viernes, 27 de marzo de 2009

Jesuitas, guerreros de Dios

Odiados y admirados, emulados y expulsados... la Compañía de Jesús se ha convertido desde su fundación en la Orden más controvertida de la Iglesia católica. Entre otros motivos, porque algunos de sus miembros participaron en revoluciones, defendieron a ultranza la fe cristiana o se convirtieron en sicarios de Papas.

Jesuitas
Los guerreros de Dios


En 1491 llegó al mundo en la pequeña aldea guipuzcoana de Azpeitia, Ignacio de Oñaz y Loyola. Perteneciente a una familia de la nobleza vasca, el joven Ignacio escogió la carrera militar como profesión. Y a buen seguro habn'a destacado en ella sino fuera por una tremenda herida recibida durante una de las guerras que en aquel tiempo libraban las tropas españolas por toda Europa. Ignacio profesaba con devoción simple la religión cristiana, pero durante su convalecencia sufrió una fuerte transmutación en su carácter que le hizo peregrinar, primero a Tierra Santa y, a su regreso, abrazar la cruz como nuevo modo de vida.
Se instruyó en la Universidad de París donde conoció a quien sena su mano derecha, el futuro San Francisco Javier, y donde redactó las ordenanzas que regirían el día a día de los futuros miembros de la Compañía de Jesús, Orden que vena la luz el 15 de agosto de 1534 cuando sus fundadores hicieron voto solemne de servicio a Nuestra Señora en la Iglesia de Santa María de Montmartre.
Durante esa ceremonia sucedió un hecho que marcaría de modo crucial el carácter de los jesuítas. En el momento de constituirse, todas las órdenes religiosas deben pronunciar bajo juramento los tres votos típicos de pobreza, obediencia y castidad; pero Ignacio de Loyola añadió un cuarto: obediencia al Papa. El nuevo voto significaba que los jesuítas deberían responder a las órdenes de los sucesivos pontífices sin preguntas ni reparos. Eran años en los que se creía ciegamente en la infalibilidad papal y donde la fe cristiana recibía ataques de sectores como los protestantes.
Para el Vaticano suponía un regalo, ya que los primeros seguidores de Ignacio no eran simples monjes. Muchos procedían del ejército e incluso a su jefe máximo se le conocía como "el General de la Orden", cargo que continúa en la figura del holandés Hans Peter Kolvenbach. La estructura se diseñó conforme a los conocimientos guerreros de los fundadores y en muchos aspectos responde a un modelo militar. De hecho -y en su origen- en la ceremonia de ordenación de nuevos mandos éstos debían pronunciar un juramento que incluía frases como: "Prometo y declaro que, cuando se presente la oportunidad, haré la guerra sin descanso ni cuartel, secreta o abiertamente, contra todos los herejes, protestantes y liberales, tal y como me ha sido ordenado hacer, hasta exterminarlos y extirparlos de la faz de la Tierra; y que no los respetaré por su edad, sexo o condición".
Con semejante juramento, y el cuarto voto mencionado, no es de extrañar que algunos Papas eligieran a miembros de la Compañía como auténticos sicarios. Así ocurrió en el siglo XVII. A la muerte del rey francés Luis XIII le sucedió su hijo Luis XIV, pero debido a su corta edad fue su madre, Ana de Austria, la que gobernó como regente. Ella eligió al cardenal Mazarino de sucesor de Richelieu en momentos difíciles para Francia ya que el Vaticano conspiraba en su contra. Mazarino introdujo espías en el entorno del papa Inocencio X para que le informaran de sus decisiones.
La jefa del espionaje vaticano era la pro pia cuñada del Papa, Olimpia Maidalchlnl, quien alertada por la presencia de los espías franceses decidió crear la "Orden ne gra". Bajo ese nombre se escondía una unidad de asesinos cuyo único cometido consistía en acabar con todos los agentes que espiaran para Francia dentro del Vaticano. La unidad la formaron once miembros, escogidos principalmente entre los jesuítas debido a su voto de obediencia papal y a su destreza en las armas y en el asesinato silencioso. A cada uno se le entregó un sello pontificio grabado en plata en el que se veía una mujer vestida con toga, con una cruz en una mano y una espada en la otra. Se sabe que la "Orden negra" actuó con tanta destreza que sucesivos Papas hicieron empleo de sus miembros para acabar con el espionaje enemigo.



