sábado, 22 de septiembre de 2018

ARICA, ¿Señales para los dioses?

ARICA, ¿Señales para los dioses?

EL DESIERTO DEL NORTE DE CHILE ESTÁ CUBIERTO POR UN INMENSO TAPIZ DE EXTRAÑAS FIGURAS. CUÁNDO Y POR QUÉ FUERON TRAZADOS ESTOS DIBUJOS SIGUE SIENDO UN MISTERIO IMPENETRABLE PARA LOS ARQUEÓLOGOS.


TEXTO Antonio Luis Moyano
Revista Enigmas N° 274, Septiembre 2018.




En la inmensidad del desierto de Atacama, la Ruta A-137 es tan sólo una delgada línea, que cruza la XV región de Chile –que comprende las provincias de Arica y Parinacota–, para terminar desdibujándose en el marchito paisaje de una de las zonas más viejas e inhóspitas del planeta. Cuando la  arteria de asfalto se interrumpe, y ante la imposibilidad de alquilar un helicóptero que permita sobrevolar la estampa del desierto y fotografiar cómodamente sus geoglifos, sólo queda un recurso: sobornar generosamente a un taxista para que se libere de escrúpulos permitiendo que las llantas del vehículo sean inmisericordemente devoradas por las arenas del desierto. Porque sólo penetrando en ese horizonte ondulado de cerros y colinas es posible fotografiar algunas de las caprichosas figuras que, acumulando guijarros, fueron dibujadas en el pasado por culturas primitivas. 



Geoglifos La Tropilla, en Cerro Sombrero.


Panorámica de Cerro Sagrado. Geoglifos del Valle de Lluta.


Ladera posterior de Cerro Sagrado, en Arica.

¿SEÑALES EN EL DESIERTO?

Al norte de Chile, en el departamento de Arica, a escasos kilómetros de  la frontera con Perú, se despliega el Valle de Azapa: un oasis en mitad del desierto donde plantaciones de mango, tomate y papaya cercan una colina que no merecería interés si no fuera por los dibujos que se desparraman por sus laderas. Es el Cerro Sagrado, en el sector conocido como Alto Ramírez, donde se contemplan algunos de los geoglifos mejor conservados: un par de figuras antropomorfas se vinculan a una espiral, que parece adquirir vida propia, en una escena enmarcada por una cenefa de formas curvilíneas irregulares. 
La misma colina no termina de ser lienzo para un grupo de estilizadas siluetas, entre las que se reconocen formas humanas, camélidos y lo que se antoja como un lagarto y una serpiente. En un extremo lateral del mismo cerro, destaca un ser macrocéfalo de largos brazos, que se extienden como si fueran pinzas gigantes, y lo que parecen pequeños  animalillos. Casi colindando se encuentra el Cerro Sombrero, donde puede contemplarse otro de los paneles de geoglifos más característicos: un grupo de camélidos, que se conoce como La Tropilla, cuyo perfil se dirige hacia el litoral. Tal vez por Ello hay quienes han interpretado estos dibujos como una alusión a las rutas comerciales que, desde los valles, desembocaban en la costa.
Algunas de sus piedras configuraron un posible túmulo funerario, tal y como evidencia el hallazgo –durante unos trabajos de restauración en 1980– de pequeños vestigios óseos, concretamente falanges humanas, junto a restos de collares de concha.
En el extremo norte de Chile se frunce el Valle de Lluta, que encauza una salida al mar a través del río que le da nombre. Estampan sus laderas unas intrigantes figuras conocidas como los Gigantes de Lluta: dos seres esquematizados sin cabeza, de unos 30 metros de largo, que se antojan antropomorfos al reconocérseles sus extremidades inferiores.
Junto a ellos se acurruca una especie de cánido, así como otros animales en menor tamaño. La misma ladera se extiende para dar cobijo a más  Siluetas zoomorfas, donde algunos identifican una rana y un águila que desploma sus pedregosas alas sobre el inhóspito manto del desierto.
Un poco más al sur, en la región de Tarapacá, se hallan los Altos de Ariquilda, donde la observación de los geoglifos se convierte en exclusivo privilegio para los dioses, al contemplarse únicamente sobrevolando desde las alturas. Este conjunto de geoglifos, que abarca desde formas de animales hasta figuras geométricas y en espiral, fueron filmados por vez primera en 1989 por el doctor Jiménez del Oso: “Entre los geoglifos abundaban los círculos concéntricos y las cruces, probables representaciones de los cuatro caminos en los cuatro puntos cardinales. A veces, los dibujos eran cualquier cosa, como si el dedo indolente de un gigante se hubiera entretenido en trazar grecas o líneas paralelas distraídamente”. Pero, ¿quiénes, cuándo y por qué fueron trazados en mitad del desierto? 


VESTIGIOS DE
“OTRA HUMANIDAD”…

Es en el año 1904 cuando el explorador alemán Albert Plagemann describe y fotografía, por vez primera, los “pintados” del desierto chileno. Aunque habrá que esperar hasta los años cuarenta para que se publiquen sendos trabajos sobre la geografía y arqueología del departamento de Arica –Carlos Keller (1940) y Junius Bird (1943)–, ilustrados con alguna fotografía de los geoglifos. Posteriormente, serán los antropólogos Carlos Munizaga y Richard P. Schaedel quienes en 1957 elaborarán el primer “catastro” de geoglifos de la región. 
La plasmación de estos dibujos no entraña ninguna proeza inasequible a cualquier pueblo por primitivo que éste sea, sino que responde a dos sencillas técnicas. Una de ellas, denominada extractiva –o raspaje–, consiste en arañar la tierra hasta que el claro de la capa inferior del suelo termine contrastando con el oscuro pedregoso del desierto –así fueron realizados, por ejemplo, los famosos dibujos de Nazca en Perú–. 
La otra, conocida como aditiva sólo exige acumular guijarros que, no sólo silueten, sino que “rellenen” las formas que se quieren representar –técnica empleada en los geoglifos del Valle de Lluta–. En ocasiones, también se emplea una combinación mixta de ambos métodos. 
Obviamente, no hay manera de datar con exactitud cuándo fueron estampadas las colinas del desierto, lo que permite a los más fantasiosos atribuir estos dibujos al vestigio de “otra humanidad”… Pero, pese a lo rudimentario de su trazado, los geoglifos del norte de Chile no parecen trasladarnos a un pasado remoto; ni siquiera tan antiguo como el de las más célebres “líneas de Nazca”. Los arqueólogos datan estas representaciones en un período comprendido entre los siglos XI y XVI de nuestra era. Lo que significa que, pocos años antes de que los primeros españoles desembarcaran en Chile, comandados por Fernando de Magallanes en 1520, probablemente se estuviera trazando el último de estos dibujos. 
Si la arqueología estima este período cronológico no es por puro capricho que contrarreste la imaginación de quienes interpretan estas señales como huellas de seres venidos de las estrellas. Precisamente en este intervalo de tiempo –siglos XI a XVI– se circunscribe gran parte del arte rupestre que se registra en el norte de Chile. Los motivos de figuras zoomorfas, y de grecas integradas por volutas y espirales, tan característicos de los geoglifos, se encuentran también presentes en el arte cerámico y textil. Esta coincidencia de manifestaciones artísticas con lo que se conoce como iconografía mueble –que sí puede ser datada por métodos directos de calibración–, es lo que ha permitido conjeturar cuándo fueron trazados los geoglifos. No obstante, estas estimaciones deben ser consideradas provisionalmente: recientes hallazgos permiten teorizar que la tradición de los geoglifos en Chile se habría iniciado, nada menos, que hacia el 400 antes de Cristo.
Queda averiguar por qué, hace quinientos, mil –o más de dos mil– años, unos hombres y mujeres decidieron realizar unos dibujos que ni siquiera ellos imaginaban que serían fotografiados por satélite… 


Panorámica del geoglifo Gigantes de Lluta, situado en el valle del mismo nombre que se puede apreciar en el resto de fotografías tomadas por el autor del reportaje.


¿UN MENSAJE PARA LOS DIOSES?

