la figura de Satán nada tiene que ver en un principio con el Demonio, ni los satanes están emparentados con los diablos; sus orígenes y funciones fueron diversas. Poco a poco, sin embargo, se fueron juntando hasta llegar a confundirse. Intentemos aclarar este proceso y explicar cómo y por qué se llega en el cristianismo a tener las ideas sobre el Diablo que son corrientes hoy día. Para ello remontémonos hacia atrás, hacia las culturas en torno, o cerca, del Mar Mediterráneo que de algún modo pudieron influir en las concepciones judías sobre el Diablo indirectamente, en las correspondientes cristianas.
En lo que respecta a las creencias sobre el Diablo en el judaismo se puede decir de modo sintético y simple: los israelitas se nutren tanto de nociones y esquemas mentales sobre los espíritus malignos, comunes a muchas religiones, como de ideas que toman prestadas de la religión cananea, del mundo babilonio-mesopotámico y de la religiosidad indoirania, más unas pocas concepciones griegas.


El por qué de esta afirmación general de influencias es claro: los cananeos fueron los habitantes primitivos de Palestina antes de que los hebreos los fueran expulsando o superponiéndose poco a poco en sus territorios, y las ideas religiosas cananeas perduraron sobre el suelo palestino tiñendo las de Israel. El ámbito ba-bilonio-mesopotámico fue sede de parte importante del judaismo durante siglos, desde la conquista de Samaría en el 721 a.C. y la caída del reino de Israel por obra de Salmanasar V hasta la invasión del Islam e incluso más tarde. Los judíos permanecieron allí por siglos y en Babilonia se redactó entre los siglos III y VI de nuestra era el gran monumento de la sabiduría judía en torno a su Ley y su historia que se llama el Talmud de Babilonia. En tercer lugar y respecto al mundo indoiranio debemos recordar que Palestina formó parte del imperio persa durante más de doscientos años: desde Darío hasta Alejandro Magno. Los persas, tenían una religión de prestigio y concepciones de ella fueron expandidas gracias al contacto de los comerciantes entre Oriente y Occidente. Por último: a propósito de Grecia y el Helenismo no se debe olvidar que desde que Palestina cayó directa o indirectamente en el entorno político de los sucesores de Alejandro Magno, el país no dejó de he-lenizarse ni un momento. Durante la época de Jesús todo judío medianamente culto, sobre todo del Norte, entendía bastante bien griego. Y con la lengua penetraron concepciones tanto filosóficas como religiosas.
Como parte de nuestro propósito es indagar en los orígenes de la figura cristiana del Diablo vamos a detenernos unos breves momentos en los rasgos más sobresalientes de esos ambientes religiosos anteriores que influyen sobre la demonología de los judíos antes de Cristo y que son pertinentes para aclarar las nociones sobre el Diablo cristiano y sus orígenes.



EL DIABLO
EN LA HISTORIA

Egipto, vecino de Palestina, tierra de dioses, apenas si ejerció influencia alguna en la formación de las concepciones sobre el Diablo en Palestina, ya que la religión egipcia no tiene propiamente una concepción clara del demonio. Todos los dioses -en la religión antigua de Egipto- son manifestaciones de una única divinidad suprema. Eluniverso es un ser viviente que vive ordenadamente conforme al impulso de esa divinidad primordial. El Demonio -o el Mal-no existe como algo personificado. Es simplemente el quebrantamiento del orden, algo acaecible tanto en el ámbito de los dioses inferiores como entre los humanos. Los dioses son ambivalentes: unas veces se muestran a los hombres como buenos, otras como perversos y dañinos. Quizás la personificación del mal, de el dios más "diablesco" de todos, sea el antagonista de Hor el dios del cielo, Seth, divinidad del desierto, de la sequedad, del calor abrumador y tórrido, de la angustia de la calentura. Los hombres mismos actúan como demonios al romper por su perversa voluntad el orden del universo. Al morir, los malvados son arrojados a un reino de sombras, subterráneo, donde son atormentados y consumidos por las mandíbulas de ciertos demonios, en realidad dioses de una escala aún más inferior, o por el fuego del dios Re.


El mundo mesopotámico -sumerio, acadio y asiro-babilóni-co- constituye un continuum religioso dentro del ámbito semita. Los pueblos acadio y asirio se superpusieron sobre los sume-rios en Mesopotamia ya desde el tercer milenio a. C. y aceptaron muchas de sus nociones religiosas. El pensamiento religioso mesopotámico es muy diferente del egipcio: el orden no reina por sí solo en el universo, por disposición divina. Por el contrario, el mundo se halla de modo espontáneo en medio de un constante desorden; el cosmos está siempre agitado y desquiciado por continuas desgracias, y son los dioses, con sus intervenciones, los que deben restaurar perennemente un orden siempre violado. Aunque en Mesopotamia no existe aún una figura del Diablo como tal, sí encontramos la concepción de un mundo aéreo bien poblado de demonios, seres malignos. El origen de estos demonios está ligado al origen de los dioses y del mundo, a la cosmogonía, y fue así:
La pareja primordial de dioses, que existía desde siempre, Apsu y Tiamat -el abismo, el agua o el caos primigenio- vivían felices durante infinitos siglos sumidos en la paz de una nada abismal. Pasado el tiempo sintieron la necesidad, sin embargo, de engendrar diversos dioses. Estos no fueron tan pacíficos como sus progenitores y comenzaron a disputar entre ellos y con sus padres. Apsu decide acabar con su progenie, puesto que le resulta en extremo molesta. Para ello cuenta con la ayuda de uno de sus mismos hijos, Mum-mu. Pero los dioses más jóvenes se enteran del funesto plan y se entabla una dura pelea, en la que las nuevas divinidades vencen a Apsu y a Tiamat y se apartan de ellos construyéndose para sí una "casa pacífica" (el universo) donde reinan por su cuenta. En ella la divinidad Ea engendra a Marduk, el dios supremo de Babilonia. Pero Tiamat proyecta vengarse de su progenie y engendra otros hijos distintos de los dioses uniéndose al dios Anu: éstos son una suerte de seres gigantescos parecidos a los Titanes griegos, que habían de oponerse a sus hermanastros, los dioses de la primera generación. Entre esos Gigantes el principal es Kingu, y Tiamat, para ayudarle en esa tarea de venganza, vuelve a engendrar a una serie de seres horrendos, demonios de horrible figura, escorpiones, centauros y otros seres espantosos. Pero el elegido nuevo jefe de los dioses (hijos de Apsu y Tiamat), Marduk, dios de Babilonia, da buena cuenta de Kingu y de su madre. Tras derrotarlos de nuevo, divide a Tiamat en dos usando su cuerpo (el agua primordial) para crear un cosmos diferenciado: el cielo arriba; la tierra, abajo. Los dioses morarán en la parte superior.
Los demonios, como dioses inferiores, no son destruidos; siguen existiendo y tendrán diversos cometidos: los annunaki (hijos de Anu) son los carceleros, en el infierno, de los malvados ya fallecidos; los utukku viven en los desiertos y hacen daños a los que pasan por allí; otros demonios se especializan en plagas, enfermedades o en provocar catástrofes, como terribles tormentas. Labartu, que porta una serpiente en cada mano, ataca a niños, madres y nodrizas. El más terrible de todos es Lilitu, diosa sin progenie, nocturna, rodeada de chacales y lechuzas, que discurre por el mundo de noche atacando a los hombres, matando niños y bebiendo su sangre.


Algunos dioses, también de naturaleza dañina, se encargan además, de la "vida" y los poderes subterráneos con su cortejo de males. Estos dioses crónicos también pueden considerarse "demonios" o seres maléficos. El más importante es Ereshkigal, la reina de las tinieblas, la diosa de la destrucción, de las plagas y de la muerte. Por si fuera poco, los espíritus de los muertos podían también ejercer de demonios. Los difuntos llevan en el interior de la tierra una vida de sombras, casi sin necesidades; pero sí tenían algunas: podían aparecerse a los vivos y molestarlos con diversos daños si no les ofrecían sacrificios de los alimentos necesarios para continuar su débil existencia.
Al menos desde la reforma de Zaratusra (quizás hacia el s. IV a. C.), la religiosidad indoirania se desarrolló pronto en una religión con rasgos muy definidos, que ejerció, además, un notable atractivo fuera de sus fronteras. En concreto, las concepciones iranias sobre el Espíritu del Mal y sus ayudantes habrían de influenciar notablemente al Judaismo.
Según los iranios, existe desde el principio una divinidad suprema llamada Ahura Mazda (también denominada Zurván en las regiones occidentales); pero ésta no se halla sola; ha engendrado a dos Espíritus, iguales y contradictorios: Spenta Mainyu (posteriormente llamado Ohrmudz), el espíritu del Bien, y Angra Mainyu (luego denominado Ahrimán), el del Mal, el Espíritu de la mentira, pues ésta es la esencia del mal para los iranios. Cada uno de esos dos espíritus concentra su energía divina en crear diversos seres y entidades. Mientras el Buen Espíritu sólo engendra cosas buenas, el malo, Ahrimán, se dedica a crear únicamente cosas malas, entre ellas los malos deseos y apetencias, la concupiscencia, el desorden, los animales perniciosos y dañinos como escorpiones y reptiles, y las fuerzas destructivas, como tormenta, sequía, enfermedad y muerte. Todo lo que existe, el universo y la existencia humana se halla influido y determinado de algún modo por la lucha constante de estos dos poderes iguales y antagónicos: el Bien y el Mal; la Vida y la Muerte; la Luz y las Tinieblas. Pero esta batalla tendrá un final feliz, pues se acabará imponiendo el reino del Bien: el del Mal quedará destruido; los justos serán separados de los malvados y el orden del universo definitivamente restaurado.


La concepción misma del universo material está dominada también por este dualismo y por la astrología: el cosmos se concibe como dividido en mundo de arriba y mundo de abajo, ambos en oposición. Igualmente, el influjo de los astros -concebidos quizás también como espíritus- sobre el hombre puede ser sano o maléfico. En el ámbito de lo moral aparece del mismo modo este antagonismo reflejado en la oposición en el hombre del impulso hacia las acciones buenas o hacia las malas. El Mal Espíritu, Ahrimán, tiene multitud de ayudantes que cooperan con él en su perversas tareas de lucha contra el Bien. Sus satélites fueron creados por él precisamente para ayudarse en su combate contra el Bien. De hecho, cuando mueren los hombres malvados se convierten también en demonios. Angra Mainyu, o Ahrimán, tiene un consejo de siete diablos principales que son como el estado mayor que planea el mal en general, guiado por un octavo, la Ira. Los otros siete son: Perversidad, Apostasía, Anarquía, Discordia, Presunción, Hambre y Sed. Existen también unos cincuenta demonios subprincipales que personifican las fuerzas maléficas que reinan en el universo, así como los impulsos hacia los vicios. Uno muy importante era Zahhak (Azhi Dahaka), un dragón con tres cabezas y un cuerpo como de serpiente y escorpiones. El resto de los demonios, igualmente, la tropa maléfica de a pie, se halla presto a instigar siempre a los humanos hacia el mal. Los demonios pueden cambiar de figura, y Ahrimán, el Príncipe de las Tinieblas, adopta la forma de león, serpiente o cualquier otra. Este poder de metamorfosis forma parte de su potencial de engaño, correspondiente a su naturaleza de Mentiroso.