Caída en desgracia
No fue aquella la única oportunidad que tuvo la Compañía de Jesús para demostrar sus conocimientos militares. A la muerte de Ignacio de Loyola, el 31 de julio de 1556, los jesuítas se quedaron sin un líder que les guiara de forma clara. Fueron años erráticos hasta que se eligió al italiano Claudio Acquaviva como nuevo General de la Compañía.
Acquaviva mantenía unas relaciones excelentes con el entonces papa, Gregorio XIII, y juntos decidieron reconquistar a la hereje Inglaterra para devolverla a la senda del catolicismo. La misión recayó sobre los jesuítas, que diseñaron un plan militar audaz. Su idea consistía en mandar una tropa bien armada al Munster -actual Ulster- desde donde se sublevaría a la población local contra las fuerzas inglesas.


El plan fue aprobado y el 2 7 de junio de 1579 varios navios zarparon desde el puerto de El Ferrol rumbo a Irlanda. La expedición partió con bandera pontificia y siempre gobernada en última instancia por Acquaviva y sus compañeros jesuítas. En un primer momento la revuelta triunfó consiguiendo que toda Irlanda se levantara en armas contra los invasores ingleses; pero la tardanza en el envío de refuerzos y la llegada de tropas mandadas por la reina Isabel I dieron al traste con la insurrección, que fue sofocada plenamente en noviembre del mismo año.
Aunque en aquel instante la credibilidad de los jesuítas no mermó en ningún sentido, siglos más tarde la situación iría tornándose en recelo. Con el paso del tiempo, la Orden creció hasta alcanzar los 50.000 miembros en todo el mundo. La seriedad que demostraban en su labor apostólica y docente les hizo merecedores de una gran credibilidad en todas las capas sociales. Y a medida que crecía su reconocimiento, también lo hacían sus bienes. Uegó un momento en el que los reyes europeos sintieron tanto temor del poder alcanzado por la Compañía que decretaron la expulsión de sus miembros y la confiscación absoluta de todas sus propiedades. Primero fueron expulsados de Portugal en 1759, luego lo serían de Francia en 1762 y más tarde de España en 1767 bajo el mandato de Carlos III. La situación llegaría a tal extremo que Clemente XIII firmó la disolución de la Compañía en 1773.
No sería hasta 1815 que resurgiría casi intacta y con la fuerza de antaño, participando en la revolución norteamericana.

Sobre estas líneas, castillo de Wartburgo, donde Lutero estuvo confinado diez meses en su lucha contra los contrareformistas jesuítas.


Entre revoluciones
A finales del siglo XVIII el cargo de General lo ostentaba el italiano Lorenzo Ricci. Hombre astuto, sobre él pesa la sospecha de haber instigado la proscripción de la Compañía e incluso de simular su propia muerte. Pero fue en la revolución Norteamericana cuando su nombre resaltó especialmente porque, según diversos documentos, Ricci se reunió con nombres tan importantes como Benjamín Franklin en los días anteriores a la revuelta. Es difícil certificarlo con exactitud, ya que en los papeles y diarios se le menciona como "el profesor", pero las descripciones del personaje aportadas por los testigos coinciden con Lorenzo Ricci, incluyendo el que mencionaran que fue una persona "con don de idiomas y de amplia cultura".
No es descabellado pensar en la participación de los jesuítas en el nacimiento de los Estados Unidos porque sus miembros poseían grandes intereses comerciales en la zona. Desde esc instante, la Compañía tendn'a en los EEUU un nuevo campo de acción y no dejan'a de partid par en el desarrollo de la futura potencia mundial. El propio Lincoln lo intuiría durante la Guerra Civil. "Cada día siento de una manera más clara que no estoy luchando solamente contra los americanos del sur. Creo que detrás de ellos se encuentra el Papa de Roma, sus jesuítas y sus esclavos", comentó a sus más allegados.

Ignacio de Loyola.