Sobre el significado que se ocultatras el tapiz de sugerentes dibujos, que hace menos monótono el paisaje desértico, se han esgrimido todo tipo de especulaciones. Descartando, por tan fantasiosas como desinformadas, aquellas teorías que pretenden conectar estas representaciones con las de Nazca –separadas por una insorteable brecha estilística–, para convertirlas en señales que clamarían el regreso de dioses venidos de las estrellas, sólo la arqueología oficial. Y, por desgracia, sobre los geoglifos de Chile no es mucho lo que se ha escrito, por lo que prácticamente lo poco que se sabe sobre ellas puede resumirse en unas cuantas líneas. 
Quien piense que los geoglifos únicamente responden a manifestaciones artísticas, se equivoca. Tal y como argumenta Luis Briones Morales, uno de los arqueólogos de la Universidad de Tarapacá encargados de su estudio y restauración y que más artículos ha publicado sobre el asunto: “Resulta difícil pensar que con ello sólo satisfacían funciones estéticas, ya que, aunque  muestran acabada perfección, se comprometen en algo más trascendente como sucede en otras técnicas del arte rupestre”. 
Así pues, el espíritu artístico que anida en la realización de los geoglifos perseguía algún tipo de motivación que se nos escapa. 
¿Ritos a favor de la fertilidad? ¿Orientaciones para predecir acontecimientos astronómicos? ¿Ceremoniales de intercambio entre distintos pueblos? No será hasta mediados de los años setenta cuando la arqueología empiece a prestar atención al significado que esconden estos dibujos trazados en el desierto. Es el arqueólogo chileno Lautaro Núñez, de la Universidad del Norte de Antofagasta, quien, en un trabajo publicado en 1976, atribuye a los geoglifos una interpretación que todavía se mantiene hoy día: se trataría de expresiones ceremoniales, dejadas en el tránsito de caravaneros, durante el período agro alfarero tardío que se inicia gradualmente entre los años 1000 y 1200 para concluir hacia el 1536 – fecha en la que culmina la dominación inca sobre los territorios del norte de Chile–. Estos geoglifos permitirían servir de señales indicadoras, guiando en las rutas entre
la costa y el altiplano, para alcanzar los oasis que permitirían establecer refugios caravaneros –en quechua, paskanas– durante las ásperas y extenuantes jornadas atravesando el paisaje inhóspito. Esta hipótesis parece confirmarse en 1984, cuando los investigadores Pablo Cerdá, Sixto Fernández y Jaime Estay, con ayuda de la Fuerza Aérea de Chile, realizan la primera prospección aérea sobre la provincia de Iquique, en la región norteña de Tarapacá. El mapa de geoglifos dispersos en esta área parecía coincidir con las rutas de caravanas, tanto prehispánicas como coloniales, que conectaban las distintas poblaciones del norte de Chile. 
Queda por descubrir cuál es el verdadero significado de los ideogramas y por qué se utilizaron unos determinados dibujos, y no otros. En cuanto a los geoglifos, que decoran altozanos y laderas, es evidente que sus artífices eligieron estos espacios para hacer más visibles las señales en el horizonte a las caravanas que cruzaban el desierto. Como también es cierto que, en la cultura andina, los cerros se identifican como altares naturales, lugares sagrados que facilitan la comunicación ceremonial con los dioses. Aunque esa misma incógnita no queda del todo resuelta en aquellos geoglifos que se extienden sobre la llanura y sólo pueden ser contemplados desde el aire. Quién sabe; tal vez tenga razón el anónimo letrero que alguien ha escrito en un pequeño cartel clavado en la falda de una duna del desierto: “No estamos solos frente al misterio”. 




EL PRIMER DOCUMENTAL
Fue el doctor Fernando Jiménez del Oso el primero en filmar los geoglifos de las regiones de Arica y Tarapacá desde el aire, para un documental de la mítica serie En busca del misterio en 1989. El insólito tapiz de extraños dibujos que cubre el desierto prefirió no desvelar ninguno de sus secretos. Tal y como relataría el propio Jiménez el Oso: “Pese a tener las figuras debajo de mí, como un dios circunstancial, no hallé la respuesta.
Aunque hubiera permanecido horas contemplándolas, creo que tampoco habría obtenido mejores resultados, pero ni siquiera tuve esa opción: la precaria prerrogativa de dios volador me la concedió una máquina, y ésta tenía ya el combustible justo para poder volver a base. De regreso, pensé que aquellos hierofantes que decidieron cómo y dónde trazar las figuras, manejaban otra información más, de la que yo carecía: la que les proporcionaba el diálogo directo con los dioses. Ellos, como todos los sacerdotes americanos de aquel tiempo, abrían su conciencia al mundo de lo visible por medio de los ‘venenos sagrados’ y, ya fuesen alucinatorios o reales, muertos, espíritus custodios y aun los dioses mismos, les daban instrucciones”. 









Distintas panorámicas de los impresionantes Gigantes de Lluta. El origen de su trazado y su verdadera finalidad continúan siendo hoy en día un auténtico enigma arqueológico, aunque a juicio del autor no parece que tengan nada que ver con una civilización venida de las estrellas, como apuntan las hipótesis más heterodoxas.

> PARA SABER MÁS
El libro de Fernando Jiménez del Oso Viracocha: crónica de un viaje probable  –Luciérnaga, 2016–, un recorrido por las más fascinantes culturas antiguas.



viernes, 21 de septiembre de 2018

Los nuevos Frankesteins

Los nuevos Frankesteins
Mitos y realidades sobre la creación de seres humanos

¿ESTAMOS EN CONDICIONES DE CREAR HUMANOS ARTIFICIALMENTE?
LOS AVANCES EN ESTE SENTIDO RESULTAN TAN PROMETEDORES COMO INQUIETANTES. NUNCA ANTES EN LA HISTORIA DE NUESTRA ESPECIE HEMOS ESTADO TAN CERCA DE CUMPLIR EL SUEÑO DEL DOCTOR FRANKENSTEIN, DEL RABINO JUDAH LOEW Y SU LEGENDARIO GOLEM DE PRAGA O DEL HOMÚNCULO DE LOS ALQUIMISTAS. LAS VÍAS ACTUALES PARA LOGRARLO SON VARIADAS, PERO REPLETAS DE POSIBILIDADES DE ÉXITO.


TEXTO Juan José Sánchez-Oro
Revista Enigmas N° 274, Septiembre 2018.

Jugar a ser Dios. Si lo miramos con cierta atención no suena tan descabellado. El hombre a lo largo de su acervo cultural ha abrigado siempre el deseo de concebir seres humanos por derroteros no naturales. Todo ha dependido de la manera en que, dentro de cada etapa de la historia, se haya interpretado el origen de la vida humana. En el Génesis y otras tradiciones antiguas se consideraba que proveníamos del barro. Ese era el ingrediente original, la materia prima en la cual residía uno de las claves de nuestra existencia. El dato no pasó desapercibido, sobre todo después de haber sido revelado por un texto sagrado, y los judíos desarrollaron toda una línea de pensamiento místico y legendario en torno a una criatura llamada Golem que, a semejanza de lo hecho por Yahvé, combinaba el barro primordial de la orilla de un río con el hálito vital que lo transmutaba en ser vivo. Debemos al jasidismo alemán del siglo XII y XIII la primera mención del Golem como fabricación de un hombre artificial gracias al buen hacer  el sabio Rava y su particular lectura del libro cabalístico Séfer Yetzirah, el Libro de la Creación. La Cábala moderna posterior de los siglos XVIII y XIX reunió la magia antropoide y las técnicas místicas de elevación del alma para profundizar en el concepto de Golem y nutrir con él leyendas como la del rabino Judah Loew, de Praga. Relato éste del rabino y su Golem, por otra parte, que carece de fundamento histórico y que, según las más recientes investigaciones, parece haberse introducido en la ciudad muy tardíamente, por influencia de una narración originaria de Varsovia. 
Dentro de los parámetros religiosos judíos, la creación de un Golem no pretendía desafiar el poder de Yahvé, sino que indicaba la culminación del ciclo de adquisición de conocimientos por parte de un iniciado. No en vano, una proeza de tal calibre quedaba en las manos únicas de quienes habían conseguido acceder a la parte más sublime y oculta del saber humano y divino, discernimiento que correspondería en exclusiva a unos pocos elegidos y esforzados rabinos. 
En la misma línea de crear seres humanos artificialmente como señal de elevación intelectual tenemos el homúnculo de los alquimistas. Aquí, el origen de la vida se entendía como ligado al semen en combinación con la materia transmutable. Los alquimistas concebían el medio físico al modo de un organismo animado, susceptible de estar contaminado, purificarse, crecer, evolucionar y reproducirse. 
En ese sentido, Alberto Magno, ya en el siglo XIII, definió a los alquimistas como auténticos médicos de la materia. El homúnculo sería uno de los intentos de confirmar ese planteamiento y explorar la fabricación de vida humana. En los manuscritos medievales y modernos abundan las recetas para crear hombrecillos en matraces mezclando pintorescos ingredientes. Yabir, por ejemplo, recomendaba dejar pudrir el esperma humano en un recipiente esférico sumergido en agua tibia. Luego, este envase se hacía girar siguiendo la trayectoria de los cuerpos celestes para preñar de armonía el experimento y conectar el macrocosmos con el microcosmos.
Paracelso, a su vez, añadió a esta fórmula de la putrefacción del semen, su calentamiento mediante estiércol de caballo durante cuarenta días, tras lo cual surgirá un cuerpo transparente de aspecto humano que comenzará a moverse. 
Cuatro semanas más de reposo y su alimentación con una tintura elaborada mediante sangre humana, conseguirán obtener un auténtico niño vivo con todas sus extremidades, aunque de un inferior tamaño al nacido de una mujer. El homúnculo podrá ser entonces educado como cualquier otro infante para convertirlo en un ser plenamente inteligente. 
El descubrimiento y manipulación tecnológica de la electricidad, de nuevo, hizo creer que la raíz de la vida humana giraba en torno a ella. Los experimentos galvánicos que a través de descargas eléctricas hacían contraer y estirar las patas de ranas en un laboratorio, difundieron la hipótesis de que el fluido vital que animaba nuestra existencia tenía una base eléctrica. De esa idea bebió Mary Shelley para elaborar su célebre Frankenstein. Una criatura cuyo soplo de vida resucitador provenía de recibir un potente relámpago.

Fachada de la antigua sinagoga de Praga, donde la tradición dice que en su ático vivió el mítico Golem, cuya reproducción puede verse hoy día –en la imagen de la derecha–. Debajo, retrato de Mary Wollstonecraft Shelley, creadora de la novela Frankenstein (1818). 