El mundo cananeo, sobre el que asientan los hebreos, como dijimos, también creía en demonios, y la prueba está en que los textos recientemente descubiertos de Ugarit, en Canaán, que se van traduciendo poco a poco, nos hablan de multitud de prácticas mágicas muy desarrolladas para defenderse de ellos; es decir, había en Canaán un catálogo de exorcismos y conjuros contra los demonios maléficos. Pero no conocemos bien a los diablos del mundo cananeo; pensamos, sin embargo, que se reflejan de algún modo en los seres maléficos del folclore hebreo antiguo. En efecto, leyendo con cuidado la Biblia y a pesar de que en el culto israelita no existía de modo oficial ninguna prescripción para defenderse de los demonios ni se habían compuesto oraciones para suplicar a Yahvé que protegiera al pueblo ante sus ataques, caemos en la cuenta de que los hebreos creían en la existencia de seres o genios maléficos. En Levítico 17 se nos dice que los israelitas durante la travesía del desierto ofrecían sacrificios a los sei rim ("peludos"), una suerte de seres peligrosos que vivían entre las arenas o las ruinas. También creían los primitivos judíos que por la noche circulaba una diablesa peligrosa, llamada Lilit, emparentada sin duda con el demonio babilónico Lilitu, el "Nocturno", dios también de las tormentas. En Deute-ronomio 32, 17 prohibe el legislador que los israelitas den culto a los shedim, vocablo que se traduce por "demonios" en general. Se piensa hoy que estos shedim serían en principio los ayudantes o el cortejo, es decir el plural del dios Shedu del panteón babilónico, "que era una especie de divinidad en forma de toro que unas veces aparece como genio benéfico y otras como maléfico. El nombre de shedu se relaciona con la raíz shud 'ser fuerte'; pero como en hebrero el verbo shadad significa 'devastar', para los judíos los shedim serían los espíritus 'devastadores' por antonomasia". También en los desiertos moraban otros genios maléficos, llamados iyyim o t.'ñyyim, 'sedientos', que según la imaginación popular debían de tener forma de chacales o gatos salvajes. Según Génesis 4, 7 existía un demonio llamado robets (relacionado con el rabitsu babilonio "el agazapado") que atacaba a los hombres y que en concreto incitaba a Caín a matar a su hermano. Por Levítico 16, 17s sabemos que todo el pueblo creía en la existencia de un demonio poderoso, llamado Azazel, que habitaba en el desierto, y al que eran enviados los pecados del pueblo el gran día de la purificación, pecados introducidos dentro del cuerpo de un macho cabrío gracias a un acto mágico, la imposición de las manos del Sumo Sacerdote.


La religiosidad griega, por su parte, creía en demonios desde tiempos inmemoriales, tanto que es la lengua helénica la inventora de la palabra: demon y daimonion. Desde tiempos del poeta Hornero (s. VII a.C.) se designaba con estos vocablos los poderes superiores al hombre o las fuerzas divinas hacia el exterior. En un principio se percibía muy poco la diferencia: en general todo poder superior entre las divinidades del panteón olímpico y el ser humano era un "demon". Estos démones son en principio neutros; pueden ser buenos o perversos; guiar correctamente al hombre conforme a la razón (el demon que creía tener Sócrates en su interior, y que le indicaba lo que debía hacer) o conducirle a la perdición, acarrearle desgracias o enfermedades. Esta dualidad representa, como ocurre en otras religiones, la ambivalencia con la que los humanos se imaginan a los dioses. Hefesto (Vulcano para los romanos), por ejemplo, poseía una naturaleza terrorífica: si por un lado era el dios de la industria y del saber metalúrgico, por otro significaba la indomeñable fuerza destructora de los volcanes y el misterioso y aterrorizante poder asociado con antros, cavernas y montañas. Afrodita, la sensual diosa del amor, era en ocasiones la causante de la locura más salvaje, perniciosa y desgraciada.
El origen de otras fuerzas maléficas se halla también en una cosmogonía relativamente parecida a la mesopotámica y quizás influida por ésta. En un principio Caos engendra a Urano (el Cielo) y a la Gaia (la Tierra). Durante tiempos y tiempos ambos yacen en un abrazo perpetuo, de modo que la descendencia de ambos se siente comprimida y abrumada, sin ámbito vital, continuamente dentro del seno de la madre Tierra, cubierta sexualmente sin descanso por el Cielo. Gaia decide liberarse y liberar a sus hijos de esa continua opresión: forma una hoz y se la entrega a uno de sus hijos, Crono (el Tiempo), quien ataca a su padre y lo castra. Gracias a esta acción termina ese continuo abrazo sexual entre Urano y Tierra, y ambos pueden separarse. Con ello comienza la vida del universo. Caos cumple su cometido primordial y se retira de la escena a un apartamiento solitario y casi perpetuo. De la sangre de los genitales de Urano nacen doce seres monstruosos, los Titanes, seres divinos pero inferiores, que albergan desde su nacimiento un odio profundo hacia el resto de los dioses.
Crono se une a una de sus hermanas, Rea, y engendra de ella a una serie de hijos: éstos son, como en Mesopotamia, las divinidades jóvenes, los Olímpicos, destinados a suceder a los antiguos dioses primordiales. Pero así como Urano, con su continua actividad sexual, no dejaba escapar a sus hijos del seno de Gaia, Crono, el Tiempo que todo lo consume, va devorando uno a uno a sus propios hijos. Rea, siente una enorme pena y urde una estratagema para salvar a su predilecto, Zeus, que iba también a ser devorado. En vez del tierno dios, Crono ingiere una roca, engañado por su esposa. Zeus sale entonces de su escondrijo y mata a su padre. Esta acción enfurece a los Titanes, hermanos de Crono, que se aprestan a vengarlo luchando contra Zeus. Pero son vencidos y encadenados por éste en el mundo subterráneo. Desde allí, envidiosos, malhumorados y amargados por su derrota, procuran enviar al cosmos todo el mal que pueden, por lo que pronto se van identificando con el Mal. Otro monstruo, Tifón, interviene en la lucha también como aliado de los Titanes. Fue creado por Gaia, consorte de Urano, para vengarse de Zeus por la derrota de sus otros hijos, los Titanes. Tifón vive bajo tierra y su cuerpo (de caderas abajo) está formado por dos terribles serpientes, a la vez que de sus hombros nacen multitud de otros reptiles espantosos. Tifón se aparea con Echidna y tiene con ella otros innumerables monstruos maléficos, entre ellos la Hidra y el can Cerbero, guardián de las puertas del Hades (el Infierno).


La mitología griega contaba con otra serie de dioses malvados, divinidades inferiores, que se encuadran perfectamente dentro de la categoría de demonios perniciosos. Entre ellos destacan las Ceres, espíritus casi siempre malhumorados, con terribles garras y horrible faz, cuya boca estaba siempre ávida de la sangre de los muertos; Lamias, parecida a la Lilitu mesopotámica, que procuraba la muerte nocturna de los más tiernos infantes; las Harpías, horrísonas mujeres aladas, demonios de los vientos, que arrebatan a los mortales; las tres Gorgonas (la más terrible era Medusa), demonios del mar y de los naufragios; la Hidra, enorme serpiente con múltiples brazos, o las Erinias, espíritus que vengaban a los injustamente asesinados persiguiendo a los criminales.
Aparte de los mitos cosmogónicos y dentro del mundo religioso, en amplio sentido, de los griegos hallamos dos líneas de pensamiento que influyeron a lo largo de los siglos anteriores a la era cristiana en el desarrollo de las concepciones sobre los demonios: el orfismo y el platonismo popularizado.


El orfismo era más bien una suerte de religión de pequeños grupos esotéricos dentro del mundo griego pero llamados a extender su influencia más allá de los conventículos estrictos de adeptos, sobre todo a través de los filósofos itinerantes, o predicadores pitagóricos, para quienes Pitágoras, el filósofo y matemático, era casi como una figura divina. La tradición religiosa órfica se fundamentaba en un mito en el que los Titanes desempeñaban también un papel primordial. Aunque esta leyenda tiene muchas variantes, las líneas generales respecto a lo que ahora nos interesa eran como sigue: durante la lucha de Zeus contra los Titanes, éstos logran apoderarse de uno de los dioses jóvenes, Dióniso (el Baco romano). Lo atraen con los reflejos de un espejo, lo conducen aparte, lo matan desgarrándolo y lo devoran. Palas Atenea logra rescatar el corazón del joven dios y se lo presenta a Zeus. Este, unido a una joven semidiosa, Seme-le, engendra a un nuevo Dióniso, a la vez que se torna contra los malvados Titanes, y acaba con ellos lanzándoles terribles rayos. Pero de las cenizas de los Titanes nacen otros seres, que son los humanos. Como los Titanes habían devorado a Dióniso, es decir habían incorporado dentro de sí algunas partes buenas de los dioses olímpicos, sus cenizas comportan también algo bueno. Los seres humanos, engendrados de las cenizas titánicas tienen, por tanto, una parte buena -que procede en último término de Dióniso-, el alma, y otra mala (directamente de los Titanes), el cuerpo.
Con este mito se introduce en Grecia otro tipo de dualismo también muy acusado. Según esta concepción, el alma, lo espiritual, lo dionisíaco, es bueno; y el cuerpo, lo material, lo titánico, es malo. Con el correr de los siglos este dualismo órfico, griego, se extenderá por el Mediterráneo -por la influencia y el atractivo que irradiaba todo lo griego- y se unirá al dualismo iranio. Pero mientras éste tenía un carácter marcadamente ético (el Bien y el Mal como elecciones de la voluntad), el griego mostrará un talante marcadamente cosmológico: oposición de la materia (mala) contra el espíritu (bueno). Estas concepciones tendrán más tarde, heredadas y bien recibidas por el judaismo y el cristianismo, consecuencias incalculables en estas religiones tanto en la concepción del Diablo, el Mal, como en las ideas religiosas en general sobre el mundo, la naturaleza del hombre y las nociones sobre el más allá. En lo que respecta a los demonios, el orfismo contribuyó sobremanera con este dualismo a sentir a los espíritus malignos (titánicos) como seres apegados a lo material, que utilizan la materia, mala, para hacer daño a los humanos.
La filosofía de Platón, muy espiritualista, acepta en líneas generales la existencia de los démones, o espíritus en los que cree el pueblo y los incorpora a su sistema, con lo que otorga un respaldo "científico" a las creencias populares. Según el filósofo ateniense, la divinidad es el Bien Supremo y habita más allá del Universo en un mundo sublime y aparte, intelectual-espiritual. El ámbito entre la divinidad y los hombres está poblado de démones o dioses secundarios, que hacían de intermediarios entre la alejadísima divinidad y los seres humanos. En la época de nacimiento del cristianismo la filosofía platónica, concentrada en máximas elementales, se había popularizado hasta extremos insospechados y había llegado a ser conocida hasta por las capas más bajas de las poblaciones helenizadas: en estos años en torno al surgimiento de Jesús se aceptaban en general estas ideas sobre los démones como semidioses, que habitaban en el cielo más acá de la luna. De estos démones, unos eran buenos y otros malos. También se creía que las almas o espíritus de ciertos difuntos se transformaban también en démones. Como tales espíritus estaban en contacto con el mundo de los hombres y de la materia podían haberse degradado y corrompido, y ser fuente para los humanos de toda suerte de desgracias. De hecho, para el pueblo, el demon acabó casi siempre en personificación de lo más cercano a la materia, de lo malo (¡dualismo órfico aceptado por el platonismo!), de lo funesto y fatal, a la vez que se dejaba para las divinidades superiores, alejadas del mundo material, el origen de todo lo bueno en este mundo. En los casos de peligros y desgracias los griegos creían que los hombres debían aplacar a los démones o contrarrestarlos con ritos mágicos o suplicar remedio contra ellos a las divinidades superiores. Con estas concepciones se reforzaba aún más el dualismo que asociaba lo malo con lo inferior, lo material, y lo bueno con lo superior, lo alejado, lo espiritual. Más tarde, en el judaismo y en el cristianismo y en lo que respecta al Diablo, este mundo conceptual dualista habría de ayudar a la formación del concepto de un ser espiritual, sí, pero malvado y dispuesto siempre a luchar en pro de la materia, lo antiespiritual, lo alejado de la divinidad, contra todo lo verdaderamente espiritual.