Los seguidores de Ignacio de Loyola siempre han gozado de una imagen de gente díscola e inconforme con la autoridad papal, por mucho que pronunciaran el cuarto voto de obediencia a su figura. No hay más que mirar a la procedencia de los principales predicadores de la Teoría de la liberación para percibir que tal movimiento se sustenta básicamente de jesuítas. Nombres como José María Castillo, antiguo profesor de Teología en la Universidad de Granada; Manuel Fraijó, ex profesor de la Universidad de Comillas; José María Diez, autor de varios libros censurados; Jon Sobrino, compañero del asesinado y también jesuíta Ignacio Ellacuría, dan fe de ello. Todos han sido amonestados desde el Vaticano, y en ocasiones bajo pena de excomunión, por sus declaraciones en favor de un cambio radical en el seno de la Iglesia. 
Sus voces críticas han reavivado la desconfianza que los últimos Papas fueron mostrando hacia la Compañía a la que ven como un poder paralelo, una fuerza indómita dentro del seno de la Iglesia.


Jesuítas versus Opus Dei
Actualmente los medios de comunicación hablan de que ambos movimientos se hallan soterrados en una lucha dentro de la curia vaticana. Los miembros del Opus por acrecentar su poder y los de la Compañía por no perderlo tras observar cómo Juan Pablo II y Benedicto XVI han favorecido la presencia de los de Balaguer en sus círculos privados.
Para el periodista Yvon Le Vaillant. de Le Nouvel Obser-vateur. la causa de las disputas reside en el instante en el que el Opus comenzó a cortejar a la burguesía para convertirse en sus educadores y directores espirituales. Hasta entonces los burgueses eran "terreno" de la Compañía. Ese movimiento de acercamiento desencadenó la competencia por hacerse con el mercado de las élites y ni siquiera los encuentros entre los "jefes" ya desaparecidos. Balaguer y Arrupe, hizo mejorar la situación. El periodista Jesús Ynfante asegura que Escrivá sentía que los jesuítas cortaban su expansión por lo que se refería a ellos como "los de siempre", a pesar de que incluso la fachada del Edificio Central de la Universidad de Navarra sea un calco de la Iglesia de los jesuítas en Roma. En otras ocasiones, siempre según la investigación de Ynfante. Escrivá perdía los nervios y aseguraba que prefería "mil veces que una hija mía muera si recibir los Santos Sacramentos, antes que le sean administrados por un jesuíta". También causó suspicacias el que el arzobispo de San Salvador y miembro del Opus. Fernando Sáenz. aceptara ser capellán del ejército que asesinó a Ignacio Ellacuría y a otros cinco jesuítas de la Universidad Centroamericana en 1989.
De ser así. esta disputa sería un capítulo más en la historia de la Compañía, que ha demostrado saber adaptarse a las circunstancias y sobrevivir donde otras órdenes religiosas han fracasado.



Relaciones con la masonería
A pesar de tratarse de una orden religiosa, a la Compañía se la ha relacionado en diversas ocasiones con importantes grupos masónicos. No es una posibilidad desdeñable ya que los jesuítas, al igual que los masones, siempre han sentido predilección por formar a las clases elitistas.
Uno de los mejores ejemplos puede encontrarse en la Universidad de Georgetown donde se han formado personajes tan importantes como el ex presidente norteamericano Bill Clinton. Fundada en 1789 por el obispo John Carroll. hoy continúa siendo regentada por los jesuítas.
Si se observa el escudo del centro de verá a un águila sosteniendo en una pata una cruz y en la otra un compás. Como se sabe, la cruz es el símbolo de los cristianos y el compás de los masones, mientras que el águila es el animal fetiche de Norteamérica. Que sostenga ambos elementos indicaría que los masones y los jesuítas conformaron el país de forma conjunta, lo que se ratifica con la inscripción Utraque unum al pie del escudo -"lo uno y lo otro'-.