CÉLULAS MADRE: HACIA EL PUZLE HUMANO

Hasta la invención del microscopio durante el siglo XVII no se descubrieron las células. El hallazgo causó toda una revolución porque venía a decir que la vida, en realidad, está compuesta de “microvidas”. Nuestra materia viva no constituye una unidad monolítica sino que su existencia depende de la infinidad de minúsculos microorganismos que la pueblan y estructuran. Cada humano resulta así una criatura compuesta por millones de otras diminutas criaturas autónomas pero interdependientes. Somos un universo de seres. Un ecosistema repleto de fauna microscópica gracias a cuya vida nosotros vivimos. 
¿Cómo afectó esta novedosa concepción biológica al anhelo de fabricar humanos? Pues el siguiente gran salto para responder a la pregunta ocurrió hacia 1950, cuando comenzaron a identificarse las denominadas células madre, es decir, esas células que, a partir de su división y reproducción, proveen el resto de las células de nuestro cuerpo. Estos microorganismos son tremendamente versátiles, puesto que atesoran la propiedad de diferenciarse y dar lugar a los distintos tipos de tejido corporal y orgánico que necesitamos. 
Una misma célula madre puede generar piel, tejido cardíaco, nervioso, muscular… en función del entorno donde se la haga crecer. Semejante potencialidad ha colmado de optimismo a toda una línea de investigación enfocada al cultivo en laboratorio de órganos humanos, los cuales, una vez completado su desarrollo, podrían ser trasplantados sin necesidad de acudir a donantes.
Por esta vía y lentamente, se está transitando hacia la producción de piel, riñones, tejido muscular, corazones, etcétera, en combinación con la bioingeniería de impresoras 3D. Unos dispositivos que, igualmente, pretenden fabricar tejidos y órganos utilizando las células específicas a modo de biotinta. Con ambos procedimientos de células madre y bioimpresión 3D, la ciencia trabaja para crear en el laboratorio todas las partes del cuerpo humano por separado. 
En el más ideal y todavía utópico de los casos, esos órganos cultivados o bioimpresos podrían ensamblarse uno junto al otro hasta completar un individuo. Un ser humano nuevo, nacido a partir de un auténtico puzle biológico.  
Continuando esta línea de trabajos, en 2015 fue anunciado por la Universidad Estatal de Ohio el resultado de uno de los experimentos más ambiciosos. Gracias al empleo de células madre de piel humana adulta, el equipo de científicos generó en laboratorio un organoide cerebral completo equivalente al de un feto humano con cinco semanas de edad. 



Las células madre pluripotentes produjeron tejido neural hasta el punto de que, al cabo de 15 semanas, los investigadores obtuvieron un cerebro fetal con el 99% de sus genes, las principales regiones del cerebro, señalización de circuitos, médula espinal y los diferentes tipos de células encefálicas habituales. Sin embargo, carecía de sistema vascular. Con todo, fue considerado un verdadero éxito. 
Todavía es pronto para aplicarlo a este experimento de la Universidad de Ohio, pero en la medida en que este cultivo de cerebros se consolide y alcance la perfección podrán surgir dilemas éticos difíciles de resolver. Sin ir más lejos, varios problemas salieron a la luz en mayo de 2018 cuando un grupo de científicos de la Universidad de Yale comunicó que había logrado mantener vivos y aislados durante 36 horas entre 100 y 200 cerebros decapitados de cerdo, manteniendo su circulación sanguínea mediante un sistema de sangre artificial, calentadores y bombas. La preocupación radicó entonces en plantearse si tales órganos manifestarían algún nivel de consciencia y cómo debería actuar la comunidad científica ante dicha posibilidad. De hecho, 16 prestigiosos neurocientíficos redactaron un manifiesto en la revista Nature pidiendo orientación y regulación para tal tipo de experimentos: “A medida que los sustitutos del cerebro se vuelven más grandes y sofisticados, la posibilidad de que tengan capacidades similares a sensibilidad humana podría volverse menos remota. Tales capacidades podrían incluir –hasta cierto punto– la capacidad de sentir placer, dolor o angustia; almacenar y recuperar recuerdos; o tal vez incluso tener alguna percepción de actividad o conocimiento de uno mismo”. En consecuencia y aplicado al cultivo de cerebros mediante células madre, podría llegar el caso en el que, dentro de un recipiente de cristal del laboratorio, hubiera un órgano pensante, humano y vivo, disfrutando de algún grado de consciencia, mientras espera ser trasplantado a una cabeza o sencillamente se ensayan en él medicamentos contra diferentes enfermedades y trastornos. Según finalizaba el escrito de Nature, “para garantizar el éxito y la aceptación social de esta investigación a largo plazo, se debe forjar un marco ético ahora que todavía los sustitutos del cerebro permanecen en las primeras etapas de desarrollo”.


¿Cómo serán los Frankenstein del futuro? ¿Estamos más cerca de la clonación de un ser humano o de crear una inteligencia artificial que pueda sustituir nuestra conciencia? Es difícil vaticinar qué sucederá,  ero los nuevos  experimentos en este sentido son sin duda reveladores e inquietantes.  

SERES HUMANOS CLONADOS E HÍBRIDOS

Cada uno de nosotros somos un conjunto incontable de células a las que debemos nuestra existencia. Pero no es menos cierto también que toda esa compleja realidad proviene de un solo microorganismo: un cigoto originado de la unión de un óvulo y un espermatozoide que, al cabo de cierto tiempo, producirá el embrión de un ser vivo. Por lo tanto, si dominamos la técnica para manipular esa única célula primordial, dispondremos de una nueva senda para fabricar humanos en el laboratorio. Y los avances en este campo son tan notables que ya no estamos hablando de ciencia-ficción, sino de cómo encajar sus resultados en nuestra sociedad. 
El 5 de julio de 1996 los hogares de medio mundo pudieron contemplar la sorprendente realidad de que el Instituto Roslin de Edimburgo ya podía clonar artificialmente a animales tan complejos como una oveja. Dolly fue el primer éxito de una larga cadena de ensayos de clonación iniciada en los años setenta con otros mamíferos como ratones. Pero esta oveja escocesa marcó una nueva etapa. 



El principio biológico de la clonación resulta, sobre el papel, bastante sencillo de explicar. La técnica más empleada parte de vaciar un cigoto, quitándole su núcleo original, y colocando allí, en su lugar, el núcleo de un embrión externo que esté en sus primeras etapas de desarrollo o el núcleo proveniente de otra célula de un adulto. A partir de ese implante, el cigoto utiliza el ADN recién llegado como si fuera propio, puesto que el suyo original ha desaparecido, y continuará desarrollándose con normalidad aplicando la información del genoma que en aquél reside. Introducido el cigoto en un útero, la gestación seguirá su curso y al final del proceso obtendremos un nuevo ser idéntico genéticamente a aquél de quien recibió su ADN. Si ese donante fue un adulto, tendremos dos gemelos de muy diferente edad, pero gemelos al fin y al cabo: uno recién nacido y otro maduro con varios años o décadas de existencia. Después de todo, los científicos no están haciendo nada más que intentar reproducir en sus laboratorios lo que la naturaleza lleva haciendo millones de años con los niños gemelos, unos hermanos gestados a la vez con el mismo código genético. La oveja Dolly falleció prematuramente y nació con artrosis, lo que hizo pensar que la técnica de clonación no estaba tan avanzada como muchos creían. Sin embargo, posteriores clonaciones con otras ovejas y vacas depararon buenos resultados. El avance más reciente acaeció en enero de 2018, cuando por primera vez se clonaron primates, uno de nuestros parientes evolutivos más cercanos. Investigadores chinos del Instituto de Neurociencias de Shanghái trajeron al mundo a Zhong Zhong y Hua Hua, dos macacos de cola  larga. La intención de este equipo de biólogos no era subir peldaños en la escalera hacia la clonación humana, sino crear cobayas óptimas con las que experimentar en las mejores condiciones. Así, la ciencia anhela dar con el espécimen perfecto para sus ensayos clínicos. Desea evitar tener cargo de conciencia como ocurre cuando utiliza seres humanos, pero al mismo tiempo, necesita cobayas con una biología lo más parecida a la nuestra para garantizar que los resultados obtenidos de las investigaciones nos sean extrapolables.
También, en la experimentación se actúa por comparación de los efectos de un tratamiento ensayado sobre diferentes animales y cuanto más idénticos entre sí sean estos especímenes, mejor se podrán leer los resultados y no achacar las diferencias obtenidas al metabolismo o rasgos fisiológicos  articulares de cada animal.
La creación de monos llevada a cabo por el Instituto de Neurociencias de Shanghái ha puesto de nuevo en la palestra la pregunta de cuán cerca estamos de la clonación humana. Nadie niega que el camino recorrido hacia ese objetivo es amplio y que estamos más cerca de nunca. Sin embargo, todavía queda bastante trecho por transitar. Para hacernos una idea de la distancia pendiente conviene recordar que, para que Zhong Zhong y Hua Hua vieran la luz, fue necesario emplear 109 embriones clonados y unas 60 madres sustitutas. Así que las tasas de éxito todavía resultan excesivamente bajas y los fallos a solucionar en el proceso demasiado numerosos. Además, para la clonación de estos dos primates solamente se pudo recurrir al implante del núcleo procedente de embriones, puesto que la vía de transferir el ADN de la célula de un mono adulto se demostró inviable. 
Estas células de adulto son las más estimadas por los científicos porque constituyen las más fáciles de obtener y ofrecen menos problemas éticos que el uso de embriones.
Otra tentación que está en el tapete de esta fabricación de seres humanos es la hibridación con otros animales.
Los rumores al respecto no han parado de registrarse en los medios de comunicación sin que ninguno de ellos haya podido confirmarse sin sombra de duda. Por ejemplo, en febrero de 2018, el célebre psicólogo evolutivo e investigador de la Universidad de Albany (Nueva York) Gordon Gallup, hizo unas sorprendentes declaraciones para el diario The Sun. Gallup afirmó que, hacia 1920, un centro de investigación de primates en Orange Park, Florida, creó el primer híbrido entre un chimpancé y un humano. Para lograrlo, los investigadores estadounidenses fecundaron una hembra de esa especie de primates con el semen humano de un donante desconocido. La concepción fue un éxito y el embarazo también, hasta el punto de que tuvo lugar un feliz alumbramiento sin contratiempos. Pero de la emoción por la proeza biológica conseguida, inmediatamente se pasó al estupor y, según el testimonio de Gallup, los científicos que propiciaron la hibridación decidieron acabar con la criatura recién nacida por escrúpulos éticos. Ningún punto de estas aseveraciones ha podido contrastarse y algunos especialistas han encontrado ciertas incongruencias en el relato como que los escrúpulos éticos aparecieran tras el alumbramiento y no durante el prolongado tiempo de embarazo. No obstante, la idea no resultaba de todo original. En 1981, el periódico Chicago Tribune publicó que un biólogo chino había conseguido fertilizar a un chimpancé con esperma humano en 1967. Desafortunadamente, el artículo revelaba que no sobrevivió ninguna prueba sólida del experimento porque las autoridades comunistas destruyeron el laboratorio durante la Revolución Cultural China. El simio estuvo preñado durante tres meses y terminó muriendo por negligencia. Timothy McNulty, autor de la crónica, se basaba en informaciones extraídas del diario local de Shanghai Wen Hui Bao a partir de declaraciones de varios científicos chinos. Éstos comentaban que la nueva especie iba a procurar importantes beneficios. Sobre todo, la realización de tareas rutinarias o de riesgo para los humanos  como la explotación de minas, la exploración espacial o de los fondos marinos, así como la guarda de rebaños y la conducción de vehículos. También proponían utilizar los híbridos como fuente de órganos para trasplantarnos después a los humanos enfermos que los necesitaran. 