EL ENEMIGO BÍBLICO
Como podemos deducir de esta breve panorámica, los judíos estaban rodeado por religiones que creían en demonios o seres maléficos, aunque aún no habían desarrollado (salvo quizás el caso de Ahrimán en el mundo iranio) la concepción del Diablo tal como la entendemos hoy. Los israelitas participaban también de esas creencias y a ellos corresponde el honor de haber dado forma a lo largo de los siglos a la figura del Diablo, común hoy en el mundo de influencia cristiana.


Tras haber considerado estos antecedentes y todo este tras-fondo, vamos a concentrar ahora nuestra atención en las nociones más específicas que la literatura judía anterior al cristianismo (la Biblia y los escritos apócrifos o falsos del Antiguo Testamento) albergaba sobre el Espíritu Maligno y los demonios. Estas nociones serán el antecedente inmediato de las ideas cristianas. Como indicábamos al principio, el Antiguo Testamento distingue nítidamente un presunto Espíritu Malo, llamado Satán, de los demonios propiamente tales, por lo que nos es necesario tratarlos de modo separado.
En primer lugar, en todo el Antiguo Testamento apenas si aparece Satán, o Satanás, y la figura de un espíritu maligno, encarnación del mal, está muy desdibujada. Apenas si llegan a una docena los textos en los que encontramos la palabra "satán". Este vocablo en la Biblia hebrea no es, normalmente, un nombre propio, la denominación de algún espíritu particular, sino un nombre común, que significa el "adversario", o el "enemigo", ya sea en el sentido más trivial del término o con un significado jurídico (quizás se halle en este ámbito el origen del vocablo), o político-militar. Como tal nombre común, la designación de "satán" puede aplicarse ta-nto a los hombres como a los espíritus. Así, por ejemplo, en la conocida historia del profeta-mago Balaán, contratado por el rey de Moab, Balaq, para maldecir a Israel. Pero, cuando Balaán iba de camino para cumplir este cometido "se encendió la ira de Yahvé y su ángel se interpuso en el camino para estorbarle" (literalmente, haciendo de "satán"): Números 22,22. Igualmente, David llama "satán" a uno de sus acompañantes, Abisay, quien indicaba al rey que debía liquidar a Semeí, por haberle maldecido. Pero David le replicó: "¿Qué tengo yo contigo... que te conviertes hoy en adversario ('satán') mío?": 2 Samuel 19, 22-23. El oponente en el campo de batalla es también un "satán". Así, en 1 Samuel 29,4, los jefes de los filisteos que van a la guerra contra Israel despiden previamente a David (mercenario suyo hasta el momento) con el siguiente argumento: "Que regrese ese hombre y se vuelva al lugar señalado, que no baje con nosotros a la batalla, no sea que se vuelva nuestro adversario ('satán') durante la pelea".
En el prólogo del libro de Job la figura de Satán nada tiene que ver con un ser demoníaco y esencialmente perverso, sino que aparece como el fiscal del tribunal celeste. Es, por tanto, un agente divino, encargado de tareas encomendadas por Dios. Su misión es acusar a los hombres ante el trono celestial cuando hacen alguna cosa mala. Este Satán, fiscal o acusador, también puede tener como tarea el probar a los hombres, mediante el dolor o la desgracia, es decir tantear hasta qué grado llega su virtud o su fidelidad a Dios. Más que tentador en esta función habría que designarlo como tanteador. El texto dice así:
"Un día cuando los Hijos de Dios (los ángeles) venían a presentarse ante Yahvé, compareció también entre ellos Satán. Y Yahvé dijo a Satán: '¿De dónde vienes?' Satán respondió a Yahvé: 'De recorrer la tierra y pasearme por ella'. Y Yahvé dijo a Satán: '¿No te has fijado en mi siervo Job' ¡No hay nadie como él en la tierra! Es un hombre recto y cabal, que teme a Dios y se aparta del mal'. Respondió Satán a Yahvé: '¿Es que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado tú una valla en torno a él, a su casa y a todas las posesiones'... Pero extiende tu mano y toca sus bienes; ¡verás si no te maldice a la cara!' Respondió Yahvé a Satán: 'Ahí quedan todos sus bienes en tus manos. Cuida sólo de no poner tu mano sobre él'. Y Satán salió de la presencia de Yahvé" (1,6-12).
Inmediatamente Satán se encarga de que Job vaya perdiendo una a una todas sus posesiones. Pero el desdichado se mantiene fiel a Yahvé: no peca, ni profiere ninguna insensatez contra la divinidad. Pasado un cierto tiempo, en un momento en el que, igualmente, los Hijos de Dios venían a rendir cuentas ante Yahvé, aparece entre ellos Satán. Entonces Dios habló así, dirigiéndose al ángel:
'"¿De dónde vienes?' Satán respondió a Yahvé: 'De recorrer la tierra y pasearme por ella'. Y Yahvé dijo a Satán: '¿Te has fijado en mi siervo Job?... Aún perservera en su entereza, y sin razón me has incitado contra él para perderle'. Respondió Satán a Yahvé: '¡Piel por piel! ¿Todo lo que el hombre posee lo da por su vida! Extiende tu mano y toca sus huesos y su carne, ¡verás si no te maldice a la cara!' Y Yahvé dijo a Satán: 'Ahí lo tienes en tus A manos; pero respeta su vida'" (2,1-6).


La lectura de este texto capital nos indica que en el momento de su composición (probablemente en el s. V a. C., desde luego después de la vuelta del destierro en Babilonia) Satán no es el Príncipe del Mal, ni tampoco el origen de éste -que se atribuye a Dios-, sino un servidor más de la corte celestial. Ciertamente muestra un poco de mala idea, y se encarga de convencer a Dios para que dañe a Job. Yahvé accede un tanto a regañadientes y luego reprocha a Satán el haberle incitado a hacer daño. En este texto, pues, Satán es en todo caso el aspecto relativamente dañino de una divinidad ambivalente, el lado sombrío de ésta, el poder destructivo de Yahvé, que delega en su ángel.
Sólo en dos textos del Antiguo Testamento y bastante tardíos, del s. IV a.C., el Libro de las Crónicas 121, 1, y en el Eclesiástico 21,27 (del s. II), "Satán" pasa a ser sinónimo de instigador del pecado o causante de una tentación, es decir "tentador" de verdad. El primero dice así: "Alzóse Satán contra Israel e incitó a David a hacer el censo del pueblo..." En el segundo leemos: "Cuando el impío maldice a Satán, a su propia alma maldice". En estos pasajes no queda nada claro si este tentador ejecuta órdenes de Dios, o si más bien actúa por su propia cuenta como adversario y antagonista autónomo de la divinidad. Lo más probable es la primera hipótesis.
Como vemos, Satán o Satanás, nada tiene que ver en el Antiguo Testamento con el Diablo tal como nos lo imaginamos hoy, ni con ángeles caídos, ni con demonios, ni nada por el estilo. Satán es un ángel, un espíritu de la corte celestial, a las órdenes de Yahvé, encargado de ciertas desagradables tai cas. No es el Príncipe del Mal, ni tampoco el origen de lo malo, que -como todo lo creado- procede también de Yahvé.


Pero, por otro lado, el Antiguo Testamento va presentando a sus lectores en diversas narraciones un cierto poder siniestro, un genio maléfico y envidioso, que se encarga de hacfer el mayor daño posible al ser humano. Así ocurre, por ejemplo, en los primeros capítulos de la Biblia con el conocidísimo relato de la caída de Adán y Eva. Encarnado en la serpiente, interviene de modo decisivo un genio maligno y seductor (no se le llama Satán ni diablo); engaña a Eva y a Adán; hace que desobedezcan al Creador y rompan las buenas relaciones con él; logra que sean arrojados del paraíso y que comience para todos los descendientes de esa pareja una vida que es más valle de lágrimas que edén. En el relato del libro de Job que acabamos de citar, el denominado Satán, el fiscal de Dios, es en sí una figura harto desagradable que trae desgracias y enfermedades al sufrido Job. Aun-3ue todo lo hace tanteando a Job, en reali-ad lo está instigando a maldecir y separarse de Dios. En Zacarías 3,1 encontramos un pasaje en el que se contrapone el "ángel de Yahvé" a Satán. El primero defiende al sacerdote Josué de las inculpaciones siniestras del segundo, tanto que el ángel le llega a decir: "¡Conténgate Yahvé, oh Satán, conténgate Yahvé, que ha escogido a Jerusalén!" Este pasaje supone una precisión y desarrollo en las concepciones del Antiguo Testamento sobre Satán. Aunque el texto hebreo presenta el artículo determinado antes de Satán, con lo que se indica que el vocablo es más bien un nombre común que propio, el lector obtiene del pasaje la sensación de esta palabra connota un ser con una fuerte individuación: Satán es un ser sobrenatural y concreto que se opone fieramente no sólo a Yahvé, sino a un ser humano específico. Comienza a perfilarse la idea de un adversario malvado, con fuertes rasgos personales.
En conclusión: en estos textos veterotestamentarios que hemos ido citando y en los que aparece Satán, este personaje se halla siempre subordinado a Dios y es su ministro. No es el conocido Diablo. Pero, a la vez, los escritores bíblicos, sobre todo en el Génesis dejan traslucir la existencia en el universo de un antipoder: frente al Dios creador o rector del pueblo existe un anti-Dios que se opone a los buenos designios de Aquél. Este antipoder puede fácilmente asociarse con Satán, ya que este personaje ejerce funciones muy desagradables.