Guardias sin espada
El nacimiento de la Compañía de Jesús no fue producto del azar. En el siglo XVI el cristianismo se encontraba sumido en una grave crisis de fe. Tras siglos de obediencia ciega comenzaban a escucharse las primeras voces discrepantes hacia el papel del Papa y los obispos.
El adalid de aquella revolución fue Martín Lutero. experto teólogo quien acusó a la casta sacerdotal de corrupta y de apartarse de la verdadera liturgia. Lutero creía que la Iglesia necesitaba una remodelación en su diseño y en su manera de aplicar las escrituras; abogaba por una interpretación más libre de la Biblia, sin la obligación de acudir al clero para que los pasajes fueran explicados. Sus ideas calaron y dieron origen al movimiento de La Reforma.
Fue entonces cuando Ignacio de Loyola decidió fundar su Orden dándole al Papa un hábil instrumento para combatir a los reformistas que amenazaban Europa. Los jesuítas aceptaron la misión y se enfrascaron en la llamada Contrareforma, una lucha sin cuartel para evitar la herejía luterana que acabó con la victoria de los fieles a la voluntad papal, excepto en los países centroeuropeos.
Desde ese instante la Compañía de Jesús fue vista por Roma como un poderoso ejército a su servicio, cuyos miembros lucharían sin desaliento por la defensa de la fe católica.

El laberinto cósmico de Chartres

Muchos templos de la antigüedad fueron orientados con gran precisión en función de determinadas posiciones estelares, lunares o solares con objeto de transmitir un mensaje que perdurara a través de los siglos. Esa clase de "textos" llegaron incluso a inscribirse en las catedrales góticas. Se los conoce como "milagros de la luz" y su ejecución es sólo uno de los muchos enigmas que Javier Sierra recoge en su nuevo libro, La ruta prohibida. En la misteriosa Chartres (Francia) se encuentra su mejor ejemplo.

El Laberinto
Cósmico de Chartres

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Hoy es el "milagro de la lux" más célebre de Occidente y, sin embargo, no saltó a la fama hasta 1965. Ese año un prometedor escritor francés llamado Louis Charpentier recaló por Casualidad en el pueblo de Chartres, a orillas del río Eure, el 21 de junio. Era lunes y Charpentier, ingenuo, pensó que sería una jornada tranquila para merodear por su impresionante catedral, ubicada a un sólo 90 kilómetros de París. Lo cierto es que nuestro autor tuvo mucha suerte. Justo cuando entró en el templo, cerca del mediodía, un grupo de vecinos se arremolinaba expectante en un rincón de la nave sur de la catedral a la espera de un prodigio. "Quédese -le dijeron-. Aquí va a ocurrir algo." ¡Y vaya si ocurrió! A las doce en punto un rayo de sol atravesó un pequeño orificio circular practicado en el vitral de San Apolinar e iluminó la única piedra del enlosado que parecía fuera de lugar. Era una loseta rectangular, pulida, que parecía más nueva que las demás. El haz de luz marcaba así, con solemnidad, la efeméride astronómica del día: el inicio del verano. Aquello le impresionó de veras. ¿Qué genio del pasado fue capaz de pergeñar semejante sincronización entre piedra, vidriera y luz solar?, se preguntó Charpentier. ¿Qué conocimientos futuristas atesoró ese artesano del que nadie recuerda su nombre?
Hoy, cuatro décadas más tarde, el prodigio sigue repitiéndose puntual con cada nuevo solsticio. De hecho, ya es toda una atracción
turística. Y nadie cuestiona que buena culpa de ello la tuvo el relato que poco después publicaría aquel afortunado escritor: fue él quien se prometió recoger en un solo libro los numerosos misterios de esta catedral y quien descubrió que el templo no sólo se había diseñado como un reducto para el espíritu; también fue un reloj de alta precisión.