San Alberto Magno (1193- 1280), fue un multifacético sacerdote de origen bávaro,  obispo y doctor de la Iglesia, quien en el siglo XIII ya definió a los alquimistas como “auténticos médicos de la materia”. A él se atribuye la creación de varios autómatas, varias cabezas parlantes y un autómata de hierro que le ayudaba en diversas labores.  



¿FRANKENSTEIN 2.0?

En esa búsqueda incesante de las fuentes de la vida humana para lograr dominarla y fabricarla en el laboratorio, la irrupción del mundo cibernético a finales del siglo XX y lo que llevamos del XXI deparó un nuevo hallazgo: la información.
En el caso de los seres humanos, existe el consenso generalizado de que somos lo que pensamos. La medicina moderna es capaz de amputar muchas partes de nuestro cuerpo, reemplazar numerosos órganos, cambiar nuestro sexo e incluso dar inquietantes pasos de cirugía extrema hacia el trasplante de cabeza. Por mucho que estas operaciones modifiquen nuestra apariencia corporal, ninguna de ellas consigue variar nuestra identidad de fondo. Seguimos siendo quienes éramos y los demás nos reconocen como tales. 
Ahora bien, si sustituyeran nuestro cerebro por otro, aun conservando igual el resto de nuestro cuerpo, ya no seríamos los mismos. Perderíamos nuestra esencia. Dejaríamos de ser lo que hemos sido. Por lo tanto, nuestro “yo” reside en la información y la particular manera en la cual es procesada por la mente de cada uno de nosotros. A partir de esta consideración, enseguida nació la idea de atrapar toda esa actividad cerebral, nuestra memoria, recuerdos, pensamientos… y transferir ese caudal de datos y procesos a un soporte digital. 
Algunos especialistas hablan metafóricamente de “grabar nuestra mente en un pendrive” como si de un archivo informático más se tratase.
Desgraciadamente, estamos muy lejos de hacer factible algo así. Nos falta la tecnología y el conocimiento preciso acerca de cómo funciona nuestro cerebro. Ni siquiera sabemos con exactitud qué es la conciencia. No obstante, tampoco partimos de cero y los avances de la neurociencia en las últimas décadas han sido espectaculares. También lo que asoma en el horizonte a medio plazo resulta muy prometedor, puesto que están en marcha dos grandes proyectos  científicos internacionales empeñados en desentrañar los secretos de nuestra mente. De una parte, el proyecto BRAIN, financiado multimillonariamente por el gobierno de los EEUU y que en palabras de uno de sus líderes, el español Rafael Yuste, profesor de ciencias biológicas de la Universidad de Columbia, plantea que “la primera fase se abocará a descifrar la estructura cerebral para entender su función y, en términos generales, entender el lugar primario de las funciones mentales, la percepción, la memoria, el control de los movimientos, el lenguaje, entre muchos otros. Con esto se pasará a una segunda fase en la que se estudiará la  actividad neuronal y se podrá visualizar la dinámica de los circuitos, que es donde se ocasionan muchas enfermedades neurológicas y del comportamiento”. Por otro lado, está el europeo Human Brain Project –Proyecto Cerebro Humano, HBP– costeado con más de 1.000 millones de euros y que aspira a recrear mediante supercomputación la actividad completa de un cerebro. 
Mientras los avances derivados de estos dos ambiciosos proyectos llegan, el resto de la comunidad científica no permanece cruzada de brazos. Algunas iniciativas privadas han puesto en marcha lo que podríamos calificar como un auténtico Frankenstein 2.0 en el que se trata de transferir la  psicología de un ser humano real a un soporte robotizado. Obviamente, estamos en una fase preliminar, un simulacro, todavía muy alejado del ideal perfecto, pero nos permite atisbar hoy mismo lo que nos deparará un futuro quizás no tan lejano. Y las sensaciones que estos experimentos provocan en quienes los conocen resultan inquietantes. 
Martin Rothblatt era un exitoso emprendedor dedicado a la ingeniería de satélites. Cuando ya estaba felizmente casado y con cuatro hijos tuvo la necesidad de cambiar de sexo. 
Sentía poseer “alma de mujer” y reunió a toda su familia para comentar la decisión. Inmediatamente recibió el apoyo sin fisuras de su esposa Bina y vástagos, de tal modo que, tras pasar por el quirófano, Martin Rothblatt cambió su nombre masculino por el más femenino Martine. 


Aquel difícil paso, sin embargo, fue la mejor prueba del amor que reinaba en dicho hogar. Martine señaló en una  entrevista que “la personalidad de mi mujer es demasiado maravillosa para que desaparezca”. Guiada por ese pensamiento, Rothblatt fundó en 2004 una escuela filosófica de orientación transhumanista dedicada a mejorar y ampliar la vida humana apoyándose en las tecnologías de vanguardia. 
De esa escuela transhumanista surgió el proyecto Lifenaut, cuyo principal objetivo ha consistido en replicar la psicología de un ser humano vivo para después incorporarla a un humanoide cibernético. Y la primera persona que se prestó al experimento fue la propia Bina. Con la colaboración de la compañía Hanson Robotics, se grabaron más de cien horas de audio y vídeo de la esposa de Martine. Se buscaba registrar aquellas expresiones, reacciones faciales, recuerdos, juicios de valor, risas, etcétera, que conformaban la seña de identidad de Bina.



Todo ese volumen de datos se introdujo en un algoritmo de inteligencia artificial y aprendizaje profundo con el que luego se podría conversar autónomamente. Después, ese  oftware fue añadido a un busto femenino con peluca, piel de goma y motorizado, capaz de reproducir hasta 64 gestos faciales distintos. Dicha cabeza parlante fue concebida lo más parecida posible a la esposa de Martine, reproduciendo el peinado, tono de piel, color de ojos, movimientos del rostro… 
Así nació Bina48 en 2010, una autómata con cámaras en los ojos para poder escrutar el entorno y reconocer los sujetos que se le pongan a la vista. Cuando la Bina original finalmente fallezca, quedará esta versión digital como ejemplo  de inmortalidad figurada con la que se puede conversar.
El busto incluso reproduce la tonalidad de voz de la esposa de Martine. “Es como un niño de 2 años, pero dice cosas  que nos deja asombrados, algo que ha sido quizás mejor expresado por la periodista del New York Times Amy Harmon, ganadora del Premio Pulitzer, que dice que sus respuestas son a menudo frustrantes, pero otras veces tan convincentes como las de cualquier persona real que haya entrevistado”, aseveró Rothblatt en unas jornadas TED el año 2015. Con el paso del tiempo y el aprendizaje continuo, gracias a las sucesivas conversaciones, aseguran que el androide se va asemejando cada vez más a su fuente de inspiración viva. 
El proyecto Lifenaut no se agota en Bina48 sino que está abierto al público en general. Desde la página web de la fundación cualquier interesado puede contestar y cumplimentar  una serie de cuestionarios y test psicológicos. El objetivo es crear lo que han bautizado como un “archivo mental”, es decir, una recopilación de informaciones que reflejen nuestra forma de pensar, gustos, filias, fobias, creencias, recuerdos, etc. para que luego todo ese bagaje sea almacenado en la nube junto con fotos nuestras, vídeos, grabaciones… Un completo material personal que quedará allí almacenado en el ciberespacio como una cápsula del tiempo a la espera de que, dentro de unos años, alguien decida descargarlo e incorporarlo a algún autómata como ha sucedido con Bina48. 



También el mismo equipo de Lifenaut tiene la intención de “devolver a la vida” cibernéticamente a Abraham Lincoln  a partir de la digitalización de sus discursos y abundantes escritos. Estos textos servirán de base para recrear la psicología  del célebre presidente norteamericano y añadirla a un androide interactivo y locuaz. 
De los golem, homúnculos y Frankenstein con alma eléctrica hemos llegado hoy día a la bioingeniería de células  madre, la clonación y los androides con psicología virtual. 
A pesar de la experiencia acumulada, la fabricación de seres humanos plenos en laboratorio todavía se nos resiste. Pero la trayectoria es firme, aunque siga rumbos imprevisibles. 
No cabe duda de que con la llegada de estos humanos de laboratorio terminaremos reflexionando y cuestionándonos acerca de qué es lo que somos en realidad y nuevas preguntas y desafíos hoy día inimaginables nos saldrán al paso. 