Una cuestión de mínima importancia, pero no carente de significado para algunos, es señalar que en el Antiguo Testamento el apelativo "Lucifer" no aparece nunca como denominación de Satán. Designar al Demonio de este modo es un invento cristiano, y proviene de una exégesis particular del siguente pasaje de Isaías (14,12-5):
"¡Cómo has caído de los cielos, Lucero, hijo de la Aurora! ¡Has sido abatido a tierra, dominador de las naciones! Tú que habías dicho en tu corazón: 'Al cielo voy a subir, por encima de las estrellas de Dios alzaré mi trono, y me sentaré en el Monte de la Reunión... subiré a las alturas del nublado, me asemejaré al Altísimo'. ¡Ya! Al sheol (mundo subterráneo) has sido precipitado, a lo más hondo del pozo".
Este bello poema irónico fue compuesto por Isaías bien para celebrar la muerte del rey asirio Sargón II, o bien directamente contra la arrogancia, vencida por Yahvé, del monarca babilonio Nabucodonosor. Pero los Padres de la iglesia cristiana relacionaron este texto profetice con el conocido pasaje de Lucas (10,18): "Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo", frase con la que Jesús expresa su alegría ante el éxito de la misión de los setenta y dos discípulos que había enviado a predicar a la villa de Israel. La visión de la caída de Satán significaba para Jesús el fracaso de la oposición del Diablo a la venida del Reino de Dios. Los Padres interpretaron que Isaías había previsto proféticamente lo que luego había contemplado Jesús. De ahí que ese "Lucero, hijo de la Aurora", Lucifer, símbolo en realidad de la grandeza caída de un rey mesopotámico, pasara a ser la denominación del Diablo. De esta aventurada interpretación procede también el que algunos se hayan imaginado a Satán como dotado de una inmensa hermosura, equiparable a la del lucero de la mañana.


LA IDENTIDAD DEL DEMONIO
Debemos insistir de nuevo en el hecho incontrovertible de que la palabra y el concepto no son hebreos ni bíblicos, sino griegos. Este término sólo se va imponiendo entre los judíos por influencia de la mentalidad griega y porque a partir del s. III a.C. se fue traduciendo poco a poco la Biblia hebrea al griego, la lengua universal del momento, en la ciudad de Alejandría. En esta versión griega del texto sagrado "satán" se traduce algunas veces por "demonio". Ahora bien, aunque no exista propiamente la palabra, ¿qué hay, al menos, en el Antiguo Testamento hebreo que corresponda a la noción que aquel vocablo quiere significar?


En principio los "demonios" son esos seres maléficos del folclore hebreo que hemos mencionado antes. En segundo lugar, "demonios", o seres sobrenaturales son para los israelitas los espíritus de los muertos (Is 8,19). En tercero, los demonios son, despectivamente, las divinidades de los gentiles: lo que adoran los paganos son ciertos espíritus que se hacen pasar por dioses logrando que los pueblos un tanto tontos les rindan culto y les ofrezcan sacrificios. Cuarto: muchas de las funciones que desempeñan los que los griegos llaman "dé-mones dañinos y devastadores" las ejecutan en el Antiguo Testamento los "ángeles de Yahvé". Son, al igual que Satán, espíritus subordinados a Dios, ángeles en principio buenos o neutros, que toman venganza de parte de Éste por algunas acciones malas y son portadores contra los hombres de plagas y castigos.
Por último, en lo que respecta al origen de estos "demonios" tenemos que constatar lo siguiente: así como en todo el Antiguo Testamento no hay ni un sólo texto en el que se hable claramente del origen de los ángeles, tampoco encontramos ningún pasaje que diga claramente de dónde proceden esos posibles genios maléficos que los judíos de lengua griega denominaban con el apelativo de "demonios". Hay, sin embargo, un texto importante y obscuro del libro del Génesis que desempeñará un papel crucial a la hora de explicar el origen de los espíritus malignos: 6,1-4. El texto dice que los hijos de Dios", es decir los ángeles encargados por Dios de vigilar la tierra y que -según la concepción hebrea- estaban merodeando en el primer cielo (Libro de Henoc, eslavo), situado inmediatamente encima de aquélla, se fijaron en las hijas de los hombres, se enamoraron de ellas y de su relación carnal nacieron los gigantes, de inmensa estatura, "héroes desde antaño varones renombrados" (v. 4). Este mito parece ser similar al que explica en la mitología griega el origen de ciertos gigantes: seres semidivinos, de una fuerza descomunal, que nacieron de la unión de los dioses con mujeres. El texto bíblico del Génesis no dice nada directamente de "demonios", pero inmediatamente veremos cómo años más tarde la literatura apócrifa del Antiguo Testamento (siglos IV/III a.C. - s. I d.C.) amplificará este motivo y lo utilizará para explicar el origen de esos espíritus malvados.


De repente, hacia el año 150 ó 160 a.C. en el libro de Tobías, que forma parte del grupo de escritos bíblicos "deutero-canónicos" (llamado así porque los judíos y los protestantes no los admiten en el canon, pero los católicos sí), probablemente redactado originalmente en griego, aparece un demonio con todas sus propiedades. Se trata del famoso Asmodeo (tomado probablemente del panteón persa: Asmodeo sería un aesma daeva, uno de los siete espíritus malignos que acompañan a Angra Mainyu, Ahrimán, su comandante en jefe), que estaba enamorado de Sara, la hija de Ragüel. Para que nadie la tocara, el celoso demonio mataba en la noche de bodas a los sucesivos maridos que eran introducidos en el tálamo nupcial. Este demonio es literalmente fumigado por el joven Tobías, el héroe de la historia. Gracias al humo mágico producido por la incineración del corazón y el hígado de un misterioso pez, pescado por el mismo Tobías, con la ayuda del ángel que le acompaña, en el río Tigris, huye el demonio. El ángel Rafael sale en su persecución y lo atrapa en Egipto, donde lo encadena dejándolo impotente. Tobías, entonces, puede desposar a Sara.
En otro libro tardío del Antiguo Testamento, el de la Sabiduría (2,24), se identifica ya claramente a la serpiente del paraíso con Satanás (en griego, el Diablo), identificación que tendrá mucho éxito en el futuro, y un escrito apócrifo, la Vida (griega) de Adán y Eva, o Apocalipsis de Moisés, (17,4), efectúa la misma asociación. Refiriéndose a la caída de Adán dice el autor del primero de esos dos textos: "Dios creó al hombre incorruptible, lo hizo a imagen de su misma naturaleza; mas por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo, y la experimentan los que le pertenecen" (Sabiduría 2,24). Aquí Satán aparece ya no sólo como un cierto oponente de Dios, sino como adversario y enemigo de la humanidad. Además, el mal más temido por los hombres, la muerte, no proviene ya de la divinidad. El autor lo atribuye por entero al pernicioso haber de este ser malvado. Comienza a dibujarse con rasgos más precisos lo que luego habría de ser la Encarnación del Mal, y se inicia una teología (más propiamente, una "teodicea") que pretende descargar a la divinidad de su responsabilidad en el origen del mal.
¿Qué cambio ha ocurrido en la teología y la literatura religiosa judía de estos siglos inmediatamente anteriores al cristianismo para que casi de repente nos encontremos con concepciones que se hallan ausentes del resto del Antiguo Testamento? Intentemos describir este nuevo panorama.


Como afirmábamos anteriormente, la entrada de Palestina en la órbita del Helenismo, tras la conquista del Oriente por Alejandro Magno, hizo que la mentalidad religiosa de los judíos cambiase forzosamente. Mientras que, por un lado, se iba cerrando el cuerpo de Escrituras sagradas -que conformaban y moldeaban al pueblo israelita salvaguardando su identidad frente a los egipcios, por un lado, y los griegos o sirios por otro-, se iban formando en el pueblo de Israel grupos de "piadosos" que continuaban haciendo teología, que iban escribiendo obras religiosas nuevas que de algún modo modificaban y complementaban la herencia religiosa recibida de los libros santos, la Ley, los profetas y otros autores sagrados. Esta literatura es la que llamamos, por una parte, libros tardíos del Antiguo Testamento (compuestos en esa época helenística), y por otra apócrifos del Antiguo Testamento. A este grupo de escritos (redactados entre los siglos IV/III a.C. y los momentos del nacimiento del cristianismo) debemos ahora dirigir nuestra mirada para seguir indagando en los orígenes de las creencias judías sobre el Diablo y los demonios.
Esta literatura religiosa, en especial el segundo grupo, los apócrifos veterotestamentarios, son de una importancia fundamental para conocer el pensamiento religioso del judaismo en los siglos inmediatamente anteriores al cambio de era, al nacimiento de Jesús de Nazaret. En este conjunto de escritos desempeñan un papel importantísimo las concepciones apocalípticas, es decir las revelaciones de la divinidad a algunos individuos sobre los momentos finales del mundo (señales, antecedentes, actuación de la divinidad, papel de Israel). En unos momentos en los que la situación política de Palestina se hacía cada vez más onerosa al estar continuamente dominada por soberanos extranjeros (persas, griegos, romanos), los "piadosos" producen una literatura teológica que se ocupa con gusto de esos momentos finales en los que Yanvé liberaría al pueblo elegido de todo yugo. En estos libros, y por influencia quizás de la mentalidad racionalista de los más cultivados de entre los griegos, la divinidad se concibe como más lejana, más trascendente, más inaccesible para el ser humano. Pero, en compensación, el mundo entre los hombres y Dios se siente cada vez más como poblado por seres intermedios, espíritus buenos y malos. Si respecto al Antiguo Testamento habíamos observado que sus autores eran más bien parcos al hablarnos tanto de los servidores de la divinidad, los ángeles, como sobre todo del enigmático ser que -aunque subordinado a la divinidad- actúa como un principio anti-Dios, ahora -en esta producción literaria tardía o apócrifa del AT- observamos que la demonología y la angelología adquieren un enorme desarrollo. Veamos sus resultados.
En orden a la claridad vamos a seguir separando en nuestra exposición a Satán y a los demonios porque hay textos de esta época que siguiendo la tradición de los antiguos estratos de la Biblia hebrea aún los distinguen entre sí. Les seguiremos la pista hasta el momento en el que veamos que las concepciones de base de los dos grupos principales de espíritus malvados, los satanes y los demonios, van confluyendo.