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EL ERROR DE CHARPENTIER
Durante décadas El misterio de la catedral de Chartres se convirtió en la obra de referencia para acercarse a ese y otros enigmas del templo. Se tradujo a varios idiomas -entre ellos, español, inglés, alemán e italiano- y pronto apareció mencionada en revistas y monografías especializadas. Su capítulo inicial, dedicado al encontronazo de su autor con el "milagro de la luz", enganchó a miles de lectores. Pero su autor se equivocó. En efecto: la prueba de que tras la construcción de Chartres se escondían mentes prodigiosas no fue nunca aquel fenómeno solar. Se tardaría un tiempo en descubrir que ese portento de la orientación no fue en absoluto obra de los arquitectos originales del siglo XIII, sino de un avispado clérigo del XVIII, cuando la astronomía ya era una ciencia muy desarrollada, existían brújulas y telescopios y los cálculos de las posiciones estelares y solares estaban a la orden del día. El rayo del vitral de San Apolinar nunca fue, pues, la "manecilla" de un gran y misterioso reloj medieval de piedra.
Hoy sabemos que fue en 1701 cuando el canónigo de la catedral, Claude Estienne, mandó perforar aquella vidriera a una altura bien calculada para instalar un llamativo "meridiano" astronómico. Durante un tiempo aquel hallazgo me decepcionó. Dejé de lado todo lo relacionado con las catedrales y sus "secretos". Arrinconé mis lecturas y me dejé llevar por la rabia contenida de quien se siente víctima de un espejismo. Y no fui el único. Tras la popularización del "milagro de la luz" en la década de 1960, el padre Yves Delaporte, irritado por las oleadas de peregrinos que acudían cada 21 de junio a "su" templo, llegó a decir del prodigio que no era más interesante que "ver llegar el tren de París-Le Mans a la estación de Chartres a la hora prevista en los horarios". Delaporte arremetió contra Charpentier defendiendo la idea de que en esa catedral no había otro misterio que el de la fe. Estuve a punto de creerle. Pero, por suerte, una nueva visita al lugar me sacó de ese error.

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El MILAGRO DEL LABERINTO
He estado muchas veces en Chartres a la caza de sus misterios. Incluso tras descubrir el fiasco del "milagro de la luz" he sentido en varias ocasiones la necesidad de regresar. Y es que durante su investigación sobre el templo Charpentier no sólo se fijó en ese fenómeno luminoso a fecha fija, sino que descubrió que, junto con las principales catedrales góticas de la Champaña francesa, Chartres forma parte de un diseño geométrico enorme que dibuja sobre el suelo francés el perfil de la constelación de Virgo (MÁS ALLÁ, 133). Aquél era otro hallazgo sorprendente. Colosal. Sólo su confirmación bastaría a cualquiera para aceptar que aquella primera catedral gótica, aquel increíble prodigio arquitectónico, se concibió gracias a conocimientos geodésicos y astronómicos impropios del Medievo.
Pero yo necesitaba algo más, una confirmación de que quienes levantaron esa bella seo gozaron de conocimientos anacrónicos para su época. Por eso regresé. Con semejante idea en la cabeza, un día de primeros de agosto de 2004 me dispuse a rastrear por enésima vez su interior en busca de otras evidencias astronómicas. A las dos de la tarde mi "objetivo" estaba casi desierto. La gran obra del obispo Fulberto, el visionario del año 1000 que diseñó aquellos muros sobre los restos de un santuario pagano, impresionaba de veras. ¿Habría grabado Fulberto alguna estrella, alguna constelación que confirmara la vocación celestial del templo? ¿Descubriría algún otro "milagro de la luz" que hubiera pasado desapercibido al inefable Louis Charpentier?


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UNA SEÑAL PAGANA
Un niño de unos diez u once años iba a resolverme, sin querer, el enigma. Se había distanciado de sus padres y vagabundeaba por el corredor central de la catedral ajeno a mis dudas. El pequeño daba graciosos saltitos de una piedra a otra, como si tratara de evitar poner sus pies sobre alguna cosa. Al fijarme mejor, lo vi: bajo las sillas de madera destinadas a los fieles, a uno y otro lado del pasillo central, se encontraba la "señal" que estaba buscando. Era tan grande y estaba tan expuesta que no me había fijado en ella.
Lo que aquel niño intentaba como podía era recorrer la calle serpenteante de un colosal laberinto circular de 13 m de diámetro grabado sobre el pavimento. Su imagen es más que célebre en todo el mundo: ha adornado portadas de novelas, ha servido de modelo para diseñar joyas y hasta ha sido reproducida en camisetas, relojes o alfombrillas de ratón. De hecho, no existe otro como él. No sólo es el mayor dédalo jamás trazado en una iglesia gótica, sino el ejemplar más conocido de cuantos se grabaron en el suelo de las principales catedrales francesas.
¿Cómo no me había dado cuenta antes?