A pesar de las declaraciones de  varios científicos, no hay pruebas de que el delicado asunto de la hibridación con animales sea hoy por hoy una realidad. 




El mito de Frankenstein
Este 2018 se cumplen dos siglos de la obra de Mary Shelley y el mito de Frankestein está más vivo que nunca. Un estudio realizado  l pasado año por el antropólogo estadounidense Nathaniel J. Dominy arrojó  curiosos datos: usando un modelo matemático basado en la densidad de la población humana en 1816, llegó a la conclusión de que si la criatura ideada por la escritora londinense hubiese existido realmente, y además hubiese contado con una compañera con la que reproducirse, “los humanos se habrían extinguido en sólo 4.000 años”. Curioso, y terrorífico. El estudio añade que Shelley “anticipó conceptos fundamentales de la ecología y la evolución que llegarían décadas después”, cual visionaria. 
El caso es que Frankenstein acabó por convertirse en un mito también del séptimo arte. El realizador que estará siempre vinculado  al monstruo es el inglés James Whale, un portento del género de terror con múltiples oscuridades en su vida personal y al que daría vida Ian McKellen en Dioses y Monstruos en 1998. Su primera cinta, Frankenstein, de 1931, se convertiría en icono inmortal de la pantalla grande con la interpretación de otro actor vinculado para siempre a la criatura: Boris Karloff. En 1935 el mismo Whale dirigió La novia de Frankenstein, considerada por la crítica incluso superior a la precuela. Desde entonces, las adaptaciones de la novela de Shelley han sido numerosas, algunas logradas y otras mediocres. En 1974, Mel Brooks adaptó en clave de comedia la historia –una obra hoy de culto–, con Gene Wilder y Peter Boyle como protagonistas, en El jovencito Frankenstein. El realizador inglés Kenneth Brannagh realizó una moderna y arriesgada –también criticada– adaptación del mito en 1994: él se reservó  el papel del Dr. Frankenstein y la criatura la interpretó un no muy acertado Robert De Niro. La lista a partir de entonces es extensa.  



Pionera y visionaria en el campo científico
Justin D. Yeakel es coautor del trabajo “Frankenstein and the horrors of the competitive exclusion”, publicado por BioScience en 2017. Según éste, “el genio de Mary Shelley no reside tanto en sus nociones de alquimia, fisiología y resurrección, sino en cómo combinó los detalles científicos de la época para inventar el género de la ciencia ficción”. Ya señalamos que se anticipó a conceptos de la ecología y la evolución; en concreto, al concepto de exclusión competitiva o ley de Gause, enunciada en 1934 y según la cual “dos especies similares que compiten por los mismos recursos no pueden coexistir de forma estable”, según recogía El Heraldo de Aragón. 
Asimismo, hace guiños al trabajo de Erasmus Darwin, Luigi Galvani y el químico Humphry Davy.



> PARA SABER MÁS
Frankenstein Anotado –Akal, 2018–, una versión de la inmortal obra de Mary Shelley repleta de anotaciones sobre los conocimientos y avances científicos en los que se basó para crear la trama. 





martes, 3 de octubre de 2017

Vikingos, magia sacrificio y seres espectrales

A LO LARGO DE CASI TRES SIGLOS SURCARON LOS MARES Y ATERRORIZARON LAS COSTAS DE EUROPA. AGUERRIDOS SOLDADOS, FUERON MUCHO MÁS QUE SIMPLES BÁRBAROS: LLEVARON EL COMERCIO A ORIENTE Y DESEMBARCARON EN TIERRAS DESCONOCIDAS. DEVOTOS DE SUS DIOSES Y GRANDES SUPERSTICIOSOS, LA MAGIA Y LA PROFECÍA FORMABAN PARTE DE SU VIDA COTIDIANA Y SU UNIVERSO ESPIRITUAL ESTABA POBLADO DE SERES ATERRADORES, MALEFICIOS Y ELABORADAS VENGANZAS.

TEXTOS: Óscar Harredón
Revista Española ENIGMAS Nº 258 - Mayo 2017.


Han pasado más de mil años pero sus sanguinarias hazañas siguen despertando la curiosidad y el temor a partes iguales. Pertrechados con toscas pero implacables armas de combate, aquellos que fueron los mejores navegantes de su tiempo asolaron numerosas poblaciones costeras de la vieja Europa a golpe de hacha y espada.

Considerados poco menos que salvajes, los señores del Norte eran, sin embargo, un pueblo con elaboradas creencias, cultura propia y una rudimentaria escritura, las runas, muy vinculada con la magia y la adivinación. Ahora que los vikingos están más de moda que nunca gracias a exitosas películas y series que reivindican su papel en la historia, aunque con elevadas dosis de ficción, el misterio en torno a ellos continúa sin ser completamente desvelado, acumulándose los interrogantes sobre muchos aspectos de su existencia: sus túmulos funerarios, los sacrificios humanos, sus ceremonias iniciáticas o sus numerosas expediciones. En las próximas líneas, intentaremos arrojar algo de luz a su sorprendente peregrinaje en la oscuridad de los tiempos medievales.

El misterio en torno a nuestros protagonistas empieza por su mismo nombre. El origen de la palabra vikingo es ya de por sí discutido. En textos en escritura rúnica se usa la forma “fara í víklng” en el sentido de “ir de expedición”, aunque textos más tardíos como las sagas irlandesas se refieren exclusivamente a este término como sinónimo de piratería o saqueo, aunque parece que las connotaciones negativas le fueron atribuidas tiempos después de la llamada Era Vikinga -aproximadamente entre los años 789 y 1100-, No obstante, las teorías sobre el origen etimológico de la palabra son variadas y confusas: en nórdico antiguo vik significa "bahía pequeña, cala o entrada”, que puede estar relacionada también con la teoría de que la palabra vikingo haría alusión a una persona que proviene de Viken -un antiguo reino cuyas fronteras, no muy claras tampoco, parece que abarcaban parte de Noruega, Dinamarca y Suecia-. Vikingo, no obstante, fue el principal nombre dado a los pueblos nórdicos originarios de Escandinavia durante la Edad Media en general. Sea como fuere, los enigmas se multiplican en relación a sus formas de vida, sus ceremonias, saqueos y creencias en general.


Estatua que representa a Snorri Sturluson, cronista islandés, autor de la Edda menor. Al lado, su hogar en Reykholt, en cuyo exterior se halla una pequeña piscina de agua caliente donde, cuentan, fue asesinado.

FUENTES DOCUMENTALES
Puesto que los vikingos no dejaron escrito nada en referencia a sus creencias, ni poseían una religión revelada ni un libro sagrado, hemos de basarnos en las sagas escritas más tarde que supuestamente recogen la tradición oral de varios siglos, y también acudir a la rica mitología de los pueblos escandinavos. Ante la falta de certezas que expliquen la cosmogonía de una cultura, el origen del mundo y del Universo, el hombre suele ocupa ese vacío existencial recurriendo a la mitología, historias y leyendas que se dan la mano y se confunden, transmitidas oralmente de generación en generación, mitos que permiten en parte entender la forma de ser y actuar de estos pueblos; una mitología que alude al destino, al más allá o al fin del mundo en la mayoría de relatos. Las más célebres son la llamada Edda menor, que el noble islandés Snorri Sturluson compuso entre los años 1220 y 1230, una obra en prosa que mostraba el panteón de dioses vikingos y su cosmogonía desde la óptica cristiana, y la llamada Edda poética, una colección de 29 poemas sobre dioses y héroes escrita en Islandia entre 1250 y 1300; también tenemos los versos compuestos por los poetas o escaldos cortesanos, que componían los cantos heroicos, a través de unas “agudezas” o metáforas llamadas kennings.

Además, en el siglo XIII el monje danés Saxo Grarn-maticus compuso la Gesta Danorum, una historia de ecos legendarios de los reyes de Dinamarca que incluía también importante información mitológica, sin olvidar los cronistas de otras religiones que tuvieron algún contacto con los vikingos, como el monje y cronista cristiano del siglo XI Adán de Bremen o el escritor y aventurero árabe Ahmad ibn Fadlán en el siglo X. La fuente más antigua sobre estos pueblos nórdicos es la obra que compuso en el siglo I de nuestra era el historiador romano Tácito, Germania.






LA CACERÍA SALVAJE
Odín era representado también cabalgando por el aire sobre su corcel de ocho patas a gran velocidad en medio de la tormenta, acompañado de un séquito de espíritus incorpóreos sobre corceles jadeantes con perros ladrando, y era conocido como el Cazador Salvaje. Cuando las gentes oían el rugido del viento, temerosas, gritaban ruidosamente, para evitar ser atrapadas por este suerte de "Santa Compaña" vikinga. Quienes se burlaban de la comitiva, eran arrastrados por la turba espectral.
Incluso tras la implantación del cristianismo, las gentes del norte seguían temiendo las tormentas. ¿Y qué cazaban? Dependiendo de la saga, el trofeo podía ser un caballo salvaje, un jabalí visionario o las Doncellas del Musgo -ninfas de la madera-, simbolizadas por las hojas caídas en otoño.