De la maraña de textos apócrifos del Antiguo Testamento se deduce que hacia el s. II a. C. los judíos distinguían tres categorías de "malos espíritus": 1. Unos eran los "satanes", ángeles que se insurreccionaron contra Dios, distintos de los demonios. 2. Angeles decaídos de su estado particular angélico bueno por haberse unido a las hijas de los hombres, y 3. Unos "espíritus malos" o demonios propiamente tales que habían sido engendrados por esa unión (nr. 2) de los ángeles con las mujeres.



ESPÍRITUS PERVERSOS
Comencemos por esta última clase, los demonios.
Que son distintos de los ángeles caídos y de los satanes era algo claro para el autor del cap. 19 del Libro 1 Henoc que escribe: "Aquí (en una cárcel infernal, como una profunda sima en la tierra) permanecerán los ángeles que se han unido con mujeres. Tomando muchas formas han corrompido a los hombres y los seducen a hacer ofrendas a los demonios como a dioses, hasta el día del Gran Juicio". El proceso de generación de esta última clase fue así, según el Libro de Henoc (c. 10) y el de los Jubileos (c. 5): los ángeles del primer cielo o "Vigilantes" engendran de las hijas de los hombres a los gigantes. Estos se enseñorean de la tierra y la llenan de maldades. La tierra y sus habitantes se había corrompido de tal modo que no era imposible soportar tales atrocidades (¡recordemos el mito de los Titanes en Mesopotamia y Grecia!). Para acabar con ellos, Dios hace que Gabriel los azuze unos contra otros. Así ocurre, y se van matando entre ellos llenándose toda la tierra de sangre. Pero en realidad sólo perecen los cuerpos de los gigantes, sus espíritus siguen vivos, continúan merodeando por la tierra cometiendo toda suerte de tropelías contra los hombres. Noé, bien harto, ruega a Dios para que la humanidad se vea libre de ellos. La divinidad accede: nueve décimas partes de estos demonios "son atados en el lugar de la condenación"; pero a ruego de su jefe, Mastema, Dios permite que una décima parte quede libre para causar el mal a la humanidad, trayendo enfermedades y penas (Jub. 10,8-11). Su malvada acción continuará hasta el día del Juicio en el que Dios los entregará al fuego eterno.


Los "ángeles caídos" (clase 2a), según el Libro 1 de Henoc (6,1) han llegado a formar esta clase por haberse dejado llevar de la lujuria. Eran doscientos y se juramentaron entre sí para tomar juntos mujeres, aunque sabían que esta acción no iba a gustar nada a Dios (v.3). Abandonaron el cielo y bajaron a la tierra. "Convivieron con sus mujeres y les enseñaron toda suerte de ensalmos y conjuros; las adiestraron en recoger plantas y a fabricar espadas cuchillos, petos, los metales y sus técnicas, brazaletes y adornos; cómo alcoholarse los ojos, embellecer las cejas y a distinguir las piedras preciosas y selectas". Total, "que se produjo en la tierra mucha impiedad y fornicación, erraron y se corrompieron las costumbres" (8,2). Según el libro de los Jubileos (c. 10), no hubo pecado carnal; sólo que esos espíritus, como Prometeo, enseñaron a los hombres lo que no debían. Todos se corrompieron y el resultado fue el castigo del Diluvio universal.
Veamos ahora la primera clase de espíritus perversos, los "satanes". Tanto en los Manuscritos del Mar Muerto como en los principales apócrifos del Antiguo Testamento, se continúa la vieja rradi-ción veterotestamentaria: los satanes siguen siendo un hombre común, una clase genérica de ángeles a las órdenes de Yahvé, distintos de los demonios, pero con funciones de daño y castigo. El carácter genérico del término se ve claro en Qumrán, en cuyos textos leemos expresiones tales como "todo satán" (IQSb 1,8), o "todo satán y extermi-nador" (IQH 45,3), o "todo satán exterminador será reprimido" (IQH 4,6). El Libro de los Jubileos utiliza la misma frase, refiriéndose a los tiempos mesiánicos: en esos días "no habrá satán ni maligno destructor" (23,39; cf. 50,7: en la tierra prometida "no habrá satán ni maligno, y la tierra estará limpia desde este momento hasta siempre"), o aludiendo a los breves años dorados que vivieron los israelitas en Egipto bajo José como virrey del Faraón: "No hubo satán ni maligno alguno en todos los días de la vida de José" (Jubileos 46,2). El otro libro importante de este período, el Henoc etiópico, o Libro 1 de Henoc, menciona igualmente "la violencia de los satanes" (65,6) o la expulsión de los satanes de delante de la fax, del "Señor de los espíritus" (40,7).


Las funciones de estos satanes son las mismas que hemos visto ya en los estratos antiguos del Antiguo Testamento: actuar de fiscal o acusador ante el tribunal de Dios, de tentador e instigador hacia el mal, de verdugo o ejecutor del juicio de Dios, pues encarna la figura del ángel exterminador. Pero a la vez este personaje angélico es el adversario o enemigo por antonomasia del hombre; es maléfico, perturbador de la paz y el causante de todos los males físicos.
El jefe de estos satanes es Satán (en griego "Diábolos", "acusador", "difamador"). El Testamento de Dan afirma: "Hijos míos, temed al Señor y protégeos de Satanás y sus espíritus" (6,1). En este texto se percibe el paso de este vocablo de nombre común a nombre propio. Encontramos, pues, en estos siglos inmediatamente antes del nacimiento del cristianismo que casi de repente Satán deja de estar solo, como en el Libro de Job, y pasa a ser el nombre propio del gran jefe de unos ciertos satanes, que son su cortejo de ayudantes. Se transforma en el comandante supremo de un antirreino del mal, aunque siempre, naturalmente sometido en último término a Dios.
Como las fronteras de las funciones maléficas de estos seres malvados son difusas y se entrecruzan, esas tres clases de espíritus perversos, que se distinguían entre sí en un principio, se simplifican rápidamente en dos: quedan los "satanes" por un lado, y por el otro los demonios y los ángeles caídos, fundidos, a su vez, en un único grupo. La distinción entre ángeles caídos y satanes permanece, sin embargo, bastante clara por dos razones: porque el pecado que da origen a su existencia como tales es distinto, y segunda porque a veces se señala que sus funciones son también diversas.


Veamos la cuestión del origen de unos y de otros. Mientras que los ángeles caídos o vigilantes se transformaron, como ya sabemos, en espíritus malos por un pecado de lujuria, por haberse unido a las hijas de los hombres o por haberles enseñado secretos que a la larga serán perversos, los satanes son tales por un pecado de rebelión contra Dios o por un acto de desobediencia meramente intelectual. El Libro de Henoc eslavo (cuyo núcleo se compuso quizás a mediados del s. I de nuestra era) afirma que Dios reveló a Hcnoc lo siguiente: "Del fuego creé las formaciones de los ejércitos incorpóreos, diez miríadas de ángeles... y di órdenes de que cada uno se pusiera en su formación correspondiente. Pero un espíritu del orden de los arcángeles, apartándose juntamente con la formación que estaba a sus órdenes, concibió el pensamiento inaudito de colocar su trono por encima de las nubes para poder así equipararse con mi fuerza. Yo entonces lo lancé desde la altura juntamente con sus ángeles...". (11,37-40 de Santos, cap. 29 Ándersen). La versión latina de la Vida de Adán y Eva (del s. II o III d.C.) precisa más esta leyenda y añade que el acto de desobediencia tuvo su origen cuando la creación del hombre. Dios a través de Miguel obligó a todos los ángeles a adorar esta creatura porque estaba hecha a imagen y semejanza de Aquél, y en este aspecto era superior a los ángeles; pero un arcángel díscolo y orgulloso se negó a doblar su rodilla ante el homore. Esta acción le costó cara: perdió su trono celeste. El mismo arcángel malo lo explica así en un pasaje de esta Vida latina: "Toda mi hostilidad, envidia y dolor vienen por ti, oh Adán, ya que por tu culpa fui expulsado de mi gloria... Cuando Dios insufló en ti el hálito de vida..., Miguel te trajo y nos hizo adorarte a la vista de Dios... Yo respondí: No, no tengo porqué adorar a uno pero que yo, puesto que yo soy anterior a cualquier creatura... y si Dios se irrita conmigo pondré mi trono por encima de los astros del cielo... El Señor Dios se indignó contra mí y ordenó que me expulsaran del cielo y de mi gloria conjunto con mis ángeles..." (12-16).
Afirmábamos antes que la segunda razón de la diversidad entre ángeles caídos y satanes eran sus funciones, a veces diversas: los satanes jamás se dedican a enseñar secretos celestes a los humanos; y, a su vez, a los ángeles caídos -que pueden actuar como ejecutores de los castigos divinos- jamás se les atribuye una actividad de fiscales o acusadores.
Sin embargo, a pesar de tener un origen distinto, su cometido dañino, seductor, tentador, instigador, y en una palabra su función de creadores de todos los males para los hombres, es tan parecida que las dos clases habrían de acabar casi necesariamente fusionándose, formano un bloque un tanto indiferenciado: entonces los demonios se llamarán sin problemas "ángeles de Satanás" (Vida de Adán y Eva 16; Documento de Damasco 2,18). No importa que esta fusión acarree contradicciones. Hay una clarísima: ¿cómo va seguir Satán ejerciendo su función de acusador ante Dios si ha sido precipitado por Éste fuera de su presencia, arrojado del cielo tras su rebeldía? Pero la contradicción no se percibe; la fusión se llevará adelante simplemente porque la distinción entre tanta clase de espíritus impuros era para cualquier mente sencilla una enorme confusión. La tendencia innata a simplificar lo confuso conducirá en no mucho tiempo a juntar las diversas clases de diablos y demonios en una olvidándose de las diferencias. Así, en una sección bastante tardía del Libro 1 de Henoc (68-69: dentro de las llamadas "Parábolas de Henoc") los ángeles caídos se confunden con los satanes, y a su vez en el Henoc eslavo, 18,3 (ya de época cristiana), los ángeles que estaban bajo el mando de Satanael, es decir eran "satanes", se les llama "Vigilantes" (nombre atribuido sólo a los ángeles cáidos). Y la tradición del pecado de origen se mezcla también: primero se insurreccionaron contra Dios y luego bajaron al Monte Hermón para unirse con las mujeres. Como se puede observar, se unen aquí dos tradiciones en principio diferentes, que hemos expuesto de modo separado en líneas anteriores. La confusión llega a ser tanta que los textos son también contradictorios sobre el lugar en el que se aposentan tanto los satanes como los ángeles caídos: unas veces se afirma que estos espíritus están recluidos en las profundidades de la tierra y otras que su morada se halla por los aires (así en un mismo libro: el Henoc eslavo: cf. 7,3; 7,18; 18,3.7; 29,5 Andersen).
Como resultado de los comienzos de esta fusión de las tres clases de malos espíritus en un solo grupo, más indeterminado, de diablos o demonios, o espíritus impuros como quiera llamárseles, su nombre también cambia. Afirma el Libro 1 de Henoc que mientras era un ángel al menos neutro se llamaba Satanael, pero que cuando pasó a ser específicamente un ángel del todo malvado se llama ya Satán (31,4), Diablo o Satanás. Los nombres de los distintos jefes de las antiguas y diversas clases de espíritus malos se concentran también en este solo personaje, jefe de los satanes, el comandante supremo de toda suerte de espíritus perversos. De vez en cuando pasa a ser denominado también Belal (o más tarde Beelzebub) (Qumrán y Testamento de los XII Patriarcas, donde se dice que Belial tiene sus propios ángeles, "los ángeles de Satán": Testamento de Aser 6,4), o Semiazá (1 Hen 6-16), Mastema (ibídem), Azazel (1 Hen 8), nombres en principio reservados para otros personajes angélicos perversos que fueron los jefes de distintas secciones de los ángeles caídos. En esta literatura judía anterior al Nuevo Testamento conservan a veces todavía una personalidad relativamente definida e independiente. Pero, al fundirse, como decimos, las diversas clases de ángeles en una, llegará un momento en que todos estos nombres serán casi sinónimos. Poco a poco también irá prevaleciendo el de Satán o Diablo y olvidándose los restantes.