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Ese laberinto era el único símbolo que estaba fuera de lugar. En su libro, Charpentier apenas le dedica unas páginas. Pero allí estaba. Era un diseño adoptado del mundo pagano, inspirado por la leyenda minoica de Teseo, Aríadna y el Minotauro. En definitiva, una marca precristiana que Fulberto o sus seguidores debieron de introducir en la nave principal por una buena razón. ¿Cuál? -"¡Ah! Mira usted el laberinto..." -la madre del chiquillo se colocó a mi lado y murmuró algo en inglés. Eramos los dos únicos que contemplábamos el suelo en lugar de admirar las espectaculares bóvedas de Chartres-. "¿Sabe? He leído en algún lugar que los antiguos lo llamaban 'la legua de Jerusalén. Es curioso, ¿verdad?" Asentí. En París a nadie se le había ocurrido dirigirse a un desconocido en una iglesia. Allí, en cambio, la ausencia de turistas invitaba a la charla.
-"Le pusieron el nombre aquéllos que en la Edad Media no podían permitirse el lujo de peregrinar a Tierra Santa -le expliqué-. En lugar de emprender un camino de 10.000 horas de marcha, recorrían de rodillas esta 'legua corta' y creían obtener la misma satisfacción espiritual que si hubieran alcanzado Jerusalén."
-"Jerusalén, no" -replicó mi anónima amiga con una gran sonrisa. Era una mujer de rasgos blancos y mirada azul, casi como la famosa Madonna del vitral de Notre Dame de la Belle Verriére, situado a pocos pasos de nosotros-. "Lo que alcanzaban aquí era el cielo mismo, la Jerusalén celestial. ¿O es que no sabe que en la Edad Media el cielo se representaba con un círculo?".
Por un momento tuve la sensación de que aquella mujer me estaba examinando. ¿Había mencionado la "Jerusalén celestial"? ¿La ciudad de la que habla el Apocalipsis y que descenderá sobre la Tierra al final de los tiempos?
-"Ahora, por desgracia, ya casi nadie lo recorre -se lamentó-. Sólo despejan el laberinto de sillas algunos viernes después de Cuaresma... Pero no es suficiente. Viene gente de todo el mundo para recorrerlo y muchos se van sin poder hacerlo." -"Ha mencionado usted el símbolo del cielo, ¿verdad? -quise interrogarla- ¿Quiere decir que este laberinto representa el...?" No pude continuar. Y bien que me sorprendió. La madre había tomado a su hijo del brazo y se alejaba hacia la salida sin despedirse siquiera de mí.
Durante unos instantes me quedé embobado viéndoles marchar mientras decidía si quedarme o no un rato más examinando el laberinto "oculto" bajo las sillas. Miré el reloj. Las tres. Y de repente -como llevado por la misma fuerza que arrastró a Louis Charpentier hasta allí en 1965- recordé algo que había leído sobre el lugar y sus misteriosas ventanas policromadas: que cada día del año, alrededor de esa hora, el Sol pasaba puntual frente a las vidrieras del Pórtico Real inundando su nave principal de vivos colores. En una jornada despejada como aquélla el espectáculo podía ser soberbio. A fin de cuentas, Char-tres es la única catedral del mundo que conserva intactos sus vitrales originales. Son 166 y ocupan una superficie de más de 2.600 nr de imágenes ensambladas en plomo que están tintadas con su peculiar -y alquímico- azul cobalto. Un tesoro único, de un valor incalculable, testimonio de una época perdida para siempre. Lo pensé sólo un segundo. Si Louis Charpentier hubiera estado allí, esperaría sentado la llegada de ese momento. ¿Descubriría algún otro "milagro de la lux."? ¿Qué podía perder si aguardaba unos minutos más junto a la "legua de Jerusalén"?