RITOS Y CULTOS ANCESTRALES


En relación con sus ritos, los investigadores señalan que no existe religión escandinava antigua en el sentido que le damos hoy, abstracto y conceptual. El término que aludía a lo que llamamos religión era sidr, que tenía el significado literal de práctica o costumbre. Salvo casos aislados, parece que no existían sacerdotes como tales, que pasasen una iniciación particular, ni que formaran una casta. No obstante, en fuentes islandesas posteriores se alude a una clase sacerdotal llamada Godar cuyo significado era “Aquellos que hablan la lengua de los dioses”, que albergaba responsabilidades religiosas y civiles. Los Godar pertenecían a la comunidad “sacerdotal” de Asatrú, y podían ser un gothi -sacerdote- o una gythia -sacerdotisa-. Parece que un hombre era libre de elegir a qué dios adorar. Y es que la libertad, incluso de culto, era una de las características fundamentales del vikingo. Su religión se reducía principalmente al culto a distintos dioses de una mitología pagana muy rica pero igualmente confusa debido al sincretismo con otras religiones -los pueblos germanos de raíz indoeuropea que se instalaron en Escandinavia y los pueblos ya asentados allí, y más tarde con el cristianismo- y a la confusión entre diferentes mitos de diversas procedencias, aunque en su panteón, de numerosos dioses, destacaban Odín y sus hijos Thor y el maléfico Loki, además de Freyja, la diosa del amor y la belleza, o Tyr, el dios del valor, entre muchas otras divinidades.

El momento más solemne de esta “religión” era el llamado sacrificio -el blot-, principalmente de animales, por lo general cerdos y caballos, muy frecuente en sus prácticas, que consistía en hacer una petición a sus dioses -brindándoles un tributo de sangre- a cambio de que les fueran propicios en la cosecha, la guerra o la enfermedad. El primer paso del blot era el sacrificio en sí, mientras que el segundo era la consulta a los augures o rituales de adivinación, de gran importancia para un pueblo regido por las determinaciones del destino; y el tercero consistía en un banquete sacrificial conocido como blotveizla, durante el cual los invitados consumían la carne del animal inmolado, a la vez que realizaban libaciones -normalmente de hidromiel o cerveza- destinadas a sus antepasados, a sus dioses y a las personas más importantes de la comunidad, haciéndose a la vez juramentos constrictivos o “de sangre” -para los vikingos era muy importante un juramento sobre un anillo sagrado- y probablemente, aunque existen lagunas documentales, rituales de tipo adivinatorio como el seidr.
Así se conocía a un tipo de hechizos o brujerías practicado por los nórdicos paganos que implicaba el encantamiento con hechizos y que tenía un fuerte componente chamánico. Solía ser realizado mayoritariamente por mujeres -la völva o seidkona, “mujer que ve”-, pero también lo podían llevar a cabo hombres -aunque no era muy bien visto-, una práctica que, según la creencia, realizaba Freyja y algunas otras diosas del panteón nórdico e incluso Odín. Fue Snorri Sturluson quien recogió en qué consistía el seidr: éste incluía tanto adivinaciones como la llamada “magia manipuladora”. En las sagas escandinavas es descrito para afectar a una persona, ya sea para maldecirla, sanarla o cambiar su pensamiento e incluso su destino.
Este “maleficio” se realizaba mediante un tipo de trance conocido como spae, durante el cual se utilizaba una suerte de trono conocido como seidrhjallr, proveniente del nórdico antiguo hjallr, cuyo significado es plataforma. No se sabe con certeza cuál era su uso exacto, aunque parece que venía a simbolizar una suerte de unión entre lo que había en el cielo y en la tierra y otros mundos de su cosmogonía.
Parece que también las hechiceras usaban un bastón o cayado de nombre seidrstafr, del que se han hallado restos arqueológicos. Cuando una bruja, una völva, moría, era enterrada con este instrumento, que solía llevar grabados varios hechizos con runas, el lenguaje adivinatorio de los nórdicos, y ornado con vidrios y piedras semipreciosas.
A través de un canto conocido como vardlokkur, que la völva -o sus ayudantes- interpretaba para su propia protección mientras practicaba el seidr -ya que mientras tanto se encontraba en “el otro mundo” y podía sufrir algún
percance-, parece que los espíritus del más allá le brindaban información. De hecho, es popular el mito del viaje que las Völur han de realizar a Hel -el inframundo nórdico- para contactar con las almas difuntas, que son quienes les narraban el porvenir. Queda patente, pues, que la adivinación y la predestinación están presentes en la gran parte de los cultos religiosos vikingos. Junto a los seidr, en las sagas se atribuye a las völva la capacidad de hacer otro tipo de magia como cambiar el clima a su antojo, invocando, por ejemplo, grandes tormentas -en una suerte de “hacedores de lluvias” que existen en otras culturas-.
Además de las seidkona y las völva, existían también curanderas que utilizaban las fuerzas o espíritus de la naturaleza, según el autor Manuel Velasco, “para ayudar a recuperar o mantener la salud de la gente”. Estas mujeres eran denominadas “Hijas del Cuervo” y estaban bajo la advocación de Eir, diosa de la sanación.
Y aquí llegamos a un punto controvertido sobre el pasado de este pueblo... ¿cometieron sacrificios humanos?


Las embarcaciones vikingas eran conocidas como drakkars y snekars -dragones y serpientes-, y sembraron el terror en las poblaciones costeras entre los siglos Vlll y XII.


SACRIFICIOS HUMANOS
Existen numerosas lagunas documentales por las que es difícil precisar muchos aspectos sobre la cultura vikinga.
Y este es uno de los más delicados. Sin embargo, aunque parece que no era una costumbre muy extendida, existen hallazgos arqueológicos que demuestran que los vikingos sí realizaron sacrificios humanos.
Al parecer, estaban reservados a los prisioneros de guerra o esclavos, personas que iban a morir o que carecían, en palabras de Laia San José Beltrán, de cualquier tipo de derecho. Según ésta, “se debe relativizar el carácter brutal de los vikingos, ya que estos sacrificios humanos no eran corrientes. Sólo ocurrían cuando las peticiones estaban asociadas a acontecimientos que amenazaban la vida de los hombres como guerras, hambrunas, epidemias, expediciones peligrosas o festividades de notoria relevancia”.
La práctica de sacrificios está documentada, además de por vestigios arqueológicos, por varias fuentes escritas, entre ellas, los textos del ya citado cronista árabe Ibn Fadlan, quien en el siglo X convivió con algunos varegos o rus, con los vikingos del Volga, y quien fue testigo directo de la celebración de un majestuoso funeral de un rey o jefe durante el cual una de sus esclavas tomó la decisión de inmolarse para acompañar a su señor a la vida eterna a bordo del barco-tumba, en cuya cubierta depositaron varios animales sacrificados y utensilios que servirían al fallecido en el más allá.
Una vez hecha su promesa, ésta era vigilada por dos personas día y noche, y a pesar de su fatal destino, cantaba y bebía en un estado de felicidad que extrañó a Fadlan. El autor cita a un personaje capital durante el sacrificio: la figura conocida como el “Ángel de la Muerte”, una anciana cuyo cometido principal era, por un lado, ocuparse del cadáver del jefe guerrero, y después, acabar con la vida de la esclava. Al cadáver le cortaban primero las uñas y el cabello, y no por un sentido estético en el marco funerario, sino en la creencia de que así retrasaban el fin de los tiempos, el Ragnarök -el destino de los dioses o la batalla del fin de los tiempos, donde se enfrentarán los dioses AEsfr y los gigantes de fuego, cuando todo el Universo será destruido-, ya que se creía que los caídos del Hel navegarían rumbo al Asgard sobre naves hechas de uñas de los difuntos y velámenes tejidos con cabellos humanos.
Mientras se preparaba al difunto a conciencia, el propietario de cada tienda de la aldea mantenía relaciones sexuales con la esclava, como un extraño acto de devoción hacia su dueño, y después era trasladada a la embarcación, donde se la despojaba de sus joyas y abalorios. Acto seguido la colocaban junto al cuerpo inerte de su rey y dos hombres la amarraban por los pies y las manos, momento en el que el “Ángel de la Muerte” le pasaba una cuerda alrededor del cuello y daba los dos cabos restantes a sus hijas, sus ayudantes, que tirarían de ellos hasta asfixiarla, mientras la oficiante le clavaba varias veces un puñal en el costado.




Arriba, alfabeto rúnico, el lenguaje mágico de los vikingos. Debajo, casco típico de los soldados escandinavos, que, contrariamente a la creencia popular, no solían tener cuernos.




El último acto y el más solemne consistía en quemar el navio con su tripulación: los arqueros lanzaban flechas ardientes cuando la embarcación penetraba en las aguas, un elemento al que los vikingos rendían un culto especial, pues era donde pasaban la mayor parte de su vida. La pira funeraria viajaba así hacia el Valhalla. Ya hemos señalado que los vikingos eran fuertemente supersticiosos, así que cuando salían a alta mar, para conjurar a los malos espíritus fijaban en el mascarón de proa de sus navios una cabeza de dragón o de serpiente.
Curiosamente, una de las primeras leyes promulgadas por el Althing islandés -el Parlamento nacional de Islandia, fundado en el año 930- obligaba a los navegantes vikingos que atisbaban una isla a retirar las cabezas totémicas de animales que adornaban las proas, con la intención de “no indisponer a los buenos espíritus de la tierra”. También, en sus viajes de conquista y colonización -según las teorías más atrevidas, incluso al Nuevo Mundo, como demostrarían los controvertidos vestigios de un asentamiento vikingo hallados en Terranova, en la zona de Point Roseel, que cuestionaría que fuera Colón el primero en llegar al Nuevo Mundo-, siempre llevaban consigo las pilastras del asiento principal de sus viviendas. Luego, las arrojaban al agua al aproximarse a tierra y veían la dirección que tomaban arrastradas por la corriente. Cuando los maderámenes llegaban a algún punto de la costa, elegían el mismo para edificar su nuevo hogar como prueba de buena suerte -hamingja-.
No obstante, los barcos funerarios o habitáculos de madera con dicha forma no fueron la única manera de enterramiento, extraordinariamente multiformes: por ejemplo, la costumbre de enterrar el cadáver, probablemente por influencia cristiana, se extendió paulatinamente por el Norte europeo a finales de la Era Vikinga, siendo sepultados en túmulos: promontorios de rocas junto al mar o pequeñas elevaciones de tierra desde las que el difunto pudiese “atisbar sus posesiones”; además, se creía que una elevación del suelo era una garantía de fuerza y, por tanto, de vida. Evidentemente, también se practicó la cremación, por lo que existe una gran confusión en torno al último pasaje de la vida de un vikingo.