Veamos un caso importante de cómo antes del cristianismo esta fusión no es aún completa. En los manuscritos del Mar Muerto este Belial, o Satán, tiene ciertos rasgos propios en los que falta cualquier alusión a la función de acusador; falta también la idea de que haya tenido algo que ver con la caída de Adán y la entrada del mal en este mundo; tampoco se habla de él como un ángel caído por algún acto de soberbia o lapso sexual. Belial, por el contrario, queda especialmente caracterizado como el ángel de las tinieblas, que se opone radicalmente a la luz. Los hijos de la luz, o de Dios, están capitaneados por Miguel y existe entre los dos ámbitos una lucha sin descanso. Cada uno de esos ángeles tiene su propio reino. Aquéllos que se someten a Belial se apartan del reino de Dios y de Miguel voluntariamente. Aunque Belial, o Satán, pueda parecer como un anti-Dios, jamás se llega a pensar que tiene un poder parecido al de la divinidad. Mas bien se trata de una permisividad por parte del Ser Supremo, que tolera -no se dice bien porqué- la existencia de este mal espíritu, de cuya existencia no se duda ni un momento, pero de cuyo origen tampoco se dice ni una palabra. El ángel de las tinieblas controla sobre todo este mundo. Los justos, por el contrario, predestinados a serlo desde el principio, se destacan de entre la masa de los seguidores de Belial y se entregan voluntariamente al cumplimiento de la voluntad divina. Belial trata de seducirlos, los oprime y los persigue (1QS 3,24 y 1QH en general). Pero no los vencerá. Es cierto que Dios ha creado y permitido la existencia de este ángel malo y de sus huestes, pero ha determinado también de antemano un fin para sus tropelías (1QS 4,18): habrá una tremenda batalla final entre los hijos de la luz y los de las tinieblas; Belial resultará derrotado. El resultado de este combate producirá como una Jauja feliz: reinará la verdad sobre la tierra, volverá el paraíso y la vida de los hombres discurrirá junto con los ángeles (1 QS 4,20-25; 1 QH 3,21; 6,13; 7,l4s, etc.).


En conclusión: nos encontramos que en los momentos previos a aquéllos en los que nacerá en Palestina una nueva secta judía, que proclama como mesías a Jesús de Nazaret crucificado, la demonología bastante complicada de los hebreos -como nacida de un cúmulo de influencias externas y de influencias externas y de una evolución propia no siempre uniforme- ha tendido a simplificarse muchísimo en torno a una única figura principal, Satán, Satanás o el Diablo, rodeado de un coro de ayudantes que le sirven de cortejo y de instrumentos para perpetrar sus designios, que se nutre de antiguos miembros de grupos de espíritus malignos originariamente diversos. Hacia el final de este período, en las creencias de los judíos, la imagen del Diablo iba uniéndose cada vez más a ciertas características negativas que de algún modo habían aparecido ya en el Antiguo Testamento: el Demonio queda conectado con las tinieblas, el mundo subterráneo, las regiones del aire; es el estímulo de toda molestia y tentación, especialmente la sexual; aparece como causante de enfermedades y la muerte. Se le asocia con ciertos animales repugnantes o dañinos, como el león, el escorpión, la serpiente o los dragones.
Los historiadores de la religión han discutido mucho qué influencias de religiones externas han contribuido al desarrollo de la imagen del Diablo entre los judíos de estos siglos anteriores al surgimiento del cristianismo. De entre todas las que hemos señalado anteriormente, parece ser la religión irania la que se lleva la palma. Tanto en la literatura judía apocalíptica como en los escritos de Qumrán se perciben notables concomitancias sobre todo con el zoroastrismo. En ambos sistemas religiosos el Diablo se halla al frente de un ejército de demonios, o espíritus malvados, ordenados en diversos rangos jerárquicos. En las dos religiones el Diablo aparece asociado a la serpiente a los dragones. Las funciones perversas de Ahrimán se ven parcialmente reflejadas en las acciones del Diablo judío: acusar, seducir, llenar el mundo de cosas malas y molestas para la humanidad. En los dos sistemas, el universo todo se halla dividido en dos bandos: el de la luz y el de las tinieblas, ensartados en una lucha a muerte, sin cuartel. Pero al final, en ambos pensamientos religiosos, cuando más poderoso parece el imperio del Príncipe de Tas Tinieblas, se da una batalla en la que éste resulta derrotado; es arrojado a los abismos de la tierra y queda allí inmovilizado, perpetuamente condenado. Existe, sin embargo, una diferencia sustancial entre los dos sistemas religiosos. En Irán el principio del Mal es independiente, tiene prácticamente la misma potencia que el Espíritu del Bien. Ahrimán, es además, un dios creador que se complace en crear sólo lo malo. En la religión israelita, por el contrario, el Diablo no es una divinidad creadora y está siempre subordinado a Dios. El dualismo hebreo es, pues, secundario, y no tan completo como el iranio. Pero, en la práctica, los judíos concebían al Diablo ya en esta época anterior al cristianismo como un ser que actúa de hecho casi independientemente de la divinidad. De este modo el dualismo atemperado de los israelitas es, en realidad, casi de la misma tonalidad que el iranio.
Para ilustrar estos extremos, en especial al esfuerzo por simplificar las complejas ideas sobre el Príncipe del Mal, veamos ahora, como ejemplo, un escrito judío del s. I de nuestra era, varias veces citado, la Vida de Adán y Eva, Consideremos de modo muy sucinto su demonología y contrastémosla mentalmente con la más complicada que hemos ido exponiendo hasta este momento. Para el anónimo autor de la Vida Satanás porta siempre el nombre de Diablo; prácticamente ha perdido el sentido antiguo de acusador ante Dios y se ha concentrado en ser el "enemigo", la oposición perpetua al ser humano. La hostilidad del Diablo respecto a Adán es anterior a la tentación en el paraíso y se explica, como ya hemos visto, por una profunda envidia del Espíritu Maligno respecto a Adán que provoca el acto de desobediencia ante el mandato de Dios. La aversión entre el Demonio y el hombre se traduce en una continua lucha. Mas bien se trata de una venganza demoníaca por haber perdido su trono celeste por culpa de haberse negado a adorar a Adán. Una variante del texto afirma que hubo también un componente sexual en la desobediencia demoníaca. Al Diablo le gustó Eva y sus deseos por ella le condujeron a rebelarse. La lucha, el engaño del ser humano los intentos continuos de seducción no tienen más fin que introducir en el mundo el deseo inmoderado, la fuente de toda perdición. El Diablo pone en juego todos sus poderes, en especial la facilidad de disfrazarse en otras personas o usar las palabras torcidas de otros para engañar. En concreto, en el caso de la serpiente del paraíso, se había introducido dentro de su cuerpo para seducir a Eva con mentirosas palabras. Curiosamente, en este escrito, el Diablo puede actuar como se pensaba que hacía el Espíritu profético: se mete dentro del cuerpo de la serpiente y utiliza sus órganos fonadores para modular las seductoras palabras que le convienen.


Como puede observarse, en la Vida (judía) de Adán y Eva, no hay más que un Satán y una clase de demonios con una actuación y funciones que no resultan nada extrañas para un ambiente cristiano.


EL DIABLO CRISTIANO
Así llegamos a la figura del diablo en los orígenes mismos del cristianismo, en sus primeros documentos: el Nuevo Testamento. La demonolo-gía del cuerpo de textos en los que se basa el cristianismo se deriva fundamentalmente del judaismo apocalíptico de los siglos anteriores, de ciertas tradiciones que habían ido acumulando los fariseos y de diversas ideas de los griegos, pero todas ellas tamizadas por el filtro del propio judaismo.
El grupo de escritos primitivos cristianos da por supuesta la existencia del Diablo y prácticamente no se plantea ninguna de las cuestiones en torno a su origen y procedencia. El Nuevo Testamento tiene muchas maneras de denominar al Diablo que son reflejos de creencias pasadas. Lo llama Satanás (término predilecto de Pablo que no usa Diablo: Beelzebul (en un par de ocasiones); Belial (sólo en 2 Corintios 6,15: texto no genuinamente paulino, sino probablemente insertado en la carta por un discípulo esenio convertido), enemigo, tentador, maligno, príncipe (Evangelio de Juan 12,31; 14,30; 16,11) y dios de este mundo (2 Corintios 4,4); espíritu inmundo o simplemente espíritu o ángel.


La concepción neotestamentaria del Diablo se halla determinada por la oposición absoluta Dios-Satán, o, si se quiere, entre el mediador del Reino de Dios, Jesús, y Satán. En verdad no son muchos los textos en los evangelios que hablan claramente de esta oposición; en realidad sólo dos, pero sí fundamentales: la historia de la tentación en el desierto (Evangelio de Mateo 4,1-11 y par) y la disputa con los fariseos sobre qué poder tiene Jesús para expulsar a los demonios (Evangelio de Marcos 3,22 par). Jesús es el único que puede con el Diablo, el que pone fin a su reino. Según el cuarto evangelista (12,31), por la venida y obra del Nazareno el príncipe de este mundo será arrojado fuera, y según Lucas (10,18), Jesús tuvo una visión en la que contemplaba a Satanás que caía del cielo, destronado, como un rayo, cuando sus discípulos pregonaban la venida del Reino de Dios.