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MILAGRO A LAS TRES
No iba a aburrirme. Estaba ante el mayor laberinto de su especie -para completarlo, el niño que me lo descubrió habría tenido que caminar unos trescientos pasos- y también frente al más antiguo que se conserva. De cuando en cuando, echaba un vistazo al corazón vacío de su impecable diseño geométrico. Su centro estaba justo en el eje del templo. Tenía la forma de una gran flor de pétalos lobulados. Y yacía olvidada justo en medio del pasillo principal.
En ese momento un familiar cosquilleo en el estómago me puso en guardia.
Al principio me pareció extraño. Afuera el Sol declinaba ya frente a la fachada oeste de la catedral iluminando el Pórtico Real. Pero dentro el grupo de tres ventanas que se encuentran bajo su imponente rosetón proyectaba la imagen de sus vidrieras contra el suelo. Lenta pero inexorable, la escena que coronaba la ventana del centro avanzaba poco a poco hacia el corazón del laberinto. Milímetro a milímetro. En silencio.

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La sensación resultó turbadora. Lo que la lisa piedra del suelo reflejaba era la imagen de un vitral que narraba la vida de Cristo. Más tarde supe que se trataba de uno de los más antiguos del templo, que fue diseñado antes incluso del incendio que en 1194 dio pie a la edificación de la actual catedral y que fue emplazado por los seguidores del obispo Fulberto allí mismo. Esa ventana tiene once metros de altura y alberga veintinueve escenas de la vida de Jesús: desde la Anunciación del arcángel Gabriel a la Virgen a la persecución de Herodes, la huida a Egipto o el bautismo de Jesús en el Jordán. Todas ellas, escenas del Nuevo Testamento. Pero era la representación más grande y alta del vitral, de unos dos metros de alzada -el doble que el resto-, la que más llamaba la atención. Poco a poco, inexorable, avanzaba por el pasillo central de la catedral, encabezando todas las demás. Se trataba de una magnífica imagen de la Virgen enmarcada en una mandorla (o marco almendrado) azul, que sostenía dos cetros amarillos en las manos, con el niño en el regazo y coronada. De hecho, como si el artista que sopló aquel vidrio hubiera querido subrayar su valor astronómico, la imagen de la Señora aparecía flanqueada por un Sol y una Luna. Y todo ello se proyectaba con claridad meridiana sobre los adoquines de piedra de la catedral. ¡Y seguía avanzando! ¿Qué era aquello? ¿Diseñaron los constructores de Chartres ese vitral para que cada jornada, a las tres de la tarde, la Virgen recorriera el pasillo y se aproximara al Paraíso, al cielo representado por el laberinto circular? Fuera de la iglesia, bajo esas mismas ventanas, se tostaba una escena en piedra que tenía mucho que ver con lo que yo empezaba a interpretar. Era como si el programa simbólico que iba desgranando gracias a la interacción del Sol, el vidrio y la piedra encontrara su refrendo en las estatuas del exterior. En efecto: en los umbrales izquierdo y derecho del Pórtico Real de Chartres pueden admirarse la dormición y la Asunción de la Virgen a los cielos. Si el laberinto era, como sospechaba ya, una metáfora del firmamento, ¿no aludiría ese efecto óptico de las tres de la tarde a la Asunción de la Virgen y su viaje al reino celestial?
¿Acaso no fue Chartres el primer gran templo cristiano dedicado a Nuestra Señora? ¿Y no sería ese reflejo sobre el suelo, diario, constante, el fruto del ingenio de algún astrónomo colosal de la Edad Media?
El corazón se me aceleró. Faltaban sólo unos días para el 15 de agosto, fiesta de la Asunción. Entonces se me planteó una duda que me electrizó. La Virgen de la mandorla no alcanzaba por poco el corazón del laberinto, pero ¿lo haría precisamente ese señaladísimo día del año? ¿Sería ése, y no otro, el verdadero "milagro de la luz" de Chartres?