Arriba, funeral vikingo donde el barco del jefe o rey era incendiado y lanzado al agua en un rito de marcado simbolismo, Abajo, restos de un guerrero nórdico con su espada y varios abalorios que le acompañarían en su viaje al más allá. 



Varios hallazgos arqueológicos atestiguan sacrificios humanos como el narrado líneas más arriba: en el territorio insular de Man se descubrió la tumba de un hombre con un rico ajuar funerario y, junto a su esqueleto, se hallaron los restos óseos de otro cuerpo, en este caso, de una mujer joven que tenía la cabeza rota, probablemente una esclava. Por su parte, Adán de Bremen habla de un templo -a medio camino entre la leyenda y la realidad histórica, supuestamente destruido por orden del monarca sueco Ingold I en el año 1087-, conocido como el Templo de Uppsala y que tenía imágenes de tres de los grandes dioses: Odín, Thor y Frey. Al parecer, estaba rodeado de una cadena de oro que colgaba de su fachada y hasta él se realizaba una peregrinación -una suerte de éxtasis religioso- que todos los suecos debían hacer sin excepción y donde tenía lugar el gran sacrifico o Disablót, durante el cual se ejecutaban nueve machos de distintas especies durante nueve días consecutivos hasta sumar un total de 72 piezas.
Parece que, además, se sacrificaban algunos hombres, aunque hay controversia sobre el testimonio de Bremen, que parece que no lo vivió en primera persona. No obstante, también aparecen referencias al mismo en la Gesta Da-norum. Hombres y animales eran degollados y su sangre recogida en cuencos, después se les colgaba bocabajo de las ramas de los árboles del bosque sagrado anexo. Los vikingos pensaban que la sangre tenía un carácter purificador, y que convertía en sagrado el espacio donde era esparcida.



Ritos de paso:
Procesos que marcaban el camino de la vida, uniendo a la comunidad. Consistían en la imposición del nombre al nacer, el matrimonio y la última travesía, que dependía de la vida que hubiera llevado el difunto: el viaje al Valhalla o al reino de las sombras -el Niflheim-.

Thing:
Asamblea anual de todos los hombres libres en la que se adoptaban las decisiones primordiales del reino o comunidad. Al parecer, había que consagrarla antes de las sesiones.

Gjallarhorn:

Trompeta que los dioses dieron a Heimdall, el "Guardián del Arco Iris”, el camino -un puente ardiente- que une el mundo de los hombres -Midgard- y el de los dioses -Asgard-, y le ordenaron que hiciera sonar siempre que divisara la aproximación de los enemigos. Su último y terrible sonido anunciaría la llegada del día de la batalla final, el Ragnarok.


ESCRITURA MÁGICA
Las runas son uno de los sistemas de escritura más misteriosos y controvertidos de la historia. Su nombre procede de rara -runa en gótico-, cuyo significado es “secreto” o “susurro”, lo que evidencia que su uso con fines mágicos fue una práctica muy restringida.
La escritura rúnica se divide en varios alfabetos: el Futhark -derivado del nombre de las seis primeras runas: f, u, th, a, r, k- antiguo, que consta de 24 runas; el Futhorc anglosajón, una versión extendida del anterior que consta de 29 runas y el denominado Futhark joven, también llamado escandinavo, de 16 runas.

La Edda poética Rúnatal cuenta el origen mitológico de esta poderosa escritura, que tiene al Árbol Yggdrasil, el árbol de los nórdicos, como eje central, fundamental en su cosmogonía: según la leyenda, las ramas de este fresno mágico se extienden por el mundo entero y se alzan hasta los cielos. A su alrededor se sitúan los nueve mundos poblados por distintos seres: dioses, gigantes, enanos, elfos y humanos. Snorri Sturluson lo describe de la siguiente manera: “este fresno es el más grande y más bello de los árboles (...) Sus tres raíces están separadas las unas de las otras. Una llega hasta la región de los AEsir, y otra hasta la de los gigantes de hielo, el lugar donde antaño fuera Ginnungagap, y la tercera se mantiene por encima de Niflheim, bajo esta raíz, roída constantemente por Nidhogg, se encuentra la fuente Hvergelmir. Bajo la raíz que se alarga hasta la región de los gigantes de hielo se encuentra el aljibe de Mimir, un As muertos por los Vanes (...) y del que Odín embalsamó la cabeza para conservarla, donde se esconden la sabiduría y el conocimiento. Mimir, señor de la misma, es sabio por beber a diario de dicha fuente”.
En relación a las runas, cuyo conocimiento “secreto” se encontraría en dicha fuente, al parecer Odín -Wotan-, para poder beber de sus aguas, tuvo que sacrificar uno de sus ojos razón por la que aparece representado con un parche, que Mimir guardó como garantía, hundiéndole en las profundidades de su manantial. Luego, en una práctica de nuevo de tintes chamánicos, el dios tuvo que colgarse durante nueve días del árbol cósmico, contemplando las inconmensurables profundidades de Niflheim, el reino de la oscuridad y la niebla y entrando en posesión de las runas. Gracias a éstas, el dios capital del panteón nórdico reinó con sabiduría. Eso sí, no sin arrancar primero una rama del árbol sagrado con la que fabricó su lanza Gungnir.
Los expertos en sus supuestas propiedades mágicas eran conocidos como erilaz, “maestro o grabador de runas”.



Abajo, hechicera realizando un conjuro. Las völva realizaban el llamado seidr, un tipo de hechizos o brujerías practicadas por los nórdicos paganos.



Las fuentes medievales citan en varias ocasiones sus usos mágicos: en el poema heroico Sigrdrífumál se narra cómo las espadas se grababan con las palabras “runas victoriosas” para otorgarles mayor poder en la batalla, o se inscribía en ellas la runa tyr dos veces a modo de hechizo. Por contra, también se utilizaban para realizar maldiciones dirigidas a aquellos que profanasen un lugar sagrado.
A los practicantes de este oráculo milenario se les denominaba vikti y acudían las gentes para realizar consultas adivinatorias, fabricar un amuleto o hacer y deshacer algún tipo de hechizo. Eran también los encargados de grabar símbolos rúnicos en las espadas de los guerreros, dotándolas de un poder sobrenatural para aumentar su fuerza en el combate, siguiendo las instrucciones del citado Rúnatal, una especie de manual de fórmulas mágicas de Odín. Durante el ritual, se realizaba también un canto galdra propio de cada runa, y la visualización de la misma, con la intención de hacer vibrar la consciencia del vikti con la esencia del material en el que se grababan dichas runas. Para darles color, utilizaban sangre incluso menstrual y, tras realizar una petición, se entregaba algún elemento votivo o alimento con el fin de propiciar la obtención de lo que se anhelaba. Las runas se grababan en piedras independientes que, según cayeran en un recipiente o en el suelo, vaticinaban o eso creían el futuro.

La puerta maldita
Cuando alguien fallecía, practicaban un agujero en la pared de la casa del difunto, a través del cual se extraía su cadáver.

Tras ello, se tapiaba el orificio según la creencia de que su "fantasma" -o Draugr-sólo podría regresar a su hogar por el mismo lugar a través del cual había salido, la conocida como "puerta maldita". Si aún así no se podía evitar que penetrase en la vivienda, desenterraban su cuerpo y le cortaban la cabeza con una de sus armas, o bien le clavaban una estaca de madera en el corazón. Tras ello, lo quemaban y arrojaban las cenizas al agua.


FANTASMAS Y CRIATURAS SOBRENATURALES
En las sagas escandinavas se habla de distintos tipos de seres espirituales o “fantasmas”. Los más célebres son los llamados Draugr, también conocidos como aptrgangr cuyo significado literal es “el que camina después de la muerte”, aunque el significado original de la palabra en nórdico equivale a fantasma: una criatura que podríamos considerar el equivalente al vampiro strigoi en otras culturas como la eslava, aunque con notables diferencias.
Los escandinavos de la Era Vikinga pensaban que vivían en las tumbas de los guerreros, utilizando los cuerpos de los difuntos, que eran enterrados en sepulcros de grandes riquezas, guardando celosamente sus tesoros. Según las sagas, poseían una fuerza sobrehumana, podían crecer de tamaño según su voluntad y les acompañaba la característica pestilencia de la putrefacción. También podían adquirir sentidos, física, jurídica y legalmente, sin dejar ningún cabo suelto que pudiera forzar su regreso a esta vida: un muerto no estaba realmente muerto hasta que sus descendientes o herederos no ponían fin al funeral sino “bebiendo su herencia”, el conocido como drekka erfi, como señala el que fuera profesor de literatura escandinava de la Universidad de la Sorbona, en París, Régis Boyer. Otra costumbre era la de escribir palíndromos en las tumbas para que el “retornado” perdiese el tiempo en descifrar una palabra sin comienzo ni final o enterrarlo con recipientes llenos de guijarros para que pasase la noche contándolos.
Otra variedad de “fantasma” era el haugbui noruego -término proveniente del nórdico antiguo haugr, “túmulo”-, y cuyo nombre alude a que, por lo general, sólo habitaba dentro de su recinto mortuorio, atacando solamente a aquellos que, según el autor Bob Curran, “ofenden su intimidad”, pudiendo ser igualmente violentos y también convertirse en piedras cubiertas de musgo o algas.
El listado de criaturas espectrales es enorme: los Gen-ganger, espectros mensajeros que regresan para exigir que se repare una falta, convirtiéndose en criaturas terribles que drenan noche a noche la sangre de sus víctimas y finalmente descuartizarlas como bestias. Los Skotta, fantasmas femeninos que pueden ser bienintencionados o implacables y crueles, arrancando la cabeza de sus enemigos y bebiendo su sangre. Los Rati, por su parte, son los espectros de los que han fallecido tras presenciar la llamada Caza Salvaje de Odín, convirtiéndose en una suerte de No Muertos o “zom-bies” que se unen a su jauría, mientras que los Nithgengar daneses son a veces espectros que se aparecen a quienes los han asesinado y otras se convierten en zombies que no descansan hasta darles muerte.
La rica cosmogonía escandinava también cuenta con numerosos seres fantásticos, desde los gigantes -Fotun- que desafiaron a los dioses -AEsir y Vanir- al comienzo de los tiempos, hasta elfos -los álfár de la luz y los álfár oscuros-, enanos, valquirias, Nornas -que fijan el destino con sus decisiones- y toda una serie de bestias, como el lobo gigante Fenrir, la serpiente marina que rodea el mundo, Förmun-gandr -ambos hijos de Loki con la gigante Angrboda- o Ratatösk, la ardilla que escala las raíces del árbol Yggdratsil y que sirve como eje del Universo.