El escenario completo de esta pelea se imagina más o menos así en el Nuevo Testamento: Dios creó en el principio un mundo esencialmente bueno, pero que es estropeado por la rebelión angélica y sus consecuencias; muy cerca del comienzo del mundo, inmediatamente tras la creación de Adán, Miguel derrota a Satanás y sus huestes y los arroja del cielo: la seducción del paraíso producida por Satán como venganza trae como resultado la muerte, las enfermedades y toda suerte de desgracias. Otros diablos son también ángeles caídos, pero justamente por haberse enamorado de las hijas de los hombres. Este suceso ocurre mucho después de la creación de Adán, ales ángeles son igualmente expulsados del cielo, son arrojados al mundo subterráneo, pero de algún modo salen de él para dañar a los humanos. Son éstos y los otros demonios, más el único jefe de ambos grupos (no se explica cómo se alza con el mando supremo), los causantes de todos los males. Por la continua actividad de Satán y sus secuaces el mundo ha caído de hecho en las redes del pecado. No hay manera de escaparse de esta esclavitud. El mal no procede de hecho di-rectamente de Dios -aunque lo consiente-, sino del Diablo y del mal uso del libre albedrío por parte de los hombres que siguen sus malas inclinaciones y las sugestiones perversas de Satanás. La situación de los hombres es desesperada, abocada a una condenación eterna hasta que llega la plenitud de los tiempos y aparece Jesús anunciando la inmediata venida del Reino de Dios. La misión de Jesús está abocada a contrarrestar toda la obra del Diablo, por lo que éste se opone con todas sus fuerzas. Pero Jesús demuestra ser mucho más poderoso, y por su predicación, curaciones y exorcismos comienza el Demonio a ser derrotado. Pero no del todo; ni mucho menos. Esta lucha se prolongará por largo tiempo, pero al final de los siglos el Demonio será totalmente derrotado y condenado al fuego eterno. No queda claro si este final del tiempo es algo absoluto y ocurre una vez tan sólo (teoría común en el Nuevo Testamento), o si antes del Juicio definitivo hay una segunda venida de Cristo en la que éste derrota a Satán y lo encadena durante mil años (Apocalipsis de Juan). Durante este tiempo vivirán los justos en la tierra felicísimamente. Pasados estos años, quedará suelto el Diablo, pero se producirá su segunda y definitiva derrota, el Juicio definitivo y la liquidación absoluta del mal sobre el universo. En las profundidades de la tierra, el infierno, vivirá por siempre el Diablo y no tendrá ya más poder que el que ejercerá contra los malvados humanos, condenados al igual que él a tormentos sin fin.


Tras esta perspectiva general, vamos a concentrarnos con más detenimiento en las funciones y actuaciones del Diablo según el Nuevo Testamento. No es extraño que los primeros teólogos cristianos, como buenos conocedores del Antiguo Testamento, sigan conservando también algunos rasgos del Satán antiguo. Así, el calificativo de "satán" como nombre común, uso que había disminuido muchísimo en la literatura judía religiosa posterior (los apócrifos del Antiguo Testamento) que ya hemos considerado. Así en Ev. de Mateo 16,23 dice Jesús a Pedro, reprendiéndole por no creer que el me-sías tiene que padecer: "Apártate de mí, Satanás, porque ni piensas como Dios, sino como los hombres". En este apostrofe "satanás" tiene el sentido general de "adversario maligno", pero de modo indeterminado: el pensamiento humano en cuanto opuesto al plan de Dios es satánico.
Igualmente como en el Antiguo Testamento, Satán actúa de tanteador del justo, como en el prólogo del Libro de Job. Dice Jesús (Evang. de Lucas 22,31) en vísperas de la prueba de su pasión: "Simón, Simón, Satanás ha pedido permiso (a Dios, se entiende) para cribaros como el trigo". Los seguidores de Jesús están en la misma posición de Job: van a ser probados para ver si se mantienen fieles a Dios. También aparece el Diablo, exactamente como en la Biblia hebrea, como acusador celeste de los justos ante la divinidad. Así en el Apocalipsis (12,7-12): "El gran dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y también Satanás... fue arrojado a tierra y sus ángeles fueron arrojados con él... fue arrojado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba en la presencia de Dios día y noche" (w. 9-10). El texto es más moderno, es decir pertenece a un estadio de la evolución de las ideas  sobre el Diablo más avanzado, tan sólo porque en él aparece ya clara la fusión serpiente-Diablo, inexistente en los textos más antiguos de la Biblia.


Es curioso también que en Pablo la actuación de Satanás -en recuerdo de su antigua función de ángel neutro- pueda servir para el bien. Así, en 1 Corintios 5,5 leemos: "En todas partes corre la voz de que hay entre vosotros un caso de fornicación de tal estilo como ni siquiera se da entre los gentiles, hasta tal punto de que uno tiene la mujer de su padre. Por una parte yo, ausente en cuerpo de vosotros pero presente en espíritu, he sentenciado al que obra de esa manera para que en el nombre de nuestro Señor Jesús, reunidos vosotros y mi espíritu, en el poder de nuestro Señor Jesús, sea entregado a Satanás semejante individuo para destrucción de la carne a fin de que su espíritu se salve en el día del Señor". Lo que quiere decir el texto es lo siguiente: en una sesión de claro contenido mágico -aunque actuada por el poder y el nombre de Jesús- había que provocar en ese fornicario una enfermedad (es decir, entregarlo a Satanás, que con su posesión genera las enfermedades). Entonces el dolor de su cuerpo, la "destrucción de su carne", le servirá de aviso y el espíritu del fornicario, arrepentido por el aguijón de la enfermedad, se salvará en el día del Gran Juicio, que se imagina cercano. Igualmente, un discípulo de Pablo dice también en 1 Tim 1,20 más o menos lo mismo: "Algunos han rechazado la buena conciencia y han naufragado en la fe; entre ellos están Himeneo y Alejandro, a los que entregué a Satanás para que aprendan a no blasfemar". Es decir, gracias a la oración o ritual del Apóstol fue provocada en esos dos herejes una enfermedad corporal que procura un bien: así aprenderán a no proferir opiniones erróneas.


Pero, al igual que ocurría con los apócrifos del Antiguo Testamento, en otros muchos casos aparece Satán en el Nuevo Testamento no ya como nombre común o con funciones antiguas, sino como nombre propio, como el gran jefe de todos los demonios (Evang. de Marcos 3,22). De acuerdo con esta perspectiva general, cuyos trazos generales acabamos de delinear, para los autores del Nuevo Testamento Satán es el príncipe de este mundo; la morada actual, al menos de este jefe de los demonios, está en los altares (Efesios 2,2: que lo llama príncipe del poder del aire, es decir, de este mundo sublunar). Su dominio se manifiesta en un poder sobre los hombres, quienes -a veces- sin ayuda exterior no pueden librarse de él. Es tan fuerte la dependencia entre los que se dejan seducir por Satán y este mismo que los textos nos hablan de una cierta ligazón natural: "hijos del diablo" (1 Carta de Juan 3,8), o "vuestro padre es el diablo" nos dice al autor del evangelio de Juan (8,44), y el de la la carta, de quienes se oponen o no creen en Jesús. El objetivo de Satán es la perdición del ser humano, que éste se sitúe en un plano lejos de Dios, por eso se le llama "asesino desde el principio" y su esencia es "mentira y pecado" (Juan 8,44). Este Satán tiene como subditos y ayudantes a los demonios o a los ángeles caídos. Hemos visto ya que la distinción entre estas dos clases de malos espíritus se había difuminado en las creencias judías anteriores al Nuevo Testamento. Éste refleja la misma ambigüedad: aunque los demonios aparecen muy frecuentemente (sobre todo en los evangelios), los ángeles caídos son mencionados muy raramente (por ejemplo, en Judas 6 y 2 Carta de Pedro 2,4). Desde luego, esta distinción Diablo y demonios, aún perceptible en el Nuevo Testamento, desaparecerá por completo en la tradición cristiana posterior: no habrá diferencia de esencia, sino sólo de mandato y rango.


Las tareas del Diablo son ya las conocidas, bien por el Antiguo Testamento o por los apócrifos veterotestamentarios. Los autores del Nuevo Testamento se complacen en denominarle "enemigo", "adversario", pero sobre todo maléfico, causante de todos los males, en especial la enfermedad. Aunque en el Nuevo Testamento no se achacan todas las enfermedades a un acto de posesión o malicia diabólica, sí la mayoría. Para el autor de los Hechos de los Apóstoles todos los milagros de curación de Jesús fueron prodigios de exorcismo o expulsión de demonios. Dice Pedro: "Jesús de Nazaret... pasó haciendo bien y curando a todos los que estaban dominados por el Diablo". Un par de ejemplos de esta concepción: para Lucas (13,26) la mujer encorvada a la que cura Jesús en sábado, "había estado atada por el Adversario dieciocho años", es decir, un diablo había entrado en su interior y la mantenía encorvada (cf. Le 22,3: el Diablo, como gran jefe, no uno de sus satélites como es doctrina normal en el Judaismo entra en Judas) y Pablo para referirse a una enfermedad molesta que le aqueja dice: "Para que no me ensoberbezca (por lo extraordinario de las revelaciones divinas a mi persona) me clavaron en la carne una espina, ángel de Satanás, que me abofetee" (2 Cor 12,7). Los magos contemporáneos y los sanadores también practicaban con éxito los exorcismos. Pero el Nuevo Testamento afirma que sólo Jesús y sus seguidores lo hacen gracias al poder de Dios (Mateo 12,28; Lucas 11,20).


De acuerdo con lo que hemos sostenido a propósito de las diversas funciones del Diablo en el Nuevo Testamento como tanteador o acusador ante Dios de los hombres, tenemos que afirmar que la relación con Dios del Diablo es un tanto ambigua: ¿actúa como acusador o cribador de los justos en nombre de Dios y bajo su dirección? ¿No es Satán, sin embargo, un enemigo acérrimo de la divinidad? Pero los teólogos del Nuevo Testamento no se plantean nunca estos problemas. En su mente se cruzan dos ideas un tanto contradictorias: un monoteísmo y señorío de Dios absoluto, de antigua tradición judía, con la noción de un adversario de la divinidad, que a la vez campa por sus respectos con tan notable autonomía que se enfrenta incluso a los planes de salvación de Dios concretados en Jesús.