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EL SECRETO DE CHARTRES
Tuvo que pasar un tiempo hasta que pude comprobar si mis sospechas eran acertadas. Me llevé los datos de esas observaciones a casa y, tras calcular que el 15 de agosto el reflejo de la vidriera tampoco alcanzaría el centro del laberinto, me olvidé del asunto. Sólo la confirmación de que los dos cetros en las manos de la Señora significaban que había sido representada como reina del cielo y la tierra consolaron en parte mis desvelos. Esa imagen era, sin lugar a dudas, toda una metáfora cósmica. Pero es que, como Charpentier en 1965, también yo disfruté de mi dosis de suerte.
Aunque tardé en conocerlo, un estudio realizado doce años antes de mi visita por dos expertos en arte había recogido parcialmente este asunto. Y no sólo eso: también había dado con una respuesta muy ingeniosa al "milagro lumínico" que había presenciado. Su trabajo cayó en mis manos de un modo peculiar, en una vieja librería de Londres, en el invierno de 2006.
El estudio en cuestión era obra de John y Odette Ketley-Laporte y había sido publicado en 1992 por un pequeño editor de Chartres. Basándose en sus observaciones del "prodigio de mediodía", descubrieron que el reflejo de la magnífica Señora de la mandorla azul alcanza el centro del laberinto cada 22 de agosto hacia las tres de la tarde. En esa fecha y esa hora la imagen de la Virgen suspendida en su vidriera a 31 m de altura recorre inexorable la distancia idéntica que la separa del laberinto. Es un milagro... geométrico. 22 de agosto.


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Anoté la fecha con cuidado. Si hubiera sido el 15 de agosto, todo habría encajado a la perfección. Pero era el 22. Y, aunque el calendario litúrgico católico conmemora ese día la festividad de Santa María Reina de los Cielos -¡advocación más que oportuna para una Señora con dos cetros!-, esa celebración no fue instaurada hasta después del siglo XV. Por tanto, hacia el año 1220, cuando Chartres fue terminada, el 22 de agosto tan sólo era el día de San Fabricio.
¿Tenía alguna explicación semejante deslasc de una semana en la que yo suponía la alineación perfecta entre la vidriera y el laberinto? Los Ketley-Laporte la encontraron. El error no estaba en la alineación en sí, sino en el calendario. El asunto merece una explicación: más de trescientos años después de terminarse las obras de la catedral de Chartres, el papa Gregorio XIII decidió modificar el sistema de cómputo del tiempo que regía a la cristiandad desde la época de Julio César. Se dio cuenta de la existencia de un serio desfase de no menos de diez días en los cálculos astronómicos del año, lo que causaba serios problemas a la hora de marcar el inicio de la Semana Santa, una fiesta móvil que establece siempre el domingo de Pascua justo después del primer plenilunio tras el equinoccio de primavera de cada año. Así pues, el papa Gregorio decidió "borrar" diez días de la Historia. De la medianoche del jueves 4 de octubre de 1582 -en el calendario juliano- se saltó a la madrugada del 15 de octubre en el nuevo sistema calendárico. Diez días, pues, "perdidos". Casi los mismos que separaban el 15 del 22 de agosto. Casi. Pero, en este caso, hasta ese "casi" tiene su explicación.
En el siglo XIII el desfase del calendario juliano debió de rondar sólo una semana. Así que, restando al 22 de agosto el equivalente a los siete días corregidos por Gregorio Xni que definen nuestro calendario actual, la fecha en la que en 1220 entraba el reflejo de la Virgen de la Vidriera en el laberinto era, exactamente, ¡el día de su Asunción a los cielos! Ahora sí, todo encajaba. El laberinto cumplió, pues, una función de primer orden en aquel lugar, marcando una vez más su estrecha relación con lo celestial, lo divino. Si yo estoy en lo cierto y ese reflejo del vitral de la Virgen ingresando en el centro del laberinto es un símbolo de la llegada de Nuestra Señora al Reino de los Cielos, el dédalo de Chartres es toda una "puerta cósmica". Un prodigioso mecanismo simbólico cuyo significado se olvidó con los siglos, pero que, ajeno a nuestra ignorancia, sigue cumpliendo con la preciosa función para la que fue diseñado en época de templarios, griales y tablas redondas.


* Este artículo ha sido adaptado y resumido del libro La ruta prohibida y otros enigmas de la Historia (Planeta), de Javier Sierra.


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