BERSERKER, LOS GUERREROS DE ODÍN
Los guerreros Berserker eran los más temibles entre los vikingos, que no es que fueran precisamente delicados. Un grupo de élite, no muy numeroso, pero de gran ferocidad. Aunque en su figura parecen darse la mano el mito y la realidad, confundiéndose, se tiene de ellos varias evidencias arqueológicas, las primeras, algunas piezas del ajedrez de la isla de Lewis (Escocia), que data del siglo XII -el más antiguo conocido- y muestra a varios de estos soldados del Medievo mordiendo con afilados dientes sus escudos.
Eran considerados miembros de élite de la comunidad, de las huestes vikingas, que actuaban como escudo de protección y se situaban en la vanguardia a la hora del ataque. Sin embargo, no tardarían en ser considerados prácticamente unos locos por sus compatriotas -de ellos proviene la palabra inglesa berserk, “enloquecido o enajenado”.




ÁGUILA DE SANGRE
Era un brutal método sacrificial humano mencionado en algunas sagas y por tanto probablemente legendario. Consistía en la matanza de un guerrero derrotado arrancando los pulmones y las costillas por su espalda, de forma que éstas parecían alas manchadas de sangre. La herida abierta era posteriormente cubierta con sal. Algunos personajes que se presupone ejecutados de esta terrible manera fueron el rey AElla de Northumbria y Edmundo Mártir, rey de Anglia Oriental. No obstante, a día de hoy no existe evidencia arqueológica alguna que corrobore la realidad de tan terrible práctica.

Siguiendo el trabajo de Roderick Dale, del Centro de Estudios de la Era Vikinga de la Universidad de Nottingham, parece que el nombre Berserker proviene de la forma nórdica antigua berr cuyo significado es “desnudo”, y serkr, “camisola o prenda de pecho”, aunque otra teoría aún más extendida señala que derivaría del término protogermánico berr, cuyo significado es “oso”, lo que no es extraño si tenemos en cuenta que estos guerreros rechazaban cualquier tipo de armadura para su protección y vestían semides-nudos únicamente cubiertos con pieles, por lo general de este animal, aunque también de lobos; y precisamente en nórdico antiguo, se les denomina Úlfhédinn o Úlfhédnar cuya traducción literal es “piel de lobo”.
De hecho, una antigua leyenda que recorría los países nórdicos en tiempos medievales aseguraba que eran capaces de convertirse en hombres lobos, lo que hacía que fuesen aún más temidos y, en tiempos de la implantación de las creencias cristianas, que producirían un sincretismo con las paganas, se consideraba que estaban poseídos por el diablo. Esto, unido a que eran considerados una una suerte de parias por los demás vikingos en el año 1015 el conde jad Erik de Noruega declaró a éstos fuera de la ley, hizo que fueran acorralados hasta desaparecer en el siglo XII.
Al igual que piensan hoy los yihadistas, a los que les esperan nada menos que, según el Corán, 72 vírgenes en el Paraíso si mueren matando al infiel, los Berserker creían que cuantos más muertos hubiese en una batalla y si entregaban su vida en el fragor de la misma tenían garantizado su acceso al Valhalla, el paraíso de los guerreros del más allá, un espacio divino donde les esperaba la gloria y grandes recompensas: en el gran salón de los héroes, ubicado en la ciudad de Asgard, celebrarían o eso pensaban un suculento banquete durante toda la noche, mientras que durante el día salían para luchar y prepararse para el ocaso de los dioses, el Ragnarok, la inexorable batalla final.
En un determinado momento, los Berserker alcanzaban el llamado Berserkergang o estado de furia guerrera, cuando mostraban prácticamente una fuerza sobrehumana que provocaba que siguieran batallando incluso tras sufrir graves heridas. Parece que luchaban en una suerte de trance psicótico, lo que les hacía invulnerables al dolor. Las sagas nórdicas señalan que en los momento previos a entrar en combate, su furia ciega les hacía echar espuma por la boca como animales rabiosos, morder con fuerza sus grandes escudos llegando a arrancar algunos trozos de madera de los mismos, autolesionarse con afilados cuchillos y aullar como lobos. Se creía que eran invulnerables y que poseían poderes de corte místico.


Pueblo tradicional vikingo cerca de las montañas Vestrahorn, en Islandia.
Abajo, piezas del Ajedrez de la isladeLewis, con guerreros Berseker mordiendo sus escudos.



RITOS DE PASO Y MAGIA EN EL HOGAR
Las mujeres nórdicas tenían rituales y conjuros para casi todas las actividades de la vida cotidiana. Durante el séptimo mes de embarazo, se pinchaban un dedo con una aguja y dibujaban con la sangre ciertos símbolos protectores sobre un trozo de lino, que guardaban hasta el nacimiento de su vástago.
Asimismo, para favorecer el alumbramiento, parece que evocaban runas en forma de cantos mágicos llamados galdr. Y una vez venía al mundo, parece que el recién nacido era asperjado con agua con una rama, una práctica o rito de paso conocida como ausa barn vatni que pudo ser deudora del rito del bautismo cristiano; aunque también pudo tratarse de un antiguo rito de lustración. Luego, el padre lo elevaba hacia el cielo como una suerte de ofrenda. Era habitual que el progenitor le hiciera el signo de Thor -una "T" invertida- con el puño, invocando la protección del dios del trueno, entrando "su espíritu" en el pequeño cuerpo.
Parece que hubo una época, no especificada, en que existió la práctica del utburdr o infanticidio: el padre tenía derecho a rechazar a su vástago al nacer y dejarlo abandonado para que lo devorasen los animales salvajes.


Sin embargo, los expertos mantienen hoy que realizaban, en honor de Odín, una suerte de ritos de corte chamánico en los que se rendía culto a los osos y los lobos, en la creencia de que los espíritus de éstos podían ser transmigrados a sus cuerpos en una ceremonia de metamorfosis animal. Así, los Berserker serían, simbólicamente, mitad hombres, mitad lobos u osos. De hecho, las referencias a esos “cambiapieles” son continuas en varias sagas escandinavas, como la de Egil Skallagrímsson o la Völsunga. Hoy son las teorías científicas las que intentan explicar esta fuerza “sobrehumana” y la creencia de los propios guerreros en su metamorfosis, asumiendo la identidad del animal al que rendían culto y adoptando sus atributos: la ingesta de diversas drogas, como la seta alucinógena Amanita Muscaria -también conocido como “matamoscas” o “falsa oronja”-, muy común en todo el hemisferio norte y en la región subártica. Poseen elementos de una fuerte droga psicoacti-va que generaba dichos estados de éxtasis en los guerreros. Debían prepararse de una forma concreta, siendo ingeridas en una bebida caliente después de triturarlas, tras mezclarlas con alcohol, lo que aumentaba sus efectos, probablemente con la célebre “aguamiel”. En los años 50 un estudio determinó que era muy difícil que si ingerían dichos hongos pudieran mantenerse en pie, pero existe otra hipótesis: parece que era uno de los guerreros el que ingería las setas y después los demás se bebían su orina, evitando así gran parte de los efectos secundarios -como náuseas, vómitos e incluso desmayos- pero manteniendo sus propiedades y aumentando incluso su potencia.
Se baraja también la teoría de que podrían haber tomado beleño negro, consumido habitualmente en la cerveza antes de la batalla, que producía sensación de ligereza e ingravidez, pero que tampoco explica el enajenado comportamiento de los Berserker, lo que ha llevado a sugerir el uso de belladona, la misma planta que parece utilizaban las “brujas” en los aquelarres y que les otorgaba la sensación alucinógena de poder volar.
Una hipótesis más es la de que podría tratarse de guerreros trastornados por el conocido como “Síndrome de Amok” -término popularizado en los relatos coloniales de Rudyard Kipling-, y descubierto oficialmente por el psiquiatra estadounidense Joseph Westmeyer en 1972, también llamado “síndrome homicida”, que consiste en una súbita explosión de rabia salvaje y que hace que la persona afectada por este problema psiquiátrico corra alocadamente y ataque indiscriminadamente a otras personas.
Sea cual fuere la verdad, el caso es que en medio de este éxtasis guerrero, con los afrodisíacos corriendo por su torrente sanguíneo y su violencia extrema, no es de extrañar que pronto acabaran, como el resto de su cultura y sus sobrenaturales creencias, convirtiéndose en leyenda.


> PARA SABER MÁS
El libro de Carlos Canales y Miguel del Rey Demonios del norte. Las expediciones vikingas, que acaba de publicar la editorial Edaí.