El Nuevo Testamento termina en su último libro con un mensaje de esperanza a propósito del sufrimiento con los que el Demonio desequilibra a la humanidad. Aunque en los últimos días el Diablo traerá en su apoyo al Anticristo, que es una figura doble: la Bestia y su profeta (Ap 13 y 19; cf. 1 Tes 2,9s), esto no le valdrá de nada. Lucharán el Cordero y la Bestia en el combate final y decisivo. Vencerá el "Rey de reyes" (Ap 19,16) y tanto la Bestia como su profeta serán "arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre". El Diablo, a su vez, que se hallaba a la retaguardia de la Bestia corno impulsor, será encadenado durante un milenio por un ángel poderoso. Luego, para los fieles habrá un período de mil años donde los justos vivirán como en una Jauja feliz, sin problemas, ni penas, sin ataques diabólicos, etc., etc., mientras los muertos esperan el juicio definitivo que tendrá lugar después. "Cuando se hayan cumplido esos mil años, quedará suelto de nuevo el Adversario, liberado de su cárcel" (20,7), y volverá a salir para intentar engañar a todas las naciones. Las huestes del Demonio cercarán la tierra donde viven felices los justos, pero caerá fuego del cielo y los devorará. De nuevo el Diablo quedará preso, pero esta vez de modo definitivo y será arrojado al lago de fuego y azufre, donde estaban la Bestia y el Anticristo y "serán allí atormentados por los siglos de los siglos" (20,10).
Por lo que respecta a nuestra historia, la trama negra que el Diablo ha ido trenzando en el devenir humano desde el momento de su caída hasta hoy tendrá un final feliz. La gran historia que había comenzado con las brumas del caos de la creación y con el gran estropicio causado en el Edén por la envidia del Diablo concluye con un fabuloso "happy end", con un final feliz a pesar de tantas lágrimas.


En la tradición cristiana posterior al Nuevo Testamento (véase sobre todo el apócrifo Evangelio de Nicodemo. 2a parte, el "Descenso a los infiernos"), luego propagada por las obras poéticas de Dante y Milton sobre todo, y por el arte en innumerables obras, el Diablo es el gran jefe del infierno, donde controla, por medio de sus subordinados, el castigo de los condenados. Pero nada de esta jefatura aparece en el Nuevo Testamento. Las referencias al infierno en este grupo de obras no son muchas, y lo único claro es que se halla bajo tierra, que tiene fuego y que sus torturas producen llanto y crujir de dientes (por ejemplo, Ev. de Mateo 8,12). El Nuevo Testamento menciona el Hades diez veces y la Geenna, doce. El primer vocablo representa el mundo subterráneo de los muertos y se corresponde con bastante exactitud al hebreo sheol. Se halla en las profundidades de la tierra (Mateo 11,23), tiene puertas gigantescas (Mt 16,18). Se trata de un lugar de paso a donde descienden las almas después de la muerte (Lucas 16,23; Hechos de los Apóstoles 1,18), pero las devuelve después de la muerte (Apocalipsis 20,13). Como puede verse el Diablo no desempeña en este reino ningún papel. Según otra concepción, representada por la la Epístola de Pedro (3,19), sólo las almas de los increyen-tes descienden al Hades. Cuando Jesús, tras su muerte, baja al Hades (la Ep. de Pedro 3,19; 4,6: una concepción que se halla en otras concepciones religiosas, por ejemplo el descenso de la diosa Isis al infierno; el de Ulises o Eneas, etc.) no va a luchar contra el Demonio y arrebatarle su presa (no hay tal), sino solamente a predicar el evangelio a los justos ya difuntos y prepararlos para su resurrección.


La Geenna o infierno se diferencia del Hades en que no es un sitio de paso, sino el lugar de perpetuo castigo de las almas perversas. Pero tampoco el Demonio tiene que ver nada en principio con este ámbito. Sólo la fantasía posterior (partiendo de tradiciones como las reflejadas en el Apocalipsis, que hemos visto antes) unirá Infierno con el Diablo. El cristianismo se une así a otras religiones que tienen representaciones parecidas. En el infierno budista, por ejemplo, el dios Emma-O, divinidad-juez del mundo subterráneo controla como un burócrata el lugar de castigo, en el que una serie de demonios con variados instrumentos de tortura atormentan a los condenados.


Si se considera atentamente lo que hemos expuesto hasta el momento, debemos confesar que en el Nuevo Testamento la imagen del Diablo, de sus actuaciones y propiedades se halla llena de ambigüedades. No queda claro cuál es su origen, por qué se dividen en diversas clases, dónde se hallan sus moradas, cuál será exactamente su final. También dista de quedar claro quién es esa figura, el Anticristo, que según el Apocalipsis de Juan ayuda al Diablo en su batalla final contra Jesús. ¿Es una persona humana o un ente superior? ¿Qué representan exactamente el dragón y la bestia (Apocalipsis 11-19) que lo acompañan? ¿No es el dragón precisamente la imagen del Diablo? Todas estas ambigüedades se explican de hecho, desde el punto de vista científico de la historia de la religión y de las tradiciones, porque en el Nuevo Testamento tanto las concepciones del Diablo como las de sus ayudantes son una confusa mezcla de diversas tradiciones tomadas de la apocalíptica judía, del Libro de Daniel, con su imagen del rey tiránico que impera en los últimos días de la historia, y del efecto que sobre los judíos habían hecho perversas figuras históricas, como Nerón y Calígula. Pero, a pesar de las contradicciones que podamos percibir, en el Apocalipsis o en otros libros del Nuevo Testamento, este cuerpo de escritos fija de un modo decisivo la imagen que del Diablo tiene el mundo occidental. Sus rasgos pueden resumirse muy sintéticamente así: 1. Es la personificación del mal; es el jefe de cualquier tipo de mal espíritu, ángel caído o demonio. 2. Es el causante último de ciertas enfermedades y daños físicos que sufren los hombres. 3. Él es el que prueba, tienta e incita al pecado. 4. Él acusa ante Dios a los hombres, y finalmente los castiga en el infierno.


¿Cómo se imagina el pueblo cristiano la figura visible del Diablo en las ocasiones en las que se presenta ante los mortales? ¿Ha influido en ella el Nuevo Testamento? En realidad en este conjunto de escritos no aparece ninguna descripción estricta del Diablo, sino ciertos rasgos de su posible imagen. A veces, el Príncipe del Mal es asociado con animales salvajes, el león y la serpiente por ejemplo (1a Epístola de Pedro 5,8 y Apocalipsis 12); pero esta asociación no es insistente. En el Nuevo Testamento los demonios tienen relación también con las langostas, escorpiones, leopardos, leones y osos. Pero en realidad toda esta iconografía ha influido poco en la imagen del Demonio en el pueblo cristiano. Pero sí otros rasgos: aunque el Diablo no aparece nunca pintado con diez cuernos y siete cabezas, tal como tiene la Bestia en Apocalipsis 13,1, sí con dos cuernos y rabo como el Dragón del Apocalipsis 13,11. El olor a azufre, característico en las apariciones del Diablo, puede deberse, sin duda, a una reminiscencia al "lago de fuego que arde con azufre (Apocalipsis 19,20), el lugar donde es arrojado el Diablo durante el reino mesiánico de los mil años (entre el primer combate escatológico y la derrota definitiva del Diablo en el segundo y definitivo combate entre el Cordero y Satán). Las alas, asociados con el Diablo en la tradición posterior, no aparecen en el Nuevo Testamento. Tampoco estrictamente su color negro y la oscuridad y la ti-niebla que rodea a Satanás. Pero como el conflicto entre la luz y las tinieblas ocupa un puesto tan central en la teología del Nuevo Testamento, era muy fácil asociar a Satanás con la oscuridad y denominarlo el "Señor de las tinieblas". Otras capacidades, como la de metamorfosearse en lo que desee (incluida la imagen de una bellísima doncella) aparece implícitamente en el Nuevo Testamento -"el diablo se metamorfosea en un ángel de luz: 2a Corintios 11,14- y continúa entre los cristianos posteriores, como lo testifican dos obras de la antigüedad tardía: Los dichos de los Padres (anónimo) y el Prado espiritual, de Juan Mosco. Aquí aparece el diablo metamorfoseán-dose en todo lo que quiere (bella joven, un sarraceno, monje, diversos animales, etc.) con tal de lograr sus propósitos de seducción.


En conclusión: al examinar la figura del Diablo y sus orígenes hemos podido ver cómo las nociones sobre los espíritus malignos las reciben los hebreos a partir de muy diversas religiosidades: cananea, babilónica, persa y griega, a las que añaden sus propias ideas. Hemos tenido ocasión de examinar también cómo las concepciones sobre los demonios y diablos son bastante complejas en un principio: hay diversas clases de espíritus malignos y diversos jefes que no tienen que ver entre sí; Satán y los satanes originariamente no eran demonios, y su función era neutra, más bien al servicio de los planes de castigo de la divinidad. Pero en nuestro recorrido histórico hasta el Nuevo Testamento hemos podido comprobar cómo estas concepciones sobre los malignos se van fundiendo entre sí y simplificando hasta llegar a los orígenes inmediatos de las creencias cristianas de hoy en la figura del Diablo en el judaismo de los siglos inmediatamente anteriores al comienzo de nuestra era. Aun conservando ciertos rasgos antiguos hemos visto que para los escritos fundacionales del movimiento cristiano, el Nuevo Testamento, ya hay un solo Satán, Diablo o Demonio, y un único ejército de espíritus malvados. Satán concentra en sí toda la oposición a Dios, por lo que aparece implícitamente como el Principio del Mal. Todo el que no sigue a Dios se halla bajo su dominio. Aunque el judaismo y los cristianos no siguen totalmente el esquema dualista propio de la religión irania, el Diablo acaba pareciéndose muchísimo a Ahrimán, el Espíritu iranio del Mal. La religión del Nuevo Testamento concede a Satán un enorme poder porque así descarga a Dios de las quejas de los mortales por la existencia del mal. Con un dualismo mitigado, manteniendo siempre, ciertamente, el dominio todopoderoso de la divinidad suprema, el cristianismo atribuye a ese poder secundario, pero fortísimo, Satanás, el viejo Diablo, la enfermedad, la muerte, las catástrofes naturales, las malas inclinaciones y tentaciones. El Diablo no es una figura decorativa para el Nuevo Testamento y los cristianos. Su existencia no es simbólica, sino totalmente real, y sin ella no tendría sentido gran parte de la teología. El problema real consiste en que a pesar de atribuir al Diablo tan inmensos poderes, lo hace una criatura dependiente de Dios en último término. El mal procede, pues, de Dios mismo. El problema es irresoluble.


A pesar de haber contribuido enormemente a la fijación de la figura del Diablo en Occidente, el Nuevo Testamento no hace apenas ninguna aportación a las nociones que lo configuran. Al estudiar los escritos judíos apocalípticos procedentes de los siglos inmediatamente anteriores a la era cristiana encontramos ya todos sus rasgos. Un examen detenido de la Vida de Adán y Eva (que hemos mencionado repetidas veces) comparándola con el conjunto de escritos cristianos primitivos arroja muy pocas, o casi ninguna diferencia. Lo que sí es mérito del Nuevo Testamento es haber transmitido esa imagen casi inmutable a generaciones posteriores hasta hoy. En el mundo cristiano desde hace veinte siglos las creencias sobre el demonio han cambiado muy poco.